Hiroshima: el holocausto ignorado

Japón es una nación de mártires. Desde el sueño del español San Francisco Javier hasta el siglo XIX, los católicos fueron despiadadamente perseguidos por las fuerzas paganas, muchas veces alentadas por protestantes bajo excusas comerciales.

Desde 1596 hasta 1889 los mártires regaron con su sangre el país del sol naciente, con la esperanza de que fuese verdadera semilla para nuevos cristianos. En Japón fueron masacrados ante la indolencia y pasividad de Occidente.

San Francisco Javier: “Japón es la delicia de mi corazón”, “el país de Oriente más adaptado al cristianismo”

El par de años de apostolado de San Francisco Javier (1549) fueron a tal punto fructífero que con el paso del tiempo Japón se convirtió en la gran tierra misionera del Oriente. Una generación después eran más de 300.000 los católicos, nobles y plebeyos. El santo amaba Japón como a ninguna otra tierra de Oriente. Los tratados suscritos con Portugal en 1571 le constituían en el  único puerto abierto al exterior.

La nobleza fue entusiasta al recibir la santa fe. Muchos de los conversos eran nobles samuráis de antiguos y heroicos linajes. Sobre sus trajes guerreros portaban cruces en sus cascos y un rosario junto a sus katanas, espadas tradicionales de la nobleza militar. Combatían al grito de “¡Jesús y Santa María!”

Pero el choque religioso no se dejó esperar. Protestantes holandeses y comerciantes portugueses instigaron al poder local para perseguir a los católicos. Se proscribió y expulsó a la Compañía de Jesús y exigieron a los cristianos la renuncia a su fe y hacerse budistas. Los rebeldes serían perseguidos. Comenzaba la era de los mártires. En 1596 se crucificó a 26 cristianos, misioneros y seglares.

Los gobernadores administrativo-militares – shogunes o Seii Taishōgun – recibieron órdenes imperiales de aniquilar a los católicos. En 1614 se expulsó a franciscanos y jesuitas. Un puñado de samuráis se exilió en Manila bajo la protección del Emperador católico español. En 1637 la situación era inaceptable para los católicos japoneses.

Aquí comienza uno de los capítulos más emocionantes de la historia nipona. Ancianos, mujeres y niños resistieron tan valientemente como los hombres. Se les vio resistir con amor, aún teniendo a la vista los tormentos que les esperaban. Japón tiene en su hoja de vida la persecución anticatólica más exitosa de la historia.

Se extendieron fumies en el piso – preciosos íconos de la Santísima Virgen con el Divino Infante – y se obligó a cada católico a pisotear la sagrada imagen y firmar como apóstatas para ser premiados y liberados. Sin distinguir si eran hombres o mujeres, ancianos o niños, sanos o enfermos, nobles o plebeyos, se les quemó y acribilló con flechas o se les ahogó, cuando no fueron abandonados en balsas para morir a la deriva en el mar. A muchos, incluso, se les colgó de los pies sobre fosas llenas de excrementos y cadáveres.

37.000 fieles aplastados por los impuestos y dirigidos por ronins, samuráis errantes que no aceptaron la proscripción, se rebelaron en Shimabara, Nagasaki. Eran campesinos y artesanos combatiendo al mando de la nobleza feudal, como siglos después se repetirá en la Vendée bajo la revolución francesa. 120.000 militares japoneses, apoyados por las armas protestantes de los barcos de guerra de Holanda, masacraron a los católicos. No se perdonó una sola vida. Más de 3.000 fieles fueron decapitados a golpe de katana durante los últimos tres días. Excavaciones recientes devolvieron una visión dantesca: miles de cráneos aparecieron junto a toscas cruces de plomo.

Se cerraba así un capítulo rojo y negro de la historia. Tres grandes persecuciones en apenas dos siglos sepultaron los restos de la vida religiosa en la nación.

Kakures en el siglo XIX

Con el fin de los Tokugawa y la instauración de la época Meiji en el siglo XIX, Japón se modernizaba gracias a la influencia comercial con Occidente. Era 1853 y Estados Unidos había forzado un tratado comercial con el imperio del sol naciente. Esta apertura creó las condiciones para que se autorizase la construcción de una iglesia católica en un pequeño pueblo costero: Nagasaki.

 La escena fue conmovedora. Los piadosos sacerdotes no salían de su asombro al ver bajar de las colinas grupos y más grupos de campesinos emocionados que venían a abrazar a los misioneros. Eran los Kakures. 

Durante 240 años los fieles abandonados de toda dirección espiritual, sin instrucción, biblias o catecismos, habían guardado la fe en secreto, transmitiéndola de generación en generación como podían. Las pobres almas, con la mejor disposición pero sin guía, habían mezclado la fe con animismo, budismo y sintoísmo.

Los misioneros y los herederos de una fe proscrita que al fin podían salir a la luz del sol, se abrazaron con la ternura de padres e hijos separados por mucho tiempo. Los religiosos escuchaban el credo particular. Habían dejado de creer en la Santísima Trinidad y adoraban al “Dios del armario”. Un Dios que mantenían celosamente oculto entre ropas, verdaderas reliquias de mártires disimuladas en un altar budista.

Los fieles recitaron para los misioneros el Ave María. Siglos de olvido habían transformado “Ave María, Gratia plena, Dominus…” en un ininteligible “Ame Maria karassa binno Domisu”. Hoy en día cerca de 30.000 kakures permanecen reivindicando ser los verdaderos cristianos, negándose a abrazar a Roma, dando su extraño culto en unas 80 iglesias caseras como durante los tiempos de las persecuciones.

El despertar del siglo XX

El espíritu ibérico renacía en la tierra amada por San Francisco Javier. En 1917 Nagasaki se enorgullecía de haber levantado – gracias a la caridad de los fieles japoneses – la mayor Catedral de Oriente, consagrada a la Santísima Virgen.

A principios del 1900 la comunidad de fieles cristianos en las aldeas de Hiroshima y Nagasaki era próspera y miraba con esperanzas el futuro. La primera ostentaba la feliz noticia de ser la mayor comunidad católica del Japón, seguida de cerca por Nagasaki, tierra original del catolicismo nipón.

El fatídico agosto de 1945 el comando aliado determinó arrasar las dos pequeñas e irrelevantes aldeas con el poder atómico. La decisión del presidente norteamericano – miembro destacado de la Masonería – no fue tan arbitraria como parece. En efecto, existían numerosos objetivos militares cerca, cuyo impacto por destrucción (centros de acopio de armamento, instalaciones militares, etc.) podrían haber justificado el bombardeo nuclear.

Pero al decidir la destrucción de Hiroshima y Nagasaki se perseguía un fin adicional: arrasar con la fe católica en el país. Se determinaba entonces violar el Tratado de la Haya que prohíbe bombardear objetivos civiles aún cuando se detecten actividades militares en el perímetro. Un bombardeo en un objetivo militar, como se esperaba, habría sido ejecutado en un marco perfectamente legal. Pero era tanta la necesidad de destruir las dos pequeñas aldeas que se quiso pasar por sobre todo con tal de arrasarlas.

Años después reflexionaría el cardenal Biffi en sus Memorias: “Podemos bien suponer que las bombas atómicas no hayan sido tiradas al azar. La pregunta es por lo tanto inevitable: ¿cómo así se escogió para la segunda hecatombe, entre todas, precisamente la ciudad de Japón donde el catolicismo, aparte de tener la historia más gloriosa, estaba más difundido y afirmado?” (Giacomo Biffi, “Memorie e digressioni di un italiano cardinale [Memorias y digresiones de un italiano cardenal]”, Cantagalli, Siena, 2007, pp. 640)

El holocausto católico que marcó el fin de la guerra hizo desaparecer, en instantes, trescientas cincuenta mil almas, más ciento cincuenta mil antes de finalizar el año.

Fue precisamente en esta ciudad donde se guardaban las reliquias de los santos mártires de los siglos anteriores. Con una de esas poesías con que se escribe la historia, la segunda bomba atómica cayó sobre la Catedral de Nagasaki, la iglesia más grande del Japón y donde se concentraban más católicos. Kokura era el objetivo indicado pero se encontraba cubierto de nubes, por lo que se lanzó contra la Catedral de Nagasaki.

A las 8:15 de la mañana de ese 6 de agosto, una bomba explosaba  a 580 metros del Hospital de Shima, Hiroshima. En sólo segundos la bola de fuego de 28 metros de diámetro y una temperatura cercana a los 300.000 grados centígrados, se expandió en una ola de presión y calor que destruyó todo a su paso. Tres días después los aliados lanzan una segunda bomba.

La ciudad católica de Japón comenzaba su día de trabajo. Los tranvías quedaron congelados en una pesadilla dantesca: carros sin vida, llenos de pasajeros calcinados y sentados en su sitio, o apretados en las plataformas. Un viento con fuerza de 1.200 kilómetros por hora se levantó haciendo caer las paredes en un radio de 1500 metros y arrancó las ventanas hasta a 12 kilómetros del “punto cero”. El calor de una fracción de segundo fundió el granito de la tierra en un radio de al menos 1 kilómetro desde la zona de explosión.

Un hecho notable sucedía a menos de una milla del punto de detonación. La pequeña comunidad de misioneros jesuitas desayunaba cuando fue la explosión. Los ocho miembros escaparon ilesos de los efectos de la bomba. Su presbiterio no sufrió daños, en tanto los edificios vecinos así como todo lo que se extendía a su vista, estaba destruido.

El jesuita alemán P. Hubert Schuiffer, tenía 30 años y era compañero del P. Arrupe, español. Tenía por aquel entonces 30 años y vivió saludablemente hasta los 63. En 1973 aún sobrevivían seis de sus compañeros de Hiroshima. En sus memorias narra sobre aquel día en el pequeño presbiterio: “El 6 de agosto de 1945, luego de decir misa, me había sentado a desayunar cuando hubo un destello brillante de luz. 

Como Hiroshima tenía una pequeña instalación militar, asumió que debió haber habido algún tipo de explosión en la bahía. “Una terrible explosión llenó el aire con un estallido atronador. Una fuerza invisible me levantó de la silla, me arrojó por el aire, me agitó, me apaleó, y me hizo girar por todos lados”. Se puso de pie y miró alrededor, no podía creer lo que veía: todo, absolutamente todo había sido devastado. Él tenía heridas menores, nada serio. Exámenes posteriores realizados por personal médico militar norteamericano y científicos que acudieron al lugar mostraron que ni él ni sus compañeros sufrieron efectos malignos por el daño de la radiación y la bomba. Junto a sus hermanos de la Compañía de Jesús el Padre Schiffer sostuvo “sobrevivimos porque vivíamos el mensaje de Fátima. Vivíamos y orábamos el rosario diariamente en esa casa.” Tanto él como sus compañeros trabajaron arduamente auxiliando a los heridos y deudos, sin protección alguna y muchas veces expuestos a radiaciones superiores a todo límite soportado por el ser humano. Pero la caridad lo ordenaba.

Dos días después Radio Tokio informaba: “Las autoridades de Hiroshima, ocupadas en la tarea de establecer un primer orden en el caos que produjo la nueva bomba enemiga, de origen desconocido, que explotó el lunes a la mañana, no están aún en condiciones de estimar la magnitud de las pérdidas ocasionadas entre la población civil de la ciudad. Grupos sanitarios traídos de localidades vecinas no podían distinguir a los muertos de los heridos, ni qué hablar de identificarlos. El efecto de la bomba fue tan terrible que prácticamente todo ser vivo, humano y animal, fue literalmente carbonizado en el inmenso calor producido por la explosión”.

“Muertos y heridos estaban quemados hasta tal punto que era imposible reconocerlos. Todos los edificios quedaron destrozados, lógicamente también los puestos sanitarios y hospitales, de modo que la labor de ayuda y rescate crecía hasta el agotamiento. La bomba había destruido todo dentro de un amplio radio. Quien en el momento de la explosión estaba en la calle fue quemado por completo, la gente en las casas murió por la gigantesca presión y el calor.”

“Este es el suceso más grandioso de la historia”, comentó el presidente norteamericano Harry Salomon Schippe Truman.  Y posteriormente agregó: “Hace 16 horas que un avión estadounidense ha lanzado una bomba sobre Hiroshima. Si ahora no aceptan nuestras condiciones, les espera un diluvio de destrucción como jamás se ha visto”

Stalin rompió su palabra. Acababa de declarar la guerra contra aquel con quien mantenía un pacto de no agresión y presionó para la destrucción del Imperio. Dos días después, aunque ya sin argumentos para continuar la guerra, iniciaba la invasión a Manchuria y el norte de Corea. Comenzaba así otro genocidio indescriptible.

¿Por qué bombardear Japón?

Desde el punto de vista militar, no existe ninguna justificación para la masacre de Hiroshima y Nagasaki. Las instalaciones industriales de Mitsubishi estaban paralizadas por la falta de combustible y la presencia militar en las aldeas no superaba al 3 por ciento. Los estrategas militares aliados sabían que tras meses de bombardeos Japón no representaba una amenaza. Toda la infraestructura portuaria japonesa habían sido destrozada por la aviación aliada y flota japonesa – mercante y militar – había sido destruida. Los aviones que aún poseía Japón estaban tan viejos que ni siquiera podían ser utilizados por la Tokubetsu Kogeki Ta (kamikazes) por temor a que cayesen sobre población civil antes de alcanzar el frente de Okinawa. Los oficiales nipones ni siquiera podían repatriar a las 35 divisiones aisladas ahora en el Sudeste del Asia, Manchuria y China. La nación moriría de hambre en cuestión de días. Un bloqueo naval habría llevado a la derrota sin siquiera precisar un desembarco aliado. El Emperador y su primer ministro Kantaro Suzuki iniciaron negociaciones para la paz antes de la masacre de Nagasaki.

La Conferencia de Postdam ya había decretado el bombardeo nuclear: en palabras del historiador norteamericano Henry Elmer Barnes, se atacaría nuclearmente a “un enemigo vencido”. El mismo investigador señala que el presidente norteamericano reconocía antes del bombardeo a Nahasaki e Hisroshima que “efectivamente tenía conocimiento de los deseos de paz de los japoneses, también de la falta de necesidad de continuar con cualquier acción militar adicional y de las buenas posibilidades existentes para la conclusión inmediata de un tratado de paz”.

Hay un aspecto de la nobleza del espíritu japonés que, de no ser comprendida, no permite entender la situación que se vivía. ¿Qué sentido tenía para Japón seguir combatiendo cuando a todas luces la guerra se había perdido?

Para los japoneses era una cuestión de honor, del ideal de orden que defendían, sí, pero por sobretodo estaba la cuestión del honor del Emperador, un monarca a quien no sólo amaban con toda su mente, cuerpo y corazón. Literalmente le adoraban. Y eso les movía incluso a sacrificar sus propias vidas, como es el caso de los kamikazes, quienes llevando una fotografía del emperador y un crisantemo – símbolo imperial – morían por la gloria de su monarca dedicando su última mirada, sonrisa y gesto de devoto amor a su Señor. Japón continuaba su batalla sin importar las condiciones externas. Luchaba porque debía hacerlo. Luchaba por amor, aunque cueste al Occidental comprenderlo. Pero no a las órdenes de caballería.

Para el Bushido – código de conducta de la nobleza japonesa – como para el sentimiento popular, la muerte no puede ser temida, y actuar por lo superior distingue al hombre de un animal. No se debe temer al sufrimiento, sólo a la vergüenza de un mal acto, uno por debajo de quienes somos.

Japón “debía” ser bombardeado y herido de modo que se quebrantase su espíritu noble y aguerrido o habría continuado sólo la guerra.

Hay que comprender la perspectiva japonesa. Quien haya visto el film inmortal ”El Puente sobre el Rio Kwai” puede recordar el sentido de honra y admiración por el ejército enemigo. Japón se sentía – con o sin razón – superior a todos, y así le trataron. Y así prefirieron morir: dignos y con honor. El 15 de agosto, seis meses después de que los aliados lanzasen bombas incendiarias sobre casi 70 ciudades y villas de Japón y una semana después de que se probase el poder nuclear sobre la población católica japonesa con un resultado superior al millón de víctimas sin contar los millares de muertes posteriores por efectos de la radiación, el Emperador Hirohito anunció por radio la capitulación incondicional del Imperio.

Con voz noble y digna, pero quebrantado por el dolor, pidió a su pueblo un último sacrificio: “soportar lo insoportable”. Sus súbditos, conmovidos, comprendieron que deberían aceptar la ocupación del país por las tropas extranjeras (demonios extranjeros, en japonés). Por primera vez en su larga y gloriosa historia hecha de victorias militares, Japón sería invadido y dominado por extranjeros, despreciables en comparación a los nobles conceptos del Bushido.

Días después el General Mc Arthur ya estaba instalado en su cuartel general en Tokio. Y recibe una solicitud del Emperador para visitarlo. El militar norteamericano se preparó para suplicar por su vida. El general recibe al Emperador de Japón, divinidad viva para su pueblo y heredero de la mayor nobleza de su tierra, en simple y prosaico traje de fajina. Su Alteza de presenta en impecable traje smoking, a la usanza occidental. Y le comunica al jefe militar aliado que “pueden hacer con él lo que quieran; él es el responsable de todo lo ocurrido”. A cambio, pide “clemencia para su pueblo”.

El rudo y práctico americano quedó impactado. Pese a su ramplonería y a todo lo que hizo posteriormente por romper el espíritu japonés, desde ese momento consideró al Emperador “Primer Caballero del Japón”.

En tanto, el puñado de supervivientes católicos – unido a las cuadrillas civiles que podían moverse pese a los daños y heridas – buscaba restos de parientes y hermanos entre los escombros. Todo había sido arrasado.

Lo que no pudo el odio anticristiano durante tres siglos, lo consiguió la orden premeditada de un ejército occidental y cristiano.

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