Herejes contra la Virgen

En medio del concurso unánime y universal de todos los santos, en todos los siglos, para amar, alabar y honrar a la Madre de Dios, a vista de este celo tan ardiente, tan solícito, tan constante de toda la Iglesia desde su nacimiento para inspirar a todos los fieles el amor, el culto, la confianza más tierna y entera en la Madre de Dios, ¿cómo es posible que en ningún siglo ha habido hereje que no haya aborrecido en particular a la Santísima Virgen?

No es posible dejar de convenir que por ella se ha dado Dios a los hombres, y que por su mano les dispensa los tesoros de sus gracias y de sus bendiciones. Ella es, como canta la Iglesia, aquella misteriosa torre de David de la cual penden mil escudos; ella es el arca de la nueva alianza; ella es la puerta del cielo, nuestra abogada después de Dios, la salud de los enfermos espirituales, el refugio de los pecadores, el auxilio más eficaz de todos los cristianos, el consuelo de los afligidos, y después de Jesucristo toda nuestra esperanza.

Se halla en ella todo lo que puede merecer nuestro homenaje y nuestros respetos; no hay cualidad alguna en ella que no sea para nosotros un título para consagrarnos a ella, para respetarla, amarla y serles agradecidos.

¿En qué consiste, después de esto, el desenfreno, el encarnizamiento de todos los sectarios de todos los tiempos contra la más tierna, la más poderosa y la más benéfica de todas las madres? ¿Qué protectora más eficaz que ella? ¿qué abogada más fiel? ¿qué virgen más pura? ¿qué soberana más liberal? ¿qué madre, en fin, más compasiva que María madre de Dios? Esta sola cualidad de madre de dios vale y encierra todos los títulos. ¿Bajo qué punto de vista, bajo qué concepto se la puede mirar para descubrir en ella el menor motivo de aversión o de frialdad?

Sin embargo, remontémonos hasta la primera época de la herejía, y desde el nacimiento de esta hidra infernal hasta estos últimos tiempos, ¿qué nube de enemigos de la Santísima Virgen no ha habido? Unos se han atrevido a negar que hubiese sido madre de Dios; otros que hubiese sido siempre virgen. El infierno mismo se horrorizó, por decirlo así, de las blasfemias horribles que un Lutero y un Calvino han vomitado contra la Madre de Dios. 

¿Con qué impiedad no ha sido tratada por todos los demás sectarios? Los unos han condenado los elogios magníficos que le han dado todos los santos padres; los otros la multitud de templos erigidos en su honor, y el gran número de fiestas que la Iglesia ha establecido para alimentar la piedad de los fieles. “De todas las fiestas que se celebran en honor de María – decía el impío Lutero – no hay una a la que yo tenga más horror que a la de su inmaculada concepción”.

¿Con qué irreligión y con qué fastidiosas e insolentes bufonadas no se han esforzado a desacreditar entre el pueblo las más santas prácticas de piedad, autorizadas por el ejemplo de los santos y por la aprobación de la Santa Sede? ¿Con qué furor no se ha desencadenado contra las sociedades erigidas en su honor?

No hay devoción a la Madre de Dios que no haya sido tratada de superstición. El rosario, el escapulario, las letanías, los oficios, las congregaciones, nada se ha perdonado, y la impiedad ha pasado hasta nuestro siglo. En fin, se ha tratado de celo indiscreto el que ostenta el pueblo cristiano por defender las más ilustres prerrogativas de la Madre de Dios, y poner en ellas, después de Jesucristo, toda su confianza.

¿En qué consiste, pues, esa rabia de la herejía contra la Santísima Virgen? Porque al fin apenas se hallará una sola secta en el largo espacio de los siglos que no haya vomitado contra ella todo su veneno, y que no se haya declarado contra su culto. He aquí la causa de este desencadenamiento de todos los sectarios. “Yo pondré – había dicho el Señor a la serpiente – una enemistad irreconciliable entre ti y la mujer que debe quebrantar tu cabeza”.

Este es el origen de ese odio implacable que tiene la herejía contra la Santísima Virgen. Ella ha quebrantado la cabeza de la serpiente, no sólo porque ha sido exenta del pecado original, principio funesto de todos los demás; sino principalmente porque ha concebido en su seno y dado a luz al Salvador del mundo, el cual ha desarmado a todo el infierno, y arruinado su imperio. Ella le ha quebrantado la cabeza. ¿Será extraño que vomite el demonio contra ella todo su veneno? Mientras que le quedare hiel, el demonio no cesará de hacer todos sus esfuerzos para desacreditar, para impedir el culto que es debido a María; no dejará de hacer todo lo que pueda para oscurecer el brillo de sus grandezas, para privarla de las ilustres prerrogativas de su nobleza, para disputarle los sublimes privilegios que ha recibido de Dios; trabajará, en fin, con todo empeño para cerrar este asilo a los pecadores, y para debilitar y aún sofocar, si pudiese, en el corazón los cristianos el título más fundado de su más dulce confianza: “y tú no cesarás de preparar emboscadas y armar lazos a su talón”, y de tratar de impedir o al menos de oscurecer el culto que se le rinde desacreditándola por medio de tus emisarios.

Pero todos los esfuerzos del infierno serán siempre inútiles; por más que la serpiente infernal produzca en todos los siglos nuevos insectos, que arrastrando sobre la tierra se encaminan hacia ella, jamás podrán pasar todos sus esfuerzos de acometer a su talón. A esto se reducirán siempre todos los malignos esfuerzos de los herejes. María arrollará siempre a los hijos, después de haber quebrantado la cabeza del padre.

No hay enemigo de Jesucristo que no lo sea de su Santísima Madre. Todos los herejes aborrecen a la Madre porque aborrecen al Hijo. “El que me odia a mí – podría decirse con las palabras del Salvador a sus discípulos – odia a mi Madre”. Pero vos, oh Santísima Madre de Dios – decía un célebre orador sagrado del siglo XVII – sois el escollo contra el cual se han estrellado todos los errores, y lo seréis siempre. Vos sola habéis triunfado de todas las herejías; apenas se ha formado una en el cristianismo que no os haya atacado; pero tampoco hay una a la cual no hayáis confundido. “Todas las herejías que se han levantado en todo el mundo, vos sola las habéis aniquilado”, dice toda la Iglesia con San Agustín. La victoria que habéis conseguido y que conseguiréis contra todos vuestros enemigos, y sobre las temerarias censuras de vuestro culto, coronará vuestro triunfo.

A pesar de todas las empresas malignas que la herejía ha formado en tantos siglos, a pesar de todos los sofismas y de todos los artificios que el error ha empleado contra la Santísima Madre de Dios, su culto ha subsistido y subsistirá, y la devoción a esta Madre se ha hecho y se hará más fervorosa y más universal. Las puertas del infierno no prevalecerán jamás contra el celo de los verdaderos cristianos, ni contra su religiosa solicitud y su inviolable fidelidad en rendirle los justos homenajes que se le deben. Conservarán siempre, publicarán, harán gloria de los sentimientos tiernos y respetuosos que les ligan estrechamente a sus intereses, sea cualquiera el artífice de que se use, y el esfuerzo que se haga para arrancarlos de sus corazones. Su piedad, su religión, su ternura para con su buena madre y poderosa soberana, les hará superiores a la malignidad y a la astucia impía de sus enemigos, y nada será capaz de inmutarles ni seducirles.

Digamos pues con San Bernardo: “Os suplicamos, Virgen santa, bendita entre todas las mujeres, fuente de la vida y madre de la salud; vos, por quien hemos hallado el origen de la gracia, haced que por vos encontremos un acceso favorable para vuestro Hijo, a fin de que por vos seamos bien recibidos de aquel que no se ha dado a nosotros sino por vos; que en consideración a vuestra incomparable virginidad y a vuestra profunda humildad, que tan agradable le ha sido, se digne perdonarnos todo lo que nace del orgullo de nuestro entendimiento y de la corrupción de nuestro corazón; que vuestra inmensa caridad cubra el gran número de nuestros pecados, y que vuestra gloriosa y milagrosa fecundidad nos haga fecundos en buenas obras y en méritos. Dignaos, Virgen santa, dignaos permitirme que yo publique vuestras alabanzas, por mas indigno que sea de ello, y concededme la fortaleza para combatir y confundir a vuestros enemigos. Dignaos, soberana Señora nuestra, nuestra medianera poderosa, nuestra fiel abogada, recomendarnos a vuestro Hijo, reconciliarnos con Él, presentarnos vos misma a Él. Haced, oh bienaventurada Virgen, por la gracia que habéis merecido, y por la misericordia de aquel que habeis dado a luz, que el que por vuestro medio se ha dignado hacerse participante de nuestras miserias y de nuestras enfermedades, se digne también por vuestra intercesión darnos parte en su felicidad eterna y en su gloria, Jesucristo Señor nuestro, vuestro querido Hijo, nuestro Dios, bendito sobre todas las cosas en todos los siglos. Amén”.

(“Vida de Nuestro Señor Jesucristo y de su Santísima Madre”. P. Juan Croisset. 1847)

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