¿Existen los Ángeles?

Ciertamente, los católicos creemos en la existencia de los ángeles. No sólo porque las Sagradas Escrituras los mencionan en muchas ocasiones, sino porque además su presencia es lógica dentro de la jerarquía que es la Creación. Podemos notar tal jerarquía en las mayores capacidades y virtudes de cada estrato de seres vivos, ya superiores en sí mismos al mundo inerte. Empezamos por abajo con las plantas, que sencillamente están vivas. Luego continuamos nuestro recorrido con los animales, que poseen además la capacidad de movilizarse, de sentir y de seguir su instinto. Después viene el ser humano, que añade a las capacidades animales las propias del alma, como son el pensamiento, la creatividad, los sentimientos elevados, la habilidad de perfeccionarse, etc. ¿Y que otro nivel de mayor altura puede encontrarse en los seres creados? Los ángeles, que ya prescinden del aspecto material de nuestra existencia, para pasar a ser todo espíritu, luz, amor (y por tanto servicio rendido y absoluto hacia Dios) en su grado más puro.

Y también entre ellos encontramos una jerarquía, que los eleva desde ángeles de la guarda, ocupados de socorrer en todo a los hombres para su bien, hasta altísimos serafines, dedicados a alabar continuamente a Dios de las formas más sublimes.

Dice San Bernardo que para cumplir los deberes que se nos han impuesto respecto de nuestro Ángel custodio, es preciso rendirle un triple homenaje: el del respeto, el de la devoción y el de la confianza. Le debemos respeto por su presencia, la devoción por su caridad, y la confianza por su vigilancia. “Penetrados de respeto, id siempre con circunspección, recordando sin cesar que estáis en presencia de los Ángeles encargados de guiaros por todas vuestras sendas; y en cualquier lugar que esteis, por secreto que sea, respetad a vuestro Angel custodio. ¿Os atreveríais a hacer delante de él lo que no quisiérais hacer en mi presencia?” (San Bernardo. Serm. XII, in Psalm. XC).

Cada vez es más notoria la pérdida de consciencia de la presencia angélica, que ya no se enseña, ni se respeta, ni se venera. Por el destierro que estos seres de luz han sufrido en la doctrina católica moderna, ocurre igualmente un absoluto desdeño de las presencias infernales, y por tanto tampoco se practican ni los ejercicios de virtud, ni los exorcismos, ni las bendiciones, ni nada de lo que atrae a los primeros y aleja a los últimos.

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