Fiesta de la Divina Maternidad de Nuestra Señora

Esta fiesta, observada por la Iglesia Occidental el 11 de octubre, honra a María como Madre de Dios, y tiene la misma relación con la Anunciación y Navidad que tiene la Synaxis de Nuestra Señora en el rito Bizantino. Fue conocida en Portugal y otros lugares por mucho tiempo, pero finalmente se instituyó en 1931, por el Papa Pío XI, en vista del decimoquinto centenario del Concilio de Éfeso.

Al mismo tiempo el Papa ordenó a su propio costo la restauración de los mosaicos marianos de Santa María la Mayor, que habían decaído con el tiempo. Publicó también una carta encíclica, “Lux veritatis”. En ella, entre los objetivos del nuevo festival, nombró una verdad que era particularmente cercana a su corazón: “…que María, que es amada y reverenciada tan cálidamente por los cristianos disidentes de Oriente, no debería sufrir verles alejarse infelizmente de la unidad de la Iglesia, y por tanto de su Hijo, cuyo Vicario en la tierra somos”.

Cuenta la tradición, recogida por el Abate Orsini, que esto sucedió cuando San José aceptó el dulce embarazo de la Santísima Virgen:

“En esta ocasión la Señora celestial estaba llena del Espíritu Santo y además tenía dentro de Ella, como Su Madre, al Verbo Divino, que procede del Padre y el Espíritu santo. San José recibió una iluminación especial y la plenitud de las gracias divinas, y completamente renovado en el fervor espiritual, dijo:

‘Bendita tú eres, Señora, entre todas las mujeres, afortunada y preferida ante todas las naciones y generaciones. Que el Creador del cielo y la tierra sea exaltado con alabanza eterna, ya que desde Su elevado trono real te ha mirado y escogido como Su morada y sólo en ti se han cumplido las antiguas promesas hechas a los Patriarcas y Profetas. Que todas las generaciones Lo bendigan: porque en nadie ha engrandecido Su nombre como lo ha hecho en tu humildad; y a mí, el más insignificante de los vivientes, Él en su divina condescendencia me ha seleccionado como Su siervo’“.

En estas palabras de alabanza y bendición San José fue iluminado por el Espíritu Santo, de la misma forma que Santa Isabel, cuando respondió a la salutación de Nuestra Reina y Señora. La luz e inspiración, recibida por el santísimo esposo, fue maravillosamente adaptada a su dignidad y oficio. La celestial señora, escuchando las palabras de este hombre santo, respondió en las palabras del Magnificat, como había hecho en su visita a Santa Isabel, y añadió otros cánticos. Estaba encendida en éxtasis, y fue elevada de la tierra en un globo de luz, que la rodeó y transfiguró con los dones de la gloria.

En esa visión celestial San José se llenó de admiración e indecible deleite, porque nunca había visto a su bendita esposa en tal eminencia de gloria y perfección. Ahora la contemplaba con un entendimiento completo y claro, donde toda la integridad y pureza de la Princesa del Cielo y el misterio de su dignidad se manifestaron a él. Vio y reconoció en su vientre virginal la humanidad del Dios infante, y la unión de las dos naturalezas del Verbo. Con profunda humildad y reverencia él Lo adoró y reconoció como su Redentor, ofreciéndose a Su majestad. El Señor lo vio con benevolencia y con el afecto que no ha tenido por otro hombre, porque Lo aceptó como Su padre adoptivo, y le confirió ese título. De acuerdo con esta dignidad, Le regaló la plenitud de la ciencia y dones celestiales que la piedad cristiana puede y debe reconocer.

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