Historia de la Fiesta de Todos los Santos

Mucho antes de que se hubiera fijado esta Fiesta el primero de noviembre, se hacía en el día 50 después de Pascua. Era la Fiesta de los santos en común y de una manera general, pero no se comprendía en ella sino a la Santísima Virgen, los Apóstoles y los Mártires, cuyo triunfo se celebraba entre los cánticos de gozo del tiempo pascual.

El primero de mayo estaba destinado para todos los Apóstoles. Se escogía otro día del mismo mes para todos los Mártires; y se hacía mención de ningún santo en particular en todo el tiempo de Pascua. Se fijó después el 12 de mayo para celebrar la Fiesta de Todos los Mártires, al frente de los cuales se puso a la Santísima Virgen, y esto es lo que lo generó: 

Había en Roma un templo magnífico, construido algunos años antes de Jesucristo por Agripa, contemporáneo de Augusto, y nombrado Panteón, para significar que era la habitación de todos los dioses. Su figura redonda y convexa parecía representar el cielo, y se había hecho juntar en él todas las imágenes o los símbolos de la mayor parte de las divinidades en las dos estatuas de Marte y Venus. Este edificio, levantado en memoria de la victoria conseguida por Augusto en la batalla de Accio sobre Antonio y Cleopatra, estaba dedicado a Júpiter Vengador, a quien los poetas paganos daban el nombre de padre de los dioses y rey de los hombres. 

Habiéndose hecho cristianos los Emperadores romanos, promulgaron leyes contra el culto de los ídolos, e hicieron derribar sus templos. Los que no se tocaron, fueron cerrados y tolerados sólo como monumentos que sirviesen de adorno a las ciudades en que ocupaban algún sitio. El Panteón fue de estos últimos en Roma, en donde casi todos los otros, sin exceptuar el de Júpiter Capitolino, fueron destruidos. 

Hubiera sido incluido infaliblemente en el último edicto que Teodosio el Joven publicó en el quinto siglo para acabar de derribar los templos de los paganos que habían quedado en pie, pero el Emperador Honorio se declaró por la conservación de esta obra tan excelente de arquitectura, y contentándose con prohibir el uso de él para los sacrificios, quiso que sólo fuese mirado como los otros edificios públicos. 

Mas tarde, cuando pareció que la fe cristiana estaba bien arraigada en todas partes, no hubo dificultad en abrir aquellos templos para purificarlos y hacerlos lugares de oración, en que se pudiese adorar al verdadero Dios, que en otro tiempo había sido en ellos deshonrado tan indignamente, y hacerlo triunfar de los falsos dioses en los templos de aquellos mismos dioses. 

En el año 607, habiendo subido Bonifacio IV sobre la Santa Sede, se determinó abrir el Panteón. Después de haberlo purificado, lo bendijo y lo consagró a Dios. Lo dedicó solemnemente bajo el nombre de la Santísima Virgen María y de todos los Mártires. Esta célebre dedicación se hizo el 13 de mayo del año 609. El Cardenal Baronio testifica que se encontró en aquella iglesia un título muy antiguo, en el que se advertía que el Papa Bonifacio había hecho trasladar a ella veitiocho carros cargados de huesos de mártires, tomados de todos los cementerios de alrededor de Roma. Esta dedicación se erigió en Fiesta, cuya memoria debía renovarse todos los años el 23 de mayo. Se anotó en dicho día en el Calendario Romano, hecho a fines del mismo siglo, pero no se celebraba sino el domingo siguiente. Después, en el Martirologio Romano se vería la fiesta señalada el mismo día, bajo el título de ‘Dedicación de Santa María en los Mártires’, que es el nombre que sustituyó después al de Panteón o ‘de todos los dioses’. Y mas adelante se le llamaría Nuestra Señora la Rotunda, o solamente la Rotunda. 

Hasta entonces no se podía decir que la Fiesta de esta dedicación fuese la de todos los Santos, porque en ella no se hacía mención sino de la Santísima Virgen y de los Mártires de la ciudad y de los alrededores. El primero que al parecer dio lugar a celebrar a Todos los Santos en Roma, fue el Papa Gregorio III, que ocupó la Silla en el año 731. ESte Papa, según Anastasio el Bibliotecario, hizo terminar una Capilla en la iglesia de San Pedro en el Vaticano, ‘a honra del Salvador, de la Santísima Virgen, de los Santos Apóstoles, de todos los Santos Mártires y Confesores, y de todos los Justos que habían muerto en toda la tierra’. 

Hacia el año 737 instituyó una fiesta con un Oficio para la vigilia y el día, y ordenó también que se insertase en el Canon de la Misa de todos los días una Conmemoración de Todos los Santos que descansan en todo el mundo. Pero no se ve que este Papa asignase esta Fiesta al primero de noviembre, que era entonces un día de ayuno universal en la Iglesia. 

Sin embargo, la Fiesta de Todos los Santos pasó insensiblemente de la capilla de la iglesia de San Pedro a Santa María en los Mártires. Le propusieron a Carlomagno que la estableciera en sus estados, pero la gloria de esta institución estaba reservada a su hijo Luís el Benigno. 

Habiendo venido a Francia el papa Gregorio IV hacia el año 835, exhortó a este Príncipe que hiciera celebrar esta Fiesta en todos los estados, lo que se ejecutó. Con consentimiento de todos los Obispos, publicó un edicto en el cual ordenaba que en adelante la Fiesta de los Santos se celebraría en toda Francia y Alemania el primero de noviembre. El Papa Gregorio, apoyado de esta autoridad, prescribió su observancia a los fieles de todo Occidente, es decir, en toda la Iglesia latina. 

Se le dio el primer lugar en el Oficio del día, y se vedó el trabajar desde el tiempo de Carlos el Calvo. El ayuno de la vigilia se halla establecido desde el siglo XI, y lo vemos prescrito en un Concilio desde el año 1022. El Papa Sixto IV estableció una octava a la fiesta en el año 1480 y ordenó un Oficio doble, del nivel de los de Pascua, Pentecostés, Navidad, Epifanía, Ascensión y el Santísimo Sacramento. 

Los griegos estuvieron más tiempo que los latinos sin establecer en sus iglesias una Fiesta general de Todos los Santos bajo un sólo Oficio, pero terminaron siguiendo el ejemplo. Esta devoción empezó entre ellos en Constantinopla, con motivo de la dedicación de un oratorio o capilla consagrada a la honra de Todos los Santos, el día 20 de mayo. Habiéndose extendido después la Fiesta por todo el Imperio, se hizo movible cuando se trasladó al domingo de la octava de Pentecostés, que es el día de la Fiesta de la Santísima Trinidad entre los Occidentales. 

Además de la Fiesta general, instituida para honra de todos los santos debajo de Jesucristo, su Cabeza, se han formado otras en la Iglesia, para honrar en particular a todos los santos de un mismo orden, ya sea en la clase que tienen en el Cielo o en la condición que tuvieron en la tierra. De este modo, por ejemplo, celebra la Iglesia el 29 de septiembre la de Todos los Santos Arcángeles, que nosotros honramos con San Miguel, y que los griegos festejan el 8 de noviembre bajo el título de Todos los Santos sin cuerpo, y de todos los Órdenes de Inteligencia puramente espirituales que están en el Cielo. 

La Iglesia oriental celebra también en este día la Fiesta de Todos los Santos del Antiguo Testamento, es decir, de todos los Justos anteriores a la venida de Jesucristo al mundo: el Oficio de ésta se celebra el domingo antes de Navidad. 

La de Todos los Santos Apóstoles y de sus asociados en el Ministerio Evangélico se celebró mucho tiempo el primero de mayo en la Iglesia latina y el 25 de abril en otras, y entre los griegos el 30 de junio. Y así por delante, se instituyó una fiesta de Todos los Santos Discípulos, de Todos los Santos Mártires, de Todos los Santos Confesores Pontífices, de los Padres del Desierto, etc. 

En el establecimiento de la Fiesta de Todos los santos, la Iglesia que está sobre la tierra ha querido hacernos conocer la relación que tiene con la que está en el Cielo, por medio de un culto sensible, y con esto ha mostrado la comunión que hay entre los santos, y la unión de todos los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo. 

Los santos de la tierra aspiran a la felicidad de los del Cielo, y conociéndose obligados a llevar el camino que éstos siguieron, han creído que debían besar las huellas de estos bienaventurados, sobre las cuales tenían que caminar. La Iglesia empezó proponiéndolos a cada uno en particular durante el transcurso del año, para que la consideración de cada uno, sosteniendo nuestra fe y levantando nuestra esperanza hacia el Cielo, nos haga recordar lo que ellos fueron, son y lo que nosotros debemos ser para llegar a la bienaventuranza que ellos gozan.  

Pero viendo que todos los días del año no podían ser suficientes para honrar no sólo a los santos de los que se tiene conocimiento, sino de aquel número inconcebible de nombres que están escritos en el Libro de la vida, y que no son menos dignos de sus respetos, ha escogido un día en que pudiesen honrarlos a todos, y por este medio adorar a Dios en todos los santos, como a la fuente de toda santidad. Y esto es en lo que principalmente consiste el culto que da la Iglesia en este día a los Bienaventurados. 

 

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