Invención de la Santa Cruz

Cuando el Emperador Constantino hubo derrotado a sus enemigos y se vio señor absoluto de Oriente y Occidente, aplicó todos sus desvelos en hacer florecer en sus reinos la religión verdadera, y en desterrar cuanto fuese posible las reliquias del paganismo.

Los gentiles habían hecho todo lo posible por profanar los Santos Lugares de Jerusalén, y especialmente para que no quedase memoria de la triunfante Resurrección de nuestro Salvador. Con este fin habían enterrado la gruta del santo Sepulcro, y enlosando con grandes piedras el pavimento, habían levantado en el mismo sitio un templo en honor a la diosa Venus, donde ofrecían los más abominables sacrificios.

Constantino dio entonces la orden de que se demoliese aquel infame monumento de la impiedad, y para que allí mismo se edificase un templo magnifico. Escribió con este fin a San macario, Obispo de Jerusalén, preguntándole qué materiales serían mejores para la construcción, y poniendo al Gobernador Draciliano bajo sus órdenes.

Santa Helena, madre del Emperador, quiso tomar bajo su cargo el cuidado de esta gran obra. Tenía en ese entonces ochenta años, y hacía mucho tiempo que sólo se dedicaba a obras de caridad, ejercicios de devoción y todo lo que pudiera contribuir a la mayor gloria de la religión y de la Iglesia.

El Emperador la había hecho declarar Augusta, queriendo que fuese reconocida como Emperatriz, y dándole facultad para que dispusiese a su arbitrio de sus rentas y tesoro imperial.

Esta Princesa era modesta en el vestir, pero al mismo tiempo dedicaba todas las honras posibles a lo tocante al culto divino, llevando a cabo grandes gastos para enriquecer y adornar las diversas iglesias y oratorios.

En medio de su ancianidad pasó a Jerusalén la piadosa Emperatriz, a fines del año 326. Subió al monte Gólgota, y abrasada de ardientes deseos de encontrar el Sagrado Madero donde se obró nuestra Redención, venció todas las dificultades que podían acobardarla, y aún hacerla desesperar de la empresa. Eran verdaderamente grandes, porque los gentiles, como ya dijimos, habían hecho todo lo posible por borrar hasta el nombre del Santo sepulcro. Habían elevado considerablemente el terreno antiguo con tierra y piedras, edificado allí el templo pagano, y donde se encontraba el sepulcro habían colocado una estatua de Júpiter.

Así describe San Ambrosio lo que sucedió: “Vino pues la noble Helena, comenzó a visitar los santos lugares, y la inspiró el Espíritu Santo, que buscara el leño de la Cruz. Llegó al Gólgota y dijo: He aquí el lugar de la pelea y batalla, ¿dónde estará la victoria? Busco la bandera de la Cruz, y no la encuentro. ¿Yo – dijo – estoy en el trono y la Cruz del señor metida en el polvo? ¿Yo en los Palacios y entre las ruinas el triunfo de Cristo? ¿Este aún está oculto, y también está oculta la palma de la vida? ¿Cómo me tendré por redimida, si no se advierte y ve la redención misma? Veo, oh diablo, lo que has hecho para que se olvidase y se perdiese la espada con que has sido degollado. Mas Isaac abrió segunda vez los po9zos que habían cegado los extraños, y no permitió que estuviera oculta el agua. Quítese pues la ruina, para que parezca la vida. Descúbrase la espada con que se cortó la cabeza del verdadero Goliat; cábese la tierra, para que brille la salud. Qué hiciste, oh diablo, en esconder el leño, si no el que segunda vez quedes vencido. Te venció María, que engendró al triunfador, y sin disminución de su virginidad dio a luz a aquel que te venció crucificado y te sujetó muriendo. Hoy también quedas vencido, para que conozca tus celadas la mujer. Ella como Santa llevó al Señor, yo buscaré su Cruz. Ella habiéndolo engendrado lo mostró, yo después que ha resucitado. Ella hizo que Dios se viera entre los hombres, yo para remedio de los pecadores levantaré de entre las ruinas la bandera del Señor” (Sermones para las principales fiestas de los Santos, Fray Luís de Granada. 1792).

De esta manera comenzó la obra, mandando demoler el templo y al ídolo. Hizo sacar toda la tierra, y guiándose por la tradición antigua, mandó cavar tan adelante que al fin descubrió el santo Sepulcro. Y junto a él se encontraban tres Cruces del mismo tamaño y de la misma figura, sin que se pudiese distinguir cuál era la del Salvador, porque el título que Pilatos había mandado poner sobre ella, ‘Jesús Nazareno, Rey de los Judíos’, estaba separado y en medio de las tres cruces. Y aunque esta parecía bastante prueba de que una de las tres era la que se buscaba, resultaba imposible saber con certeza cuál de las tres era.

Viéndose la santa Emperatriz en este aprieto, consultó con San Macario lo que se debía hacer, y el santo Obispo fue inspirado con la idea de aplicar las tres cruces a algún enfermo, sin dudar que Dios declararía con algún milagro cuál de ellas era la verdadera Cruz del Salvador. Decidieron hacerlo así, y después de haberle aplicado dos de ellas a una señora distinguida que se encontraba agonizando, no se vio ningún efecto. Pero apenas se aplicó la tercera, la señora quedó repentinamente sana, ante la vista de un innumerable público que fue testigo de esta maravilla.

Igual se decidió hacer otra prueba. Se tendieron sobre las tres cruces tres cadáveres, y solamente resucitó el que se tendió sobre la misma que había curado a aquella enferma.

Mandó la piadosa Emperatriz que se edificase una suntuosa iglesia en el mismo sitio donde se había hallado la Santa Cruz, y dejando en ella la mitad del Sagrado Madero, llevó la otra mitad a su hijo Constantino que la recibió con singular veneración.

(Tillemont, Tomo VII, sobre Santa Helena)

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