Fariseos, Saduceos y Esenios

Los tiempos previos a la venida del Divino Redentor presentaban divisiones en el seno del pueblo escogido. Ya desde los tiempos de los Macabeos y las lamentaciones sobre el uso del Templo santo por parte de profanadores ocultos, los hebreos habían tomado partidos opuestos respecto a la relación entre el Estado y la religión, como los fariseos y saduceos, o bien respecto a asuntos morales, como los esenios.

El paso de los años y de los hechos históricos profundizó las grietas en la sociedad judía. La supresión de la nacionalidad judía por la dominación de griegos y romanos opuso a los fariseos, que resistían con todos los medios a su alcance el sometimiento a los poderes extranjeros, con los saduceos, más dispuestos a llegar a acuerdos con los dominadores o bien con los esenios, más preocupados de los asuntos espirituales y menos con los problemas de la tierra.

Examinemos un poco más de cerca estas facciones que recibieron al Señor.

Fariseos: rigor formalista y doctrina de la kabbalah

Por un lado tenemos al sector legitimista, formal, seguidor de las tradiciones judaicas: los Fariseos. Sin embargo su apego a las leyes les había llevado a atenerse a las formas, a las letras, sin comprender los sentidos y esencias de las cosas. Los problemas se reducían a lo legal o a lo tradicional en un sentido rigorista.

Es importante remarcar que para éstos la religión no se componía sólo de la Escritura sino, también, de la Tradición. Los comentarios y explicaciones orales y permanentes que desarrollaban y explicaban las Escrituras.

Se enorgullecían de los doctores expertos en la Ley sagrada y gozaban con las especulaciones que formaban una tradición oral paralela (kabbalah) meramente alegórica y de vertiente gnóstica, que se quería imponer como comentarios para iniciados sobre las significaciones ocultas de las Sagradas Escrituras.

Con el tiempo mezclaron lo exterior (leyes y tradiciones) con lo oculto (kabbalah) para hacer de la Tradición una simple alegoría del “verdadero conocimiento” (gnosis) y así surgieron sus ritos y enseñanzas heréticas y nocivas que dieron pie a ritos y ceremonias introducidas poco a poco en las de la verdadera fe de sus padres.

Con su rigor que hacía de lo literal un culto, sofocaron con los formalismos la fe y con sus ceremonias vacías de vida interior y de su sentido verdadero, formaban la esencia de la religión.

Su odio determinado, tenaz, decisivo, se alimentaba de su falso celo por las obras exteriores, que cumplían con rigurosidad, multiplicando ritos y leyes, cubriendo con su celo y escrupulosidad la perversidad de sus corazones, como les denunció Nuestro Señor, repudiando su hipocresía, orgullo y santidad sólo aparente.

Orgullosos por su elevado conocimiento y su educación minuciosa, temerosos de confundirse con el populacho inculto, se cubrían con formalidades que les daban una apariencia santa y austera, elevándose por sobre los demás. De ahí su nombre, que según Josefo querría significar separados del pueblo, piadosos, escogidos[i].

Eran, por sus condiciones, los directores espirituales del pueblo judío, pero también sus dirigentes políticos. Se investían de los grados supremos de la religión pero ansiaban pasar también por los patricios hebreos y para ello no ahorraban esfuerzos ni pactos con tal de garantizar su dominación sobre las gentes.

Pero no sería justo englobar a todos los fariseos en esta perversidad. Muchos eran personas que por repudiar el “progresismo” corruptor de los saduceos, se refugiaban en las verdaderas notas de la religión, pues defendían la doctrina de la libertad humana y de la inmortalidad del alma tanto como la santidad de las Escrituras divinamente reveladas. En esto se elevaban legítimamente por sobre los saduceos.

En esta visión muchos de ellos, decíamos,  obraban con tanta rectitud como les mandaban su conciencia y convicciones. No todos estaban contaminados por la kabbalah. Entre los buenos conocemos a Nicodemo, Gamaliel y a otros[ii], y a las escuelas de Hillel y de Schamai.

Los Saduceos, el modernismo de la época

Por su parte los Saduceos se identificaban con el progresismo religioso, pero sin esperar el cumplimiento de las Escrituras. Procuraban producirlo ellos mismos o bien adoptando prácticas, costumbres y creencias extrañas a la fe o incluso prohibidas. Estaban afectados por una falsa libertad de opinión nacida de la desesperación que producía la ortodoxia malentendida y estéril de los fariseos. Esta oposición a la ortodoxia también escondía su rebelión a la santidad que mandaban las santas Escrituras.

Estos antiguos herejes sostenían la necesidad de seguir a los “primitivos hebreos” de la época de Moisés, y rechazaban tanto la Tradición como las ceremonias y santos ritos.

Sostenían la libertad de pensar, de interpretar y se envanecían por el “espíritu crítico” con que tomaban la religión de sus padres. Como los modernos progresistas, no poseían un gran conocimiento de las cosas santas ni una gran capacidad para la verdad.

En sus opiniones religiosas acusaban por entonces el indiferentismo y una preocupación por las cosas materiales y bienestar meramente humano, cerrándoles a las cuestiones de naturaleza superior y espiritual del hombre. No creían realmente en la inmortalidad del alma, ni en las penas o recompensas del más allá, ni en la resurrección de los cuerpos y al parecer negaban incluso la existencia de los santos Ángeles y de los espíritus y aun nominalmente de Satanás[iii].

El apego del pueblo de por entonces a las tradiciones y las santas Escrituras hacía poco deseable la postura saducea, haciéndoles poco numerosos o populares.

El pueblo de Israel no había corrompido sus costumbres al grado de tomar partido por esta gente para encubrir sus vicios y crímenes con doctrinas tan horrendas.

Los esenios, médicos de cuerpo y de alma

Frente a ambos extremos los Esenios se refugiaban en el recogimiento interior, en el misticismo y la vida contemplativa. No aceptaban los errores de las falsas religiones ni caían en el rigor literalista de los fariseos.

La profunda necesidad religiosa frente a la apostasía de fariseos y saduceos les llevó a apartarse de la sociedad, huyendo hacia el refugio que les brindaba la soledad. Los esenios se recogieron en las orillas occidentales del mar muerto, y llevaban una vida ascética, solitaria, procurando vivir según su máxima central., esto es, de sustraerse de las influencias de los sentidos y así liberarse de los dictámenes del cuerpo sobre el alma.

Como prefiguras de los Padres del Desierto, tomaron una vida severa, con abstinencia y primacía de las buenas obras. Al ingresar prestaban un juramento y era esta vez la única en que juraban, ingresando a una vida que miraba hacia ser buenos y verdaderos amigos.

Su vida cotidiana era despreciada tanto por fariseos como por saduceos. Se ocupaban de la labranza, de cuidar rebaños y de muchos otros oficios manuales. Se les reconocía por su erudición y buena práctica de la medicina y de allí proviene su nombre, esto es, médicos del cuerpo y del alma.

Pero lo que procuraba el sustento del cuerpo era tan sólo un medio que facilitaba la vida del alma, pues dedicaban gran parte del día a estudiar y orar. Sus conocimientos asombrosos sobre la salud del cuerpo y del alma, su doctrina de corte teosófico y su don de profecía les asemejaba a los Terapeutas de Egipto”. Josefo les llama Practicoi más que esenios, pues llevaban una vida tanto activa como contemplativa.

Otros, como Filon, les representan como modelos de sabiduría práctica, de abominación de todo sacrificio cruento y de adoración a Dios en espíritu. Pero como equlibra Josefo, esta abominación por el sacrificio no significaba un rechazo al mismo, sino más bien un concepto de santidad del rito que les llevó a celebrarlo de un modo sacro y espiritual.

Observaban en descanso sabatino y vivían como en una comunidad religiosa con bienes de uso común, siguiendo los ritos con atención al espíritu y forma, absteniéndose de las cosas impuras, practicando lustraciones y conservando los cuatro grados de jerarquía. Contenían en su secta lo místico y lo legal, lo contemplativo y lo material,

Sin embargo, por muchas virtudes que poseyesen en su seno, fueron incapaces de abrazar en conjunto el esplendor de las promesas judaicas encarnadas en el Cristianismo, pues les faltaba la esencia misma de éste. Muchos, se cree, lo abrazaron como perfección de los tiempos y aún vemos sus influencias en las comunidades monacales y primeros monasterios cristianos.

Nuestro Señor Jesucristo: piedra de escándalo

Los fariseos no podían comprender ni tolerar la dulce presencia del Señor. Sus Divinas Palabras, Su prédica y santo ejemplo, su amor y misión redentora, la adoración en espíritu y verdad, se oponían como el sol a la oscuridad. Los fariseos se opusieron al Señor tan pronto como le conocieron. Le persiguieron y procuraron su ruina tan temprano como les fue posible.

Pero si los fariseos no podían influir en el pueblo hebreo pues eran devotos en apariencia y ahogaban el sentido interior atrapándole en el rigor exagerado de las formas externas y una piedad mezquina, los saduceos tampoco podían inspirar ni respeto ni piedad entre los judíos con su indiferentismo y espíritu de duda. Menos aún los esenios, retirados y aislados de la vida cotidiana.

Sólo Nuestro Señor Jesucristo une en Si, de forma suprema y adorable, las perfecciones de las promesas de las Santas Escrituras y por la santidad de sus palabras y obras, el divino ejemplo y el cumplimiento de las profecías, encarna en Él la plenitud de los tiempos. Ésta comprensión provoca ya el odio de los fariseos, el rencor de los saduceos y la simpatía de los esenios. Se determinaba en las divisiones de los espíritus el curso de la historia de la Salvación y el nacimiento de una nueva era.


[i] Josefo, Ant. XVII, 2-4, Epiphan. Haeres. 16, c.1, in fine.

[ii]  Joh, III, 1-20; Act. V, 37.

[iii] Mat. XXII, 23; Marc. XII, 18; Luc. X, 47; Act. XXIII, 8; Josefo. Ant. XVIII, 1-4.

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