La Anunciación

Hacía dos meses y algunos días que los dos castos esposos, María Santísima y San José, vivían como hermanos en el ejercicio de las más admirables virtudes, cuando habiendo llegado el dichoso momento en que Dios desde la eternidad tenía determinado enviar a Su Hijo al mundo, el Ángel Gabriel fue enviado a esta incomparable Virgen, para anunciarle que en su seno debía obrarse aquel gran misterio, y para poner en su noticia que habiendo resuelto en Verbo Divino hacerse carne, la había escogido para Madre suya, con preferencia a todas las demás mujeres.

Apareció el Ángel, dice san Bernardo, cuando invisible a toda criatura, se inmolaba a su Dios en el fervor de la más sublime contemplación, y meditaba en su retiro el inefable misterio que no sabía que iba a obrarse en ella. El celestial enviado, lleno de respeto y veneración a a la que ya miraba como a su soberana, se le apareció en figura de un joven que despedía de sí rayos de luz, con los que alumbró toda la habitación, y le dijo: “Dios te salve llena de gracia; el Señor es contigo: bendita eres entre todas las mujeres”.

La aparición de un Ángel en figura de hombre asustó al principio un poco a la más pura de las vírgenes, y un elogio tan magnífico sobresaltó su humildad, y le causó algún sonrojo, de modo que pareció turbarse. Habiéndolo advertido el Ángel, le dijo:

No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás y darás al mundo un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande de todos modos este hijo, y los prodigios estupendos que obrará, publicarán bastante quien es, y lo harán conocer visiblemente por el Hijo del Altísimo y por el Mesías; que hasta aquí ha sido el objeto de todos los deseos, y la expectación de todos los siglos. Como hijo tuyo será descendiente de David, por ser tú de sangre real; pero no debe sentarse en el Trono por derecho de sucesión; la soberanía y el imperio le son debidos por otros muchos y muy diferentes títulos. Como verdadero hijo de Dios reinará sobre todos los pueblos del universo; pero Su corona no será de la misma naturaleza que la de los reyes de la tierra, los cuales no reinan más que sobre una nación, y sólo por un cierto número de años. Ninguno de estos deja de ver acabarse con su muerte su poder, su majestad y todos sus títulos. Tu hijo fundará una nueva monarquía, la cual encerrará todos los pueblos en la misteriosa casa de Jacob. Reinará en ella sin tener jamás ni competidores, ni sucesores, porque el imperio de este gran Rey no tendrá otros límites que el universo entero, ni otra medida de su duración que la misma eternidad”.

Ya se puede imaginar cuáles serían entonces los sentimientos de la más humilde de las criaturas. No podía comprender María cómo Dios hubiese podido poner los ojos en ella para el cumplimiento de un misterio tan admirable, tan inefable y tan incomprensible a todo entendimiento. Por otra parte, la cualidad de Madre la confundía y asustaba. Tanto era el aprecio en que tenía la virginidad, que esto la obligó a preguntar cómo se haría lo que el Ángel le anunciaba, lo que no hubiera preguntado – dice San Agustín (Lib. de Virg.) – si no hubiera hecho voto de perpetua virginidad.

Le respondió el Ángel que no se asustara, que Dios era Todopoderoso, que Su bondad era igual a Su omnipotencia; que habiéndola escogido por una predilección tan conocida, para ensalzarla a una dignidad tan alta, haría en su favor el más estupendo de todos los milagros: que su virginidad no padecería la menor lesión; pues esta virtud debía ser una de las principales cualidades de la Madre del Mesías. Para aquietarla, quería declararle que el adorable Hijo de que había de ser madre en el tiempo, no tendría otro Padre que aquel del que es engendrado ante todos los siglos; que ella no tendría otro esposo, propiamente hablando, que al Espíritu Santo, el cual siendo la virtud del Altísimo, formaría milagrosamente en ella de su propia sustancia el divino fruto que había de llevar, el cual, lejos de ajar la flor de su virginidad, la haría más brillante y más pura. Y por esto – añadió el Ángel – el Santo Niño que nacerá de ti, será verdadero Hijo de Dios, no precisamente por denominación, sino realmente y por naturaleza. Y para hacerte ver – continuó – que nada le es imposible a la omnipotencia de Dios, sabe que tu prima Isabel, en una edad en que naturalmente no podía esperar tener hijos, ha concebido, y está embarazada de seis meses. Nada es difícil al Todopoderoso, pues el que ha podido dar un hijo a una mujer mayor, después de tantos años de esterilidad, puede muy bien dárselo a una Virgen.

Mientras que el santo Ángel estaba hablando, María, ilustrada de una luz sobrenatural, comprendió perfectamente todas las maravillas de este inefable misterio, para el cual Dios la había preparado desde su Inmaculada Concepción, y la había colmado de todos aquellos favores celestiales, que resplandecían en ella tan visiblemente. Y así, anonadándose delante de Dios, exclamó: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí lo que me has anunciado”.

Dicho esto, desapareció el Ángel, y en el mismo instante el Espíritu Santo formó de la sangre más pura de la Santísima Virgen el cuerpo más hermoso que hubo jamás, al cual infundió la más perfecta alma, y unió uno y otro sustancialmente al a persona divina del Verbo Eterno, el cual de este modo se hizo carne, haciéndose hombre.

Al momento mismo que se obró todo esto, y que fue la primera época de nuestra redención, todos los espíritus celestiales adoraron a este hombre Dios, y María vino a ser verdadera Madre de Dios, sin dejar de ser Virgen.

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