Instrucciones católicas de San Carlos Borromeo

A lo que principalmente se debe atender, y procurar, es a tener la gracia de Dios, sin la cual no se puede vivir cristianamente. A esto ayudará tener el santo temor de Dios, que es principio de nuestra salud, y de todo bien, guardándose de hacer cosa que ofensa sus purísimos ojos.

Para estos tendrás siempre a Dios delante de ti, haciéndote cargo de que estás en su presencia, y de contínuo te mira.

Considera frecuentemente el fin para el que fuiste creado, que es para adquirir la gloria celestial,y a él te has de encaminar, y para esto te han de servir todas las criaturas.

Piensa con frecuencia en la muerte, juicio estrecho de Dios, y en lo que después ha de seguir.

Ten celo de la honra de Dios, y observa con todo cuidado sus mandamientos, como también el que ninguno blasfeme Su santo Nombre, ni le haga irreverencia.

Ten mucho respeto a todas las cosas de Dios, de sus Santos, a todas las Órdenes de la Santa Iglesia, procurando obedecerle enteramente.

Ten mucha confianza en el señor que hará siempre todo aquello que sea para tu mayor bien.

Ten de continuo puestos los ojos en la Providencia de Dios, pensando que ninguna cosa sucede sin la voluntad, y todo para tu bien.

Ejercítate en el conocimiento de ti mismo, en la propia vileza, bajeza y miseria, huyendo de la vanidad y propia reputación.

No te fíes nunca de tu propio juicio y parecer; sométete con facilidad al dictámen de otro, aconsejándote frecuentemente.

Procura ser agradecido a Dios, y sus beneficios, reconócelos y dale gracias por ellos, viviendo bien, para que se las des con obras que sean de su agrado.

No cuides de complacer a los hombres desagradando a Dios, y observando siempre aquello que sea más de su gloria y servicio.

Espera el premio de todas tus fatigas de Cristo y no del mundo.

En las obras que hicieres, ten siempre intención de no querer hacer alguna que no sea lícita, y hazlo todo por amor del Señor, para que te sea meritorio.

Conoce, y reflexiona que no hay aquí mayores riquezas, tesoros ni cosa más excelente y de mayor provecho, que el amar a Dios y servirle; que todo lo demás pasa como humo y sombra.

Obedece prontamente en todo lo bueno a todos tus superiores, aún a los temporales, y tenles la debida reverencia y respeto, y a todos tus mayores.

Cuanto esté de tu parte procura mantener la paz en casa cuanto sea posible, viviendo en caridad con todos, o bien estés casado, o en otro cualquier estado.

procura con la Divina gracia refrenar la ira en las cosas que cada día sucedan en tu casa o fuera, y no comiences al punto a alborotarte y dar gritos para que no se sigan mayores inconvenientes.

Acuuérdate de sufrir los defectos de otros, ya sean de los domésticos o extraños, como tú quisieras que otros sufrieran los tuyos.

Acuérdate que eres cristiano, y que por lo mismo has de sufrir con paciencia por amor de Cristo las injurias que te hicieren, perdonarlas, volver bien por mal y rogar por tus enemigos.

No dejes en tus tribulaciones y adversidades de recurrir a la oración, y toma los castigos comunes o particulares con las demás cosas adversas, como venidas de la mano de Dios.

Maneja las cosas del mundo como mayordomo de Dios, y no como dueño absoluto; usa de ellas por necesidad y precisión, y procura pasar por estas cosas temporales de modo que no pierdas las eternas.

Al principio de todas tus acciones harás la señal de la santa cruz, confiando mucho en su virtud.

No comenzarás negocio de importancia sin hacer antes oración; aún sin aconsejarte de tu padre espiritual o de otra persona prudente y pía.

Alguna vez al año pregunta a algún íntimo confidente tuyo si hay en ti alguna cosa represensible, y contempla dentro de ti mismo si estás en camino de salvación.

Atiende a ordenar y distribuir bien las horas del día, según las diversas acciones de tu estado; como orar, oír Misa, negociar, comer, y así no perderás tiempo.

Las blasfemias y palabras deshonestas han de estar muy distantes de la boca de un cristiano.

Guárdate de la mala costumbre de jurar.

Huye de toda suerte de supersticiones y malas artes.

No quieras fácilmente juzgar al prójimo, en particular su intención; mas atiende a tus pecados y defectos.

Guárdate de desear o ser curioso en saber faltas ajenas, y de toda novedad, especialmente en cosas de fe, y de hablar lo que tú no entiendes.

Guárdate de murmurar, injuriar y de quitar la fama a ninguno.

Jamás cuentes cosa de alguno que le pueda turbar su paz y quietud o la de otros, y guárdate de sembrar discordias.

Guárdate de las palabras disolutas y aún de las ociosas.

Guárdate de la disolución en acciones o gestos que ofenden a Dios y a los hombres, y procura ser odesto y compuesto en todos tus movimientos.

Huye de las malas compañías más que de la peste, y de todo aquel que te diere malas instrucciones, consejos o ejemplos, y del mismo modo todas las ocasiones o incentivos de pecar.

Huye de las casas sospechosas, donde se ofende a Dios, y guárdate no solo de ser participante en algún modo de estas cosas, mas también de hallarte presente en ellas.

Guárdate del ocio, que es el veneno del alma; mas procura estar ocupado en obras de piedad, o al menos en cosas útiles.

Mira que en tu casa no haya imagen alguna profana, ni menos deshonesta, ni en cuadro, ni en pared, libros u otra cosa que te incite, provoque o escandalice a otros.

En el negociar, vender y coprar, guárdate de toda suerte de engaños, falsedad, mentiras, jurantos y de retener lo ajeno.

Huye, si puedes, de manejar dinero o bienes de otros; excepto si la caridad u otro motivo te obligase.

Jamás te muevas a hacer cosa alguna que no sea justa, o según Dios, ni por ganancia, amistad, amor de parientes o favor.

Guárdate en las prosperidades de la demasiada alegría, que hace se olvide el alma de las miserias y peligros de esta vida.

Acuérdate entonces con frecuencia de las calamidades, y varidad de las cosas mundanas; y por esto será bueno que entonces legas algún libro que trate del desprecio y vanidad de las cosas humanas, o como aquel santo y deboto hombre que en sus prosperidades solía leer las Lamentaciones del Profeta Jeremías.

En las adversidades no pierdas el ánimo, ni te contristes; antes debes alegrarte, porque este es camno derecho del paraíso, y una de las señales que puede tener el hombre de su salvación. Acuérdate entonces de leer algúnt ratado espiritual de la tribulación.

Haz un firme propósito de no ofender jamás a Dios, en particular mortalmente; de padecer antes todos los males, aunque fuese la muerte, y de huir con todas tus fuerzas de cualquier pecado, aunque venial.

Atiende a la guarda de tu corazón, para que no entre en él algún mal pensamiento, proponiendo ésto a menudo, y examinando si se mancha.

Cuando se mueve en ti alguna pasión viciosa o mal pensamiento, cuida de resistirle al principio, no dándole entrada; mas deséchale, para que te induzca al pecado.

Del mismo modo ten cuidado con los ojos, sin mirar con atención lo que no es lícito desear.

Refrena la lengua y no hables todo lo que te venga a la boca.

Acuérdate continumanete de que somos tentados, y estamos rodeados de demonios que procuran hacernos caer.

(Instrucciones de San Carlos Borromeo. 1798)

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