Importancia de conocer la doctrina

Estando cada uno de los fieles cristianos obligados a buscar el último fin para el que fue creado, el cual según la fe y el catecismo nos enseñan es Dios, debe saber aquellas cosas con que este soberano fin se consigue, y aquellas en que Su Majestad quiere más particularmente ser servido. Y siendo estas (como el catecismo dice) las obras de Fe, Esperanza y Caridad, que son los actos de las tres nobilísimas virtudes teologales, las cuales principalmente miran a honrar a Dios, debe por consiguiente saber cada uno de los fieles lo que debe creer, lo que debe esperar y pedir, y lo que debe obrar.

Sabrá bien creer si sabe y entiende bien el Credo y los Artículos de la fe. Sabrá bien esperar y pedir si sabe y entiende bien el Padre nuestro; y sabrá obrar bien si sabe y entiende bien los Mandamientos que hemos de guardar y los Sacramentos que hemos de recibir.

Es notoria en estos días la ignorancia que la mayor parte de los cristianos tienen de las leyes y fundamentos de la Religión que dicen profesar. Podemos ver a sectarios de toda categoría explicando sus ideas, pero muchos cristianos tienen tal descuido y negligencia en saber la doctrina católica, que no solamente los niños, sino hombres y mujeres ya formados apenas saben los rudimentos de su fe. Es así aunque todos debiéramos traerla siempre impresa en lo íntimo de nuestros corazones.

¿Qué tan lejos estaremos de lo que Dios manda si no sabemos ni queremos saber qué es lo que Dios quiere y ordena? ¿Qué pueden esperar quienes no se interesan en conocer su religión? Aquel cristiano que después de tener edad y perfecto juicio aún es niño en la ignorancia de sus principales obligaciones y quiere permanecer en esta culpable y voluntaria ignorancia, no agradará a Dios y se perderá. Porque siendo el entendimiento la puerta principal por donde han de entrar a nuestra alma los bienes, tomada esta puerta por la ignorancia, ¿qué bienes podrán entrar en ella?

Si la primera rueda del mecanismo, que mueve y gobierna a las demás, se para, necesariamente se han de parar las otras. Y por esto es deseo de nuestro común adversario trabajar en quitarnos esta luz, para que ciegos con la ignorancia, caigamos en la profundidad de mil errores.

La formación en la doctrina es algo que nos encomienda Dios para nuestro provecho. Él mismo escribió con su divino dedo las leyes que habíamos de vivir. Él mandó a Moisés hacer un Tabernáculo y dentro de él mandó poner un arca dorada, hecha con gran arte, y quiso que estuviese allí guardada y depositada esta ley santísima para su mayor veneración. El mismo Señor mandó a Josué que nunca apartase de su boca el libro de esta ley, para que siempre leyese en él y la enseñase a otros. El mismo Señor mandó que quien iba a ser rey de Israel tuviese consigo este libro de la ley, escrito de su propia mano, si quería reinar prosperamente y vivir largos días sobre la tierra. Y para que no olvidasen algo tan necesario, mandó a Moisés que cuando los hijos de Israel entrasen en la tierra prometida, levantase unas grandes columnas y que escribiese en ellas las palabras de esta ley, para que los que viniesen pro aquel camino viesen aquellas letras, y oyesen aquellas voces de aquel mudo predicador, para que arreglasen sus vidas por aquella ley santísima. Y lo que es más digno de estimarse, que el mismo Señor humanándose, bajó del cielo a la tierra para ser el maestro que nos enseñarse a conocerla y guardarla.

Con este mismo intento, aconsejando Salomón a aquel hijo espiritual que instruye en el libro de sus Proverbios, le dice así: Guarda, hijo mío, los Mandamientos de tu padre, y no desampares la ley de tu madre: trabaja por traerla atada a tu corazón, y colgada continuamente a tu cuello, como una rica y preciosa joya. Cuando anduvieres, andará contigo, y cuando durmieres, estará a tu cabecera, y cuando despertares, platicarás con ella; porque el Mandamiento de Dios es una hermosa antorcha, y su santa ley es una luz clarísima, y su enseñanza es camino muy seguro para conseguir la vida.

Si se lee la doctrina cristiana con humildad y deseo de agradar a Dios, sin duda comunica dulzuras el Señor a quien se dedica a esta santa ocupación. San Camilo de Lelis, siendo ya viejo y consumado en la virtud, traía siempre en sus manos el librito de la doctrina cristiana para leer muchas veces de él, por el gran consuelo que tenía su alma en meditar la ley del Señor y enseñar la doctrina cristiana, que era un continuo ejercicio suyo en los Hospitales.

El santo Rey David meditaba continuamente en la ley de Dios, por el gran consuelo que Su Majestad le comunicaba en este santo ejercicio, como lo dice en muchos de sus Salmos. En una parte dice así: Oh Señor, cuán dulces son para el paladar de mi alma vuestras palabras! Más dulces son que la miel. Y ene ste mismo salmo dice: Oh, cuán enamorado estoy, Señor, de vuestra ley! Todo el día se me pasa en meditar en ella. Con ella me hice más prudente que todos mis enemigos: por estar yo siempre ocupado en el estudio y consideración de ella me hice más discerto que los viejos experimentados.

Todas estas cosas obra en las almas la lección y meditación de la santa ley del Señor y de los misterios de nuestra redención. ¿Qué puede ser más lamentable, entonces, que ver tan desterrada esta luz del mundo? ¿Cómo no sufrir ante el crecimiento de las tinieblas en que caen los hijos por ignorancia, los padres por descuido, y la mayor parte de los cristianos por rudeza y ceguera.

¿Qué cosa hay en el mundo más digna de saberse que la santa ley y los misterios del Señor, y qué cosa más olvidada? ¿Qué cosa hay más preciosa, y qué cosa es más despreciada? ¿Quién entiende la gran obligación que tenemos de amar y servir a nuestro Creador, y la eficacia que tienen los misterios de nuestra Fe para movernos a este amor? ¿Quién comprende la malicia y fealdad de un pecado mortal, para aborrecerle? ¿Quién asiste al Santo Sacrificio del a Misa y demás Oficios Divinos con la reverencia que merecen? ¿Quién santifica las fiestas, y con la devoción y recogimiento debidos? Vivimos ciertamente como ciegos entre tantas luces, ingratos entre tantos beneficios, sordos entre tantos clamores, fríos entre tantas ilustraciones de Dios.

Si una persona desea de verdad y de todo corazón ser cristiana, no sólo por la fe, sino por la vida y buenas costumbres conformes a esta fe que profesa, ha de saber a lo menos en cuanto a la sustancia los Artículos de la fe, y los ha de creer, no sólo con fe implícita, sino con fe explícita, y creer con fe explícita es creer los Misterios en particular, discerniendo un Artículo del otro, y comprendiendo cada uno. Asimismo, no basta el pronunciar las palabras del Credo o las de los Artículos como las puede decir un loro, sino que es necesario que cada uno, según su capacidad, entienda las palabras que pronuncia, para que no se forme conceptos y sentidos extraños de lo que cree. Además, tiene obligación cada uno de los fieles de saber los Mandamientos de la ley de Dios, y los de la Iglesia, que es la ley en que han de vivir. Por tanto, es necesario que todos los cristianos, según su capacidad y obligación, sepan y entiendan la doctrina cristiana: los Obispos deben saber la doctrina de modo que puedan desatar las dificultades que puedan surgir de los misterios, y argüir y convencer a los que los contradicen; los párrocos tienen que conocerla para satisfacer y aclarar a sus hijos las materias de la fe; los padres de familia han de aprenderla bien para enseñarla a sus hijos, y todos han de conocer al menos las bases de la religión a la que dicen pertenecer.

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