Hasta las últimas consecuencias…

La corrupción del alma – y la cultural por consecuencia – no deviene sólo por la entrega animal a las pasiones desatadas de la carne; las pasiones espirituales corrompen en clases de pecado superiores que descomponen las potencias de la persona ya sea debilitando sus resistencias o bien infectado la carne con el desorden de apetitos.

Tal verdad espiritual expone una realidad aterradora: tan corrupta será el alma cuanto más justifique sus vicios. Y en mayor grado, mayor será la perversidad de quien defienda la corrupción y la proponga con aires de normalidad y aceptación a los demás. Sumaría, en tal caso, el escándalo público a la cooperación con el infierno.

Si el pecado mortal – aquel que da muerte al alma y nos priva del Cielo por el agravio a Dios – requiere no sólo la voluntad libre sino también el conocimiento del grado que ofende a nuestro Señor y deseamos eso, entonces mayor será la perversión y maldad de quien por su cargo y responsabilidad calla la maldad, pide aceptación del crimen y le promueve con sus actos y palabras.

El proceso del pecado

Compartimos con los animales los instintos pero nos diferenciamos de ellos por las potencias superiores del alma. Entre éstas sobresalen de forma eminente la inteligencia y el amor, hermanándonos con los santos ángeles. Gracias a estas facultades discernimos la verdad del error, la belleza de la fealdad, la justicia y el crimen tanto como el bien y el mal, y amamos lo que Dios ama y odiamos lo que Dios odia.

Por la inteligencia no sólo entendemos, al modo de un niño, lo que es malo: trabajando la virtud de la inteligencia podemos comprender sus causas y consecuencias, extendiéndolas de forma angélica a sus primeras causas y sus últimas consecuencias.

En el examen de conciencia operamos de esa manera y perfeccionamos esa extensión del pensamiento de las causas y efectos. Considerando un pecado podemos retroceder hasta las primeras concesiones que hicimos, todos esos sofismas con que consentimos ante una tentación y le dimos posibilidad de proseguir su corrosión. Desde esa primera aceptación y luego las que prosiguieron, esos pecados previos que por ser de menor gravedad los abrazamos y dimos ciudadanía en nuestra alma, hasta los pecados presentes y las ideas que les justifican y enmudecen la condena y luego los que seguirán si no ponemos fin al proceso y no nos dolemos, arrepentimos, enmendamos y hacemos penitencia.

El proceso de la revolución en el alma

Los primeros movimientos racionalistas dejaron la moral fuera de sus trabajos, atendiendo a la legalidad del asunto: si la ley lo permite no hay condena. Éstas fueron completadas por las escuelas artísticas que hicieron del pecado algo trivial, primero, para luego justificarlo y posteriormente entronizarlo haciéndolo un modo de vivir y camino de la “autorealización”, paroxismo de la felicidad.

Como consecuencia natural del proceso las potencias de la inteligencia fueron opacadas por la animalidad de la conducta y cultura, de modo tal que la luz de la razón eclipsó. Las escuelas intelectuales padecieron miopía y luego ceguera. Ya no se vio sino el deseo del momento y las formas de satisfacerlo para evitar el “sufrimiento” y “trauma” de negárselo. La cultura festejó el delito e hizo de él el protagonista de sus trabajos.

El hombre moderno y el pecado

Queda, por resultado de lo anterior, un hombre desgastado, arruinado y entristecido. Los placeres de la carne y del espíritu no le ofrecen sino satisfacciones efímeras, tan cortas y superficiales que pronto – demasiado pronto en comparación de las ilusiones que se hacía el desear cometerlos – se siente impelido a procurarse otros. Prosigue su frustrante experiencia desde los primeros pecados hasta los de la agonía, sin conocer jamás el descanso del alma ni la felicidad imperecedera.

La protesta de las pasiones, al modo de los dictadores, impone sus caprichos y necesidades corruptas cegando la razón e incendiando la carne, preludio del fuego eterno si no se pone remedio y eleva el alma a los verdaderos manjares de la vida humana en la tierra.

Las fiebres del consumo, por ejemplo, se dan entre personas que no adquieren legítimamente las comodidades que la civilización pone a su alcance – cosa legítima y deseable en sí misma – sino que arden como impulso que frustra y duele de no satisfacerlo. No ven ni pueden ver las causas que les llevaron a ese berrinche ni todas las consecuencias que acarreará ceder, sobre todo si no se poseen los medios reales para poseerlo sino que se acude a créditos que empeñan la vida por delante en pago por la satisfacción presente.

El ardor de la carne o el corazón cede ante la lujuria, el orgullo herido por la duda, la inquietud de la curiosidad malsana, los celos sangrantes y las mil necesidades que urgen al cuerpo y el alma a exigir satisfacciones sin importar consecuencias, sin comprender sus causas primeras ni verdaderos motivos, ni todo cuanto acarrearía si así se cumpliese, tanto para sí como para todos los demás. Es un acto de egoísmo absoluto que nos asemeja a Lucifer.

La doctrina de las jerarquías en el universo y en toda la familia humana agrega un grado adicional de maldad: a mayor inteligencia mayor será el pecado y a mayor posición y responsabilidad sobre las almas mayor será el crimen.

Ante Dios tales almas son juzgadas con mayor severidad y rigor tanto como, por el ejercicio de las virtudes, serán premiadas por el buen combate, el buen servicio y los talentos enriquecidos por los buenos negocios que de ellos hicieron, pues Dios nos exigirá tantas utilidades de los talentos como tiempo nos otorgue y fuerzas pongamos en ello.

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