Hablemos de la virtud

Los antiguos – dice Guillelmo a Marco Tulio, tan solamente daban el nombre de virtud a los fuertes y valientes, y tanto era llamar a uno fuerte o valiente, como virtuoso, que no era vencido de trabajos, dolores ni otras fuerzas. Después, conociendo que el alma también tiene su guerra y sus enemigos con quienes pelea, como son apetitos, riquezas, honras y mil cosas mundanas, llamaron virtuosos a los hombres que no eran vencidos de estas pasiones, y a esta fortaleza del alma la llamaron virtud.

La virtud es un hábito y calidad adquirida, que ayuda y levanta al alma para que con facilidad y loablemente pueda ejercitar sus operaciones. No consiste, pues, en ciertos deseos pasajeros que nos inclinan al bien, sino en los hábitos permanentes y sólidos.

Tales son la virtud de la abstinencia, templanza y otras que con el uso se adquieren. Si la virtud es infusa, la define San Agustín como una buena cualidad que está en el alma, con la cual se vive rectamente, y de la cual nadie puede hacer mal uso, porque sólo Dios la infunde en nosotros.

Estas son todas las virtudes morales, que infunde Dios en la justificación del alma, con las Teologales. Esto que los filósofos morales han llamado virtud las Escrituras suelen llamarle gracia, porque en muchos lugares es lo mismo gracia que virtud, porque la virtud proviene de Dios, de cuya liberalidad nos viene como don Suyo, y así se llama gracia.

La gracia es un don gratuito de Dios que nos hace agradables a Él, cuyas obras son gratas a la divina Majestad. De esta manera el Ángel llama a la Virgen “llena de gracia”, es decir, de virtudes.

Otro aspecto de la virtud son las obras que proceden de ella, y sus actos, y así se llama virtud, porque es necesaria fuerza y valor para emprender los actos de virtud que hacen al hombre virtuoso y grato a Dios.

Gerson define a la virtud así: “una buena inclinación de la criatura racional, para que con alabanza pueda ejercitar las obras convenientes a su naturaleza”. Y San Agustín dice que es “un hábito que instruye y gobierna bien al alma”.

El hombre aprende la virtud examinándose a sí mismo, y de este modo se acostumbra a ella, y con ella se identifica. A fuerza de práctica y ejercicio se adquiere el hábito, y considerando sus buenos efectos, se vuelve ante nosotros amable y familiar.

Entonces está el alma bien instruida y compuesta cuando mandan los que han de mandar y obedecen los que han de obedecer. Como el Reino bien instruido, si hay buenos consejeros, se manda con justicia y se obedece con humildad. Así el alma, entonces, es virtuosa cuando la razón aconseja lo que es justo.

Virtud es cuando la naturaleza y la razón conforman lo que es justo, la voluntad manda conforme lo que el entendimiento le aconseja, y las potencias inferiores obedecen a la voluntad sin réplica. La virtud es la que hace esta compostura en el alma, alumbra la razón, se esfuerza porque mande la voluntad, y sujeta a que obedezcan las potencias inferiores. Y sin la virtud la república del alma es como el reino de Jeroboan, que no queriendo recibir consejo de los prudentes se perdió. Así sin virtud se deja el consejo de los sabios y se toma el de los necios: mandan los que han de obedecer, obedecen los que han de mandar, y así todo está al revés.

Por tanto, termina diciendo San Agustín, que la virtud es una igualdad y concierto de la vida, en todo y por todo conforme a la razón, la cual como Reina en su solio manda a la república del alma y destierra de ella todo el mal.

No hay, por tanto, virtud en favorecer a los hombres en sus vicios, en sus preocupaciones, en sus falsas ideas, en sus inclinaciones desordenadas. La virtud debe ser amada, porque es útil a la sociedad y a cada uno de sus miembros, siendo útil verdaderamente sólo aquello que produce en todo el tiempo la mayor suma de felicidad.

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