Incluidos y excluidos

Algo característico de las izquierdas es el doble discurso: predican una cosa hasta alcanzar el poder y, ya logrado, hacen lo contrario. No pasa sólo con la pobreza o las condiciones indignas de vida, con las que se enfurecen hasta que, gobernando, someten a todos a niveles infrahumanos de pobreza, miseria y esclavitud.

También sucede con asuntos como la “exclusión” donde se hace de toda discriminación una causa de lucha, o en términos socialistas, un nuevo “proletariado” que lucha contra nuevos “opresores”. Y, como en toda forma de izquierda, se transformará en una dictadura de esos “discriminados”, representados a título propio por los agitadores.

Imaginemos – como en una horrorosa pesadilla – que esta monstruosidad infectase a lo mejor del ser humano, a su religión. Lo pésimo es la corrupción de lo óptimo, nos dice la recta razón. En religión significaría una aberración de tal magnitud que acarrearía toda suerte de males espirituales, sociales y materiales.

Tal dictadura de los “nuevos proletariados”, de esos “excluidos” que se imponen a todos, sería una suerte de apocalipsis humano.

Imaginemos, por ejemplo, que los sagrados mandamientos de la Ley de Dios fuesen el punto en cuestión.

Quien propusiese el amor de Dios por sobre todas las cosas, quedaría condenado por todos quienes proponen el amor al hombre por sobre todas las cosas, o a las cosas naturales, animales, economía o el sexo. Serían los fieles al primer mandamiento reiterada y duramente reprimidos y excluidos por todos quienes no aman a Dios por sobre todo. Los autodenominados “tolerantes” castigarían a los que llamarían “intolerantes” imponiéndoles penas morales, sociales e incluso legales para perseguirles y aniquilarles como quien aniquila una peste mortal. Serán los fieles los nuevos excluidos para con quienes nadie se levantará como defensor de su persecución.

O bien tal persecución se dirigiría a quienes no toman el santo nombre de Dios en vano ni de las cosas sagradas o los días y fiestas santas. Serían los “fanáticos” que se perseguiría en nombre del “antifanatismo” con tanto furor e intolerancia como fuese posible. En nombre de la libertad quienquiera que se indignase por la profanación, sacrilegio, blasfemia, irreverencia, herejía o error, sería condenado no sólo a aceptar estas perversidades sino que, como pena, sólo se podrían “redimir” volviéndose defensores de las pretendidas libertades que protegen a los sacrílegos, herejes y profanadores.

La familia no sería ya un bien instituido y querido por Dios sino un simple acto de la libertad y voluntad. Como algo relativo, se hace, deshace o forma como se desee, por cuanto tiempo se desee, en las condiciones que se desee y por quienes se desee. Se puede proclamar, por tanto, cualquier forma de “familia” en tanto no sea un hombre y una mujer con tantos hijos como Dios les conceda: a esos hay que perseguirlos como a los peores enemigos de la humanidad y causa de todos los males y sufrimientos humanos. Porque se quiere el prestigio del título de familia pero no el modelo que le dio ese honor. Ni menos podrían tolerar los defensores de la tolerancia que tal familia no se redujese a los padres e hijos inmediatos sino que, a diferencia de esa familia revolucionaria hecha apenas un “núcleo” aislado, fuese comprendida como una red más rica en relaciones, comprendiendo a todas las relaciones de parentesco en una convivencia armónica y afectuosa, junto a abuelos, hermanos, primos, sobrinos y otros parientes. La autoridad de los padres sería negada y el respeto entre los esposos anulada, el mutuo afecto y debido entre todos, la obediencia respetuosa e incluso la capacidad de cada familia de decidir sobre la formación intelectual, moral, religiosa y material de los hijos así como el legado cultural y el bienestar económico futuro también les sería negado. Nuevos excluidos en una sociedad autoproclamada como inclusiva.

¿Y qué podríamos decir de quienes se opusiesen al asesinato o a la mentira y falsos testimonios? Encontrarían a las ideologías más virulentas y agresivas, construidas sobre el crimen y la mentira, señalándoles como amenazas fanáticas por la vida (desde la concepción hasta la muerte) y la verdad (contra la que debatirán) y, en consecuencia, persiguiéndoles por todos los medios, legales y sociales, difamándoles y ridiculizándoles hasta exterminarlos si les fuese posible. No hay vidas sagradas como no sean las que ellos determinen según la situación que les convenga. Nuevos excluidos en nombre de la inclusión absoluta.

En una cultura así, todo sentido moral es sospechoso y debe ser perseguido. La única “moral” aceptable es la no-moral. Hablar de fidelidad conyugal, de pureza y castidad, de celibato y consagración, no sólo resulta antipático para la nueva Sodoma y Gomorra, sino además se mira como odioso y peligroso. La sexualidad hipertrofiada sin sentimientos ni consecuencias, en un concepto de libertad compulsiva en la norma absolutista y autoritaria contra la cual los otros no son ni siquiera excluidos: son proscritos.

Vista esta forma de socialismo cultural, quien elevase estas nuevas “inclusiones” – y exclusiones – a nuevos “mandamientos” sólo sería consecuente si declarase abiertamente su guerra contra la Ley de Dios atacándolos todos, ya sin máscaras. Y siendo origen de su perversión el socialismo, su favoritismo estaría en la negación de la propiedad privada, libre iniciativa y el rol subsidiario de los grupos intermedios. Decir “no robarás” o “no codiciarás los bienes ajenos” es asumir, por lógica, que existen bienes privados que no pertenecen a otros ni al Estado. Toda forma de socialismo o de negación de estos principios sagrados ofende a Dios tanto como los demás y, como con todos los otros, son los vicios – que les deforman con graves consecuencias – los que deben ser condenados y reprobados.

La condena moderna sobre exclusiones e inclusiones, en tanto no se funde en los mandamientos de Dios deriva en males sociales y personales, en una nueva forma de comunismo, con excluidos que se vuelven perseguidores e incluidos que no tienen derechos ni de expresión ni aun de existencia. Toda deformación moral produce monstruos y su defensa deriva en una pesadilla de proporciones horrorosas si la autoridad que debería poner orden y salud ya no sólo las aprueba sino que las hace parte propia y su diabólica doctrina.

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