Examen de conciencia

Es la comparación de nuestras acciones con todas las obligaciones que tenemos para con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo, deduciendo de allí los defectos y faltas de que está manchada nuestra alma. Los Santos Padres han mirado el examen de la conciencia como el medio principal y más poderoso para entrar en las vías de la virtud y adquirir el importante conocimiento de nosotros mismos. No nos enmendamos, dicen, porque no nos conocemos, y no nos conocemos porque no nos examinamos.

San Ignacio de Loyola dio tanta importancia al examen de conciencia que llegaría a decir que lo prefería a la oración, porque si en ésta concebimos deseos buenos, en aquél los ponemos en ejecución. Este ejercicio santo y saludable tiene tres puntos: 1º, pedir a Dios ferviente y constantemente que se digne iluminar los senos de nuestra conciencia con la divina luz de Su gracia. 2º, formar inventario y tomarse rigurosa cuenta de sus culpas e infidelidades. 3º, concebir un íntimo y sincero dolor de ellas, y proponer decididamente la enmienda, y si se encuentra alguna acción laudable en su conciencia, humillarse ante el divino acatamiento, atribuyendo a Dios toda su gloria.

Para prepararse a esta preciosa investigación es muy conveniente aquella expresión del Santo Job: “Dime, Señor, cuántas iniquidades y pecados tengo: mis maldades y delitos muéstramelos”. El examen de conciencia, como preparación previa de la confesión sacramental, no es otra cosa que la averiguación del número, clase y circunstancias notables de los pecados de que el penitente dará cuenta al ministro de Jesucristo para que pueda juzgar con acierto y exactitud y sentenciar con justicia.

El pecado oscurece el entendimiento e imprime endurecimiento en el corazón: es pues indispensable que al registro de nuestra conciencia preceda la observancia de los tres puntos indicados, implorando la intercesión de María Santísima y la de los Santos de su especial devoción, practicando a la vez algunas obras de piedad y de caridad.

Preparado así el penitente, entrará en el examen de su conciencia, recorriendo los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, y los deberes de su estado, tomando acta de lo que hubiere faltado en cada uno de estos preceptos y deberes, a efecto de poderse explicar con orden y claridad. Descubierto algún pecado mortal pasará a preguntarse las veces que lo cometió y las circunstancias notables que lo acompañaron, y así procederá sucesivamente.

Para hacer bien el examen es preciso desembarazarse de cuidados y negocios, consagrándose algún tiempo al retiro, con tanta más necesidad cuanto haya pasado más tiempo sin haber acudido al tribunal de la penitencia, y sean mayores y más graves las complicaciones de los asuntos en que ha entendido y por la razón de haber vivido sin atender sus obligaciones cristianas y enajenado de los sentimientos de la fe.

El Concilio de Trento dice que el examen ha de ser diligente, los teólogos convienen en que debe hacerse con el interés que los hombres aplican a los negocios de gran importancia, y los moralistas establecen la regla de ocho días de examen para las confesiones de un año en personas de mediana conciencia y negocios, empleando una hora cada día.

No existe precepto que prescriba la confesión por escrito, pero es notoriamente conducente cuando es larga y complicada. No hay tampoco obligación de examinarse de los pecados veniales, si bien es laudable y ventajoso el confesarlos, concibiendo de ellos sincero dolor y propósito firme de no reiterar su perpetración.

Terminando el examen con las condiciones señaladas, el penitente debe humillarse profundamente a la vista de sus iniquidades, y dolerse con un corazón contrito, y sinceramente arrepentido.

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