Historia de la Exaltación de la santa Cruz

En el año 591 de nuestra era subió al trono de Persia Cosroas II, después de hacer asesinar a su padre Hormisdas a garrotazos. Por este horrible crimen se hizo odioso a sus vasallos, y tuvo que fugarse temporalmente, refugiándose en Constantinopla bajo la protección del emperador Mauricio, quien lo recibió amistosamente y le ayudó a restablecer su gobierno.

Pero en el año 601 el autoproclamado emperador Focas, hasta entonces un simple centurión, persiguió a Mauricio, mandó a matar delante suyo a cuatro de sus hijos y después ordenó que le cortaran la cabeza.

Cosroas se decidió a vengar la muerte de su benefactor, y le declaró la guerra a Focas, para luego apoderarse mediante la violencia de Palestina, Armenia y Capadocia. Pero fue Heraclio, el hijo del gobernador africano, quien terminó con la vida de Focas por instigación de los pueblos que sufrían bajo su terrible tiranía. Y luego el mismo Heraclio sería proclamado emperador a su vez, en el año 610.

Intentó por todos los medios hacer la paz con el rey de Persia, pero Cosroas estaba orgulloso de sus primeras conquistas y despreció todas las proposiciones del nuevo emperador, volviendo a atacar y conquistar nuevas tierras del imperio. Así fue como entró en Palestina, sitió Jerusalén en el año 615, la tomó y se llevó a Persia el mayor tesoro de la Cristiandad en el Oriente: la santa cruz en que murió Nuestro Señor para salvación de los hombres, que había sido descubierta por Santa Helena en el siglo VI.

Apoderándose también de todos los vasos sagrados y un gran número de cristianos esclavos, entre quienes se encontraba el patriarca de Jerusalén Zacarías, quien nunca perdió de vista al sagrado madero. El rey quiso humillar a la cruz guardándola como escabel de sus pies en el trono, pero finalmente Dios le hizo respetarla, como en otro tiempo sucediera con el Arca, y no se atrevieron a sacarla de la caja de plata en que había sido guardada por Santa Helena tras su hallazgo.

Heraclio volvió a pedir la paz al rey persa, aceptando toda clase de bajas condiciones, pero el soberbio Cosroas tras sus nuevos éxitos respondió a los embajadores que sólo la concedería si el emperador y sus vasallos cristianos renunciaban a Jesucristo, adorando desde entonces al sol, dios de los persas. Esta condición indignó con justicia a Heraclio, quien declaró ante todos sus oficiales que derramaría hasta la última gota de su sangre para vengar esa sacrílega y bárbara insolencia.

El clero secular, los monasterios y los cristianos en general ofrecieron sus bienes para librar esta guerra. Heraclio se dirigió a Persia, y tomando una imagen milagrosa de Nuestro Señor, recordó a sus soldados que pelearían por Jesucristo y que debían, por tanto, poner toda su confianza en el poderoso auxilio del Señor Dios de los ejércitos.

Y sería recompensada esta confianza, porque aunque los persas eran muy superiores en número, y estaban confiados tras sus múltiples victorias, fueron derrotados. Hubo muchas batallas, hasta que el Emperador obligó a Cosroas a abandonar la ciudad de Gazac, donde se encontraba el célebre templo del fuego, que hizo destruir, para luego continuar con sus conquistas. Finalmente, tras ser vencidos otros bárbaros que atacaban a Heraclio, y viendo éste que las oraciones de su pueblo estaban siendo oídas, fue al mismo centro de Persia a buscar al rey, a quien pronto encontró.

Eran tantos los enemigos que los soldados cristianos tuvieron miedo. Entonces el Emperador les dijo: “Hijos, por Dios combatimos y cada uno de nosotros vencerá a mil”. Y esto fue lo que sucedió. El ejército de Cosroas fue totalmente derrotado, todos sus oficiales fueron hechos prisioneros, y él mismo salvó su vida huyendo. Cayó en desgracia ante sus súbditos, y cuando su hijo Syroes fue proclamado rey por el pueblo mandó a asesinar a su padre lenta e inhumanamente, peor aún que como éste lo había hecho con el suyo. Y después de esto pidió nuevo rey la paz a Heraclio, aceptando sus condiciones, de las que fueron las principales la devolución de la santa Cruz que llevaba catorce años bajo el poder persa en la ciudad de Cresifon, y la liberación del patriarca Zacarías junto con todos los otros cautivos cristianos.

Aceptó Syroes todas estas condiciones, y el sagrado tesoro fue llevado triunfalmente primero a Constantinopla, donde fue recibido por todo el pueblo con ramos de olivo y velas encendidas, cantando himnos y cánticos. Era el año 628 cuando fue recuperada la santa Cruz. Y al año siguiente el Emperador Heraclio la restituyó a Jerusalén, donde dio gracias a Dios por sus victorias.

El clero y el pueblo salieron al camino a recibir la santa reliquia. El mismo Heraclio llevó hasta el Calvario aquella sagrada carga, vestido con sus más ricas galas imperiales. Iba precedido por el clero, acompañado del patriarca y rodeado por los grandes de su corte y la multitud que quería ver la Cruz restituida. Pero al llegar a la puerta que salía al Calvario el Emperador de sintió innoble y notó que no podía avanzar ni un paso más. Todos se asombraron de este portento. Entonces el patriarca, comprendiendo la causa, le dijo: “Considerad, señor, si quizá esa púrpura imperial y esas pomposas galas que os adornan son menos conformes al pobre y abatido traje con que Jesucristo llevó esa misma cruz, y salió por esta misma puerta para subir al monte Calvario”.

Heraclio estaba conmovido. Se quitó los vestidos imperiales, descalzó sus pies, y cubierto con una humilde túnica, descubierta la cabeza y sin ninguna insignia, caminó sin dificultad hasta el Calvario y colocó en su lugar el sagrado madero.

Después de esto el patriarca abrió la caja en que se encontraba, reconoció los sellos – que estaban enteros e intactos – y tras rezar y bendecir a los fieles, la volvió a cerrar y colocar en el mismo sitio del que los persas la habían sacado. Dios exaltaría la gloria de este precioso instrumento de nuestra redención con numerosos milagros, en el día 14 de septiembre del año 629.

Más tarde se ordenaría celebrar todos los años una fiesta solemne en memoria de esta gloriosa restitución, y la fiesta fue muy célebre especialmente en Oriente. Pero no hemos de olvidar que mucho antes de este suceso, en la Iglesia griega como en la latina se celebraba una fiesta con este mismo nombre también el 14 de septiembre, en memoria de las palabras que Jesucristo pronunció respecto a su propia muerte: “Cuando sea exaltado de la tierra atraeré a mí todas las cosas” (Juan XII). “Luego que levantáreis al Hijo del Hombre conoceréis quién soy yo” (Juan VIII).

Fue exaltada la santa Cruz ya en tiempos del emperador Constantino el Grande, cuando los cristianos al fin tuvieron libertad para predicar el Evangelio y erigir iglesias públicas. Se llamó Exaltación de la Cruz a la solemnidad en que la emperatriz Santa Helena mandó colocar su precioso hallazgo en la iglesia que hizo edificar en el Calvario, celebrándose desde entonces esta festividad el mismo 14 de septiembre.

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