Excelencia del canto

No hay duda de que el canto es un lenguaje peculiar y digno del hombre; idioma especial que le conviene. Él toma las vueltas, altos, bajos y expresiones de la pasión, afectos y sentimientos de quien canta. Sigue perfectamente el carácter que le inspira, pero respeta siempre el mayor de los derechos del hombre, que es el de pensar y dar a entender qué afectos le animan y qué pasiones siente.

El tono que sale de un instrumento inanimado puede divertir, embelesar por algunos instantes al oído, pero tono que forma la voz humana no puede jamás estar desamparado de sentido y significación. El canto produce dos ventajas del mayor interés, capaces una y otra de ponernos a la vista el mérito de la voz humana: la primera es el poder hablar con Dios, y la segunda el añadir a la dulzura del canto la utilidad de la significación.

Los misioneros más experimentados han asegurado la eficacia de los cánticos espirituales para inclinar a las gentes a la virtud. Es muy grande el poder que tiene el canto sobre el corazón humano, tanto para bien como para mal. Si el canto es bueno y piadoso, dá felicísimos resultados; pero si es inmoral, son fatales sus consecuencias.

¿Qué remedio hay para ese gran mal? A nuestro modo de ver, el más radical y eficaz es el que indica un piadoso autor antiguo con las siguientes palabras:

“La Iglesia quiere que sus hijos, recogidos en el templo del Señor, explayemos nuestro corazón sin disiparlo, y remontemos nuestro espíritu a las alturas con los sonidos graves y adecuados, que nada participen del tono muelle y bullicioso de los cantares profanos. Pero, ¿qué es, por lo regular, lo que escuchaos en nuestras funciones de Iglesia? Lo que el día antes había entretenido a muchos en el teatro; lo que recuerda un lance sangriento o una escena voluptuosa; lo que graba en la imaginación el recuerdo de las ternuras lascivas que inspiran los ecos de una canción amorosa.

En vano se ha declarado contra este pernicioso mal; en vano los hombres verdaderamente piadosos lo deploran; el abuso ha penetrado hasta en las gentes de devoción, y la depravación del gusto llega al extremo de que se mire como ornato durante una Novena, u otra solemnidad, el conducir al templo un piano para que vayan los “devotos músicos” a edificar a los concurrentes con un trozo de la “Norma” o “Parisina de Romeo”, teniéndose por cosa de poca ostentación que suene el órgano, este instrumento maravilloso, que se ha apropiado el catolicismo como la expresión peculiar de las melodías de su culto.

Semejante estado de cosas pide radical reforma, y nos parece que las medidas más eficaces para alcanzarlas son las que contribuyen a formar el gusto por la música sagrada, porque una vez conseguido este objeto, el cambio se opera por sí mismo, sin violencia ni trabajo.

En nuestro juicio, la generalización del uso del órgano es un excelente medio de que puede echarse mano para aficionar a la música sagrada. El hombre, a más de ser propenso a mezclar en todo aquello con que está familiarizado, es instintivamente insidioso; y no quiere tomarse el trabajo de emprender nuevos estudios cuando puede aprovecharse de los que ya tiene hechos.

Mientras se use de la orquesta en las funciones religiosas, los músicos serán los del teatro; y por más que se diga, su música debe resentirse de la influencia teatral. Hasta en las nuevas composiciones que emprendan dominará el gusto profano, porque aun cuando quieran evitarlo, los que no oyen ni leen más música que la profana, sólo de ella pueden recibir sus inspiraciones.

La sustitución del órgano a la orquesta trae entre otras la importante ventaja de que no siendo aquel instrumento apropiado más que al templo, los que deben tocarlo no tienen cabida en los salones o en los teatros, y por lo mismo no se ven precisados a beber en fuentes enturbiadas por el espíritu mundanal, las melodías con que han de armonizar los himnos y canciones dirigidos al Altísimo. El organista, como no está familiarizado con la música teatral, carece de la propensión a profanizar sus toques que se nota en los músicos de teatro. Su genio está exento de predilecciones extrañas, y puede muy bien amoldarse al gusto peculiar de la música sagrada. Se halla también libre de las tentaciones del interés, porqu4e como sólo se ocupa de los templos, ninguna conveniencia le resulta de llevar a ellos trabajos de fuera, si tiene ninguno de qué aprovecharse”.

(Por San Antonio María Claret. Arte del canto eclesiástico. Cap. I: Excelencia del Canto)

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