Falsas esperanzas

¿Podemos tener esperanza en el futuro? La mirada del rumbo de un mundo que sucumbe a su propia decadencia hace de la pregunta un asunto ocioso.

Para unos, hay que aferrarse a pronósticos “rosa” donde la tecnología remediará todos los males derivados del pecado original. Tal promesa del mundo ofrece al vicio eliminar sus consecuencias, como una píldora adelgazante para la gula, abortivos y otros para la lujuria, vehículos seguros para quien maneja bajo efectos del alcohol, redefinir el matrimonio para los infieles o pervertidos, relativizar la verdad para los mentirosos, espacios saludables para los delincuentes, una economía que garantice el bienestar sin excluir y con un mínimo esfuerzo, medicina que proyecta una vida joven y casi eterna, etc. Los católicos que siguen tales doctrinas suelen asperger “agua bendita” mundana, dándole un giro social. Esto es, “lo único que haría falta”, sostienen, “sería que los beneficios alcance para todas y todos”.

Para otros, no tiene sentido esperar algo de la vida terrena. En tal suerte de neo-calvinismo, todo lo humano y material es despreciable y objeto de sospechas. “Si hemos de morir”, sostienen, “¿qué sentido tiene preocuparnos de los asuntos materiales? Sólo el alma importa”. Son los nuevos cátaros de la postmodernidad.

¿Un “Evangelio de la Esperanza”?

En un giro sorprendente, los propagandistas de la revolución infiltrada en la Santa Iglesia, proponen una suerte de “evangelio de la esperanza”. Promesa demoníaca y mentirosa, que toma las palabras y les confunde de sentido, haciendo de la virtud teologal de la Esperanza un sinónimo de espíritu progresista y mundano. Esta “esperanza” presuntamente evangélica no es sino un socialismo camuflado que repudia las verdades más fundamentales de los Santos Evangelios y de toda la doctrina cristiana.

Si tomamos cualquier proclama de las izquierdas y mudamos algún término aquí o suprimimos alguna consecuencia muy explícita allá, tendremos el discurso de la herejía progresista entre nosotros. “Tierra, Techo y Trabajo”, sería un lema apropiado tanto para grupos terroristas como para estos herejes.

Tal fuerza tiene entre nuestros contemporáneos este error que nos fuerza a hacer una aclaración que sería innecesaria en tiempos de salud de la fe: no podemos negar la necesidad de tierra, techo y trabajo para el hombre. Por el contrario, en labios de otros sonaría la proclama más capitalista y liberal de todos los tiempos. Sería una afirmación categórica del respeto a la propiedad privada y libre iniciativa, del resguardo del emprendimiento personal y sus derechos, etc. Pero sabemos muy bien hacia donde apuntan sus cañones. Y van en sentido contrario.

Esperanza y esperanzas

Temiendo exasperar a los lectores, aun así vemos preciso hacer una distinción a los cristianos adormecidos por el canto de sirenas modernista.

Esperanza podemos tener todo en que los resultados y futuro sean favorables a nuestros deseos y trabajos. Es algo bueno y loable en sí mismo y para ello la virtud de la prudencia nos auxilia. Esto es, podemos tener legítimas esperanzas en algo si disponemos de todo lo necesario para ello y perseveramos en su logro.

La esperanza cristiana es una virtud teologal que tiene por fin la vida sobrenatural. Va siempre junto con la fe y el amor de Dios sobre todas las cosas. Y es indisoluble con las virtudes naturales o cardinales como la prudencia antedicha, la justicia – dar a cada quien lo que legítimamente le corresponde -, la templanza y la fortaleza.

La esperanza cristiana es una virtud infusa, esto es, un hábito que recibimos por don del Espíritu Santo. Por consecuencia, es específica de la moral cristiana y es preciso recibir los sacramentos de la Santa Iglesia y guardarlos fielmente. Tal esperanza nos capacita para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna y los medios, tanto sobrenaturales como naturales, necesarios para llegar a ella… con ayuda de Dios.

¿Hablan de esta esperanza los modernistas propagandistas de una esperanza de corte socialista? Indudablemente no. Sus ojos de carne, su orgullo y sensualidad, su igualitarismo y comunitarismo no hablan de predicar los esfuerzos y certeza para conseguir la vida eterna. Por el contrario, hiede el aroma de un nuevo modelo de “paraíso de los trabajadores”, de una suerte de nuevo proletariado como el que prometían los autores de los crímenes masivos más extensos de la historia.

Esta esperanza cristiana tiene ese fin sobrenatural como la progresista tiene en el natural.

Como la esperanza pagana, la modernista es puramente naturalista. Pero infectada con la revolución anticristiana. O, mejor dicho aún, es la revolución quien infecta a la esperanza para seducir y dar muerte a los últimos vestigios de cristiandad.

Luces y sombras ante una tormenta que se avecina

Si todo lo anterior no fuese suficiente como infamia y error, desde el punto de vista meramente humano supone o bien mala voluntad al no reconocer los signos inequívocos de caos o bien una ingenuidad irresponsable.

En una situación como la actual, donde un tercio del planeta sufre las consecuencias directas de las izquierdas, con su carga de pobreza, miseria y totalitarismo, y otro hierve bajo un Islam igualmente socialista y anticonsumista, terrorista, anticristiano y antioccidental y bárbaro, en circunstancias globales ecológicas y sanitarias que son un horror, cuando la economía colapsa a un ritmo incontrolable, cuando la corrupción y abusos de poder han desacreditado a cualquier autoridad, cuando las religiones y su fuerza moral se encuentran en franco retroceso, cuando la natalidad en los países libres desciende a límites irreversibles, cuando las izquierdas controlan las calles y la cultura incitando a una rebelión permanente hasta que toman el control y proscriben cualquier defensa contra sus injusticias, cuando la prostitución, drogas, mafias y esclavitud surgen como verdaderas pandemias, cuando los índices educacionales nos alertan sobre el dramático descenso de las capacidades intelectuales de las nuevas generaciones en una proyección desalentadora, cuando las nuevas tecnologías y formas culturales introducen un tipo humano voluble, egoísta, hedonista, relativista e inmediatista, entre otros signos alarmantes, ¿podemos tener esperanzas humanas sin caer en estupidez o mal corazón?

El católico no se desentiende de lo material. Por el contrario, como expresa el lema de San Pio X, nuestro ideal es instaurar todo en Cristo. Y eso implica elevar una civilización, costumbres, arquitectura, leyes, artes, relaciones sociales, formas y fondos tan impregnados de catolicidad que ningún campo quede sin ser iluminado por la fe y todo nos presente una antesala del Cielo.

Estas herejías y errores que señalamos merecen una contestación firme y serena, documentada y objetiva. Y tal respuesta prepararemos presentando una visión global de la crisis postmoderna y sus proyecciones naturales si Dios y Su Gracia no interviniesen en el presente curso de la historia.

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