Hablan dos Papas de la Inmaculada Concepción

Ciertamente es ya muy antigua la piedad de los fieles de Cristo para con su santísima Madre la Virgen María; esa piedad de los que creen que el alma de esta Señora en el primer instante de su creación y de su infusión en el cuerpo fue preservada de la mancha del pecado original por una gracia especial y privilegio de Dios, en vista de los méritos de Jesucristo su Hijo y Redentor del género humano, y en este sentido celebran con solemne rito la fiesta de su Concepción.

…Nos, considerando que la santa Iglesia romana celebra solemnemente la fiesta de la Inmaculada siempre Virgen María, y que en su honor compuso un oficio propio y especial, según la piadosa, devota y laudable institución acordada entonces por nuestro predecesor Sixto IV; y queriendo, a ejemplo de los romanos Pontífices predecesores nuestros, fomentar esa laudable piedad y devoción, esa fiesta y culto, tributado con arreglo a ella y que desde la institución de ese culto en la Iglesia romana no ha sufrido variación alguna: queriendo asimismo proteger esa piedad y devoción de honrar y celebrar a la beatísima Virgen como preservada del pecado original por la gracia proveniente del Espíritu Santo, y deseando conservar en la grey de Cristo la unidad el espíritu en el vínculo de la paz, apaciguadas las quejas y contiendas, y removidos los escándalos, a instancia y ruegos de los Obispos con los respectivos Cabildos de sus iglesias, y del rey Felipe y de sus reinos, instancia y ruegos que Nos han sido presentadas, renovamos las constituciones y decretos expedidos por nuestros predecesores los romanos Pontífices, y principalmente por Sixto IV, Paulo V y Gregorio XV, en favor de la doctrina que sostiene que el alma de la bienaventurada Virgen, en su creación e infusión en el cuerpo, fue favorecida con la gracia del Espíritu Santo, y preservada del pecado original, así como también en favor de la fiesta y culto de la Concepción de la misma Virgen maría Madre de Dios, tributado conforme a esa piadosa sentencia, según llevamos dicho: renovamos, decimos, dichas constituciones y decretos y mandamos se observen bajo las penas y censuras que en dichas constituciones se previene.

…Y bajo las penas y censuras contenidas en el índice de los libros prohibidos, prohibimos los libros en que se ponga en duda dicha doctrina, fiesta o culto conforme a ella, o en que contra ella, se escriba o enseñe algo, o en que se contengan locuciones, sermones, tratados y disputas contra esas cosas; prohibimos,d ecimos, esos libros publicados después del decreto de Paulo V o que en adelante se publicaren, y queremos y mandamos que sin necesidad de más declaraciones sean tenidos por expresamente prohibidos.

S.S. Alejandro VII, Constitución “Sollicitudo Omnium Ecclesiarum”. 8 de diciemrbe de 1661.

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Dios, que es inefable, cuyos caminos son la misericordia y la verdad, cuya voluntad es la omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de un extremo a otro con fortaleza y todo lo dispone con suavidad, habiendo previsto desde toda la eternidad la desastrosa ruina de todo el linaje humano a consecuencia de la transgresión de Adan, y decretado en el misterio escondido de los siglos llevar a cabo con un misterio aún más oculto por medio de la Encarnación del Verbo la primera obra de su bondad, para que contra su misericordioso propósito no pereciese el hombre que había sido llevado a la culpa por la astucia de la diabólica iniquiedad, y que lo que en el primer Adan había de caer fuese restaurado con ventajas en el segundo, eligió y preparó desde el principio y antes para su Unigénito Hijo una Madre de la que hecho carne naciese en la venturosa plenitud de los tiempos, y amó a esa Madre tanto como todas las criaturas, que en ella sola tuviese la más grata complacencia. Por eso la colmó de tal abundancia de gracias celestiales sacadas del tesoro de la divinidad, sobre todos los espíritus angélicos, y sobre todos los santos, que ella, libre siempre y enteramente de toda mancha de pecado, y toda hermosa y perfecta, presentase tal plenitud de inocencia y santidad, que después de Dios no puede concebirse mayor, y que fuera de Dios nadie puede alcanzar ni aún con el pensamiento. Y en verdad era muy propio brillase siempre adornada con los esplendores de perfectísima santidad, y que enteramente inmune hasta de la misma culpa original reportase de la antigua serpiente el más completo triunfo tan venerable Madre, a la que Dios dispuso dar su Hijo único, a quien de su corazón engendrado igual a sí ama como a sí mismo, y dispuso dársele de tal manera que naturalmente fuese uno y el mismo común Hijo de Dios Padre y de la Virgen, y a la que el mismo Hijo eligió para hacerla sustancialmente Madre suya, y de la que el Espíritu Santo quiso y así lo ejecutó, que fuese concebido y naciese Aquel de quien el mismo procede.

Y esta original inocencia de la augusta Virgen, íntimamente enlazada con su admirable santidad y con la excelsa dignidad de Madre de Dios, la Iglesia católica, que enseñada siempre por el Espíritu Santo es columna y firmamento de la verdad, jamás ha dejado de proponerla, fomentarla, explicarla y desenvolverla más y más de cada día con muchas razones y con brillantes hechos como poseedora de la doctrina recibida de Dios y comprendida en el depósito de la revelación celestial. Pues esta doctrina, vigente desde la más remota antigüedad, arraigada profundamente en el ánimo de los fieles y propagada admirablemente en todo el orbe católico por la solicitud y cuidado de los sagrados prelados, la manifestó bien claramente la misa Iglesia cuando no vaciló en proponer al público culto y veneración de los fieles la Concepción de la misma virgen como singular, maravillosa y muy diferent4e del principio de todos los demás hombres, y enteramente santa para que se la tributase culto, puesto que la Iglesia solo celebra fiestas de los santos. Y por eso hasta las mismas palabras con que las divinas Escrituras habland de la Sabiduría increada y con las que representan un sempiterno origen, acostumbró usarlas en los oficios elcesiásticos y en la sagrada liturgia y aplicarlas a la formación de aquella Virgen que fue acordada en uno y mismo decreto que la encarnación de la divina Sabiduría.

…La misma Iglesia romana nada procuró con tanto empeño como el afirmar, defender, promover y vindicar de mil modos y maneras y en la forma más elocuente y expresiva la Inmaculada Concepción dela Virgen y su culto y doctrina, como lo declaran y atestiguan clara y terminantemente tantos actos verdaderamente insignes de los romanos Pontífices, antecesores nuestros, a quienes en la persona del Príncipe de los Apóstoles fue divinamente confiado por el mismo Jesucrito Señor nuestro al supremo cuidado y la suprema postestad de apacentar los corderos y las ovejas, de confirmar a los hermanos y de regir y gobernar toda la Iglesia.

Y a la verdad, nuestros predecesores se gloriaron sobremanera de instituir con su autoridad apostólica en la Iglesia romana la fiesta de la Concepción, y aumentarla y adornarla con oficio y misa propios, en que manifiestamente se aseguraba la prerrogativa de la inmunidad de la hereditaria mancha, y promover de todos modos el culto ya instituido, y amplificarle, ya concediendo indulgencias, ya facultando a las ciudades, provincias y reinos para que eligiesen por patrona a la Madre de Dios bajo el título de la Inmaculada Concepción, ya aprobando cofradías, congregaciones y comunidades rleigiosas establecidas en honor de la Concepción Inmaculada, ya tributando elogios a la piedad de los que bajo la advocación de la Concepción Inmaculada erigiesen monasterios, hospitales, altares y templos, o prometisen bajo juramento defender denodadamente la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios.

Además, tuvieron el placer de decretar que la fiesta de la Concepción debía ser recibida por toda la Iglesia en elmismo sentido y número que la fiesta de la Natividad, y que dicha fiesta de la Concepción debía celebrarse con octaba por la Iglesia universal y guardarse por todos como las demás fiestas de precepto, y que todos los años en el día de la concepción de la Virgen se celebrase capilla Papal en nuestra Basílica patriarcal Liberana.

Y anhelando fomentar más y más el día en día en el ánimo de los fieles esta doctrina de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios y excitar la piedad de los mismos fieles a honrar y venerar a la misma Virgen concebida sin pecado original, se ocmplacieron muy mucho en conceder facultad para que en el Letanía lauretana y hasta en el prefacio de la misma se proclamase la Concepción Inmaculada de la Virgen, y así con la forma misma o ley de la oración se estableciese la ley de la creencia. Por lo que a nos toca, y siguiendo als huellas de tan ilustres predecesores nuestros, no sólo hemos recibido y aprobado cuanto ellos establecieron o decretaron con tanta piedad como sabiduría, sino que además teniendo presente la institución de Sixto IV mandamos con nuestra autoridad formar un oficio propio de la Inmaculada Concepción y con el mayor gusto concedimos ampliamente su uso a toda la Iglesia.

…Anímanos la más cierta esperanza y la más completa confianza de que la misma beatísima Virgen, que toda hermosa e Inmaculada deshizo con su planta la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente y trajo la salvación al mundo, y que alabada por los Profetas y Apóstoles, y que es el honor de los Mártires y alegría y corona de todos los Santos, y que, segurísimo refugio de todos los que peligran, y fiel auxiliadora y la más poderosa medianera para con su unigénito Hijo, y conciliadora y el mas bello adorno y ornamento del a Iglesia, y su más firme baluarte, acabó siempre con todas las herejías y libró de todos género de calamidades, aun las más terribles, a todos los pueblos y naciones fieles.

Escuchen estas nuestras palabras todos los hijos de la Iglesia católica a quienes tanto amamos, y cada vez con más amor y religiosidad prosigan honrando, venerando e invocando a la beatísima Virgen María Madre de Dios concebida sin pecado original… A nadie, pues, sea lícito infringir esta página de Nuestra declaración, fallo y definición, u oponrse a ella o contrariarla con temeraria osadía. Si alguno tuviere tal presunción tenga entendido incurre en la indignación de Dios omnipotente y de los bienaventurados san Pedro y san Pablo.

Letras apostólicas de S.S. Pío IX acerca de la Inmaculada Concepción. 6 de diciembre de 1854.

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