Establecimiento de la Clausura

Desde los primeros tiempos de la Iglesia que empezaron muchas vírgenes a consagrarse a Dios, y comenzaron también los Santos Padres entre los consejos admirables que les daban para conservar su castidad, a exhortarlas a abandonar la comunicación con el mundo, porque esa rigurosa separación pedía la santidad de la vida que profesaban.

En el siglo cuarto, en que se formaron Monasterios para estas vírgenes, se les empezó a ordenar que no saliesen fuera de su claustro sin que hubiese una necesidad mayor, y sin expresa licencia de su Superior. San Basilio, entre los preceptos que puso a sus Religiosos, y en especial a las mujeres, dijo: “A ninguno le sea lícito salir del Monasterio, sino en aquellos tiempos en que la necesidad lo pida”.

En el Monasterio de la Tebaida, en el que vivía Santa Eufrasia en el siglo cuarto, ninguna de aquellas vírgenes tenía facultad para llegar a la puerta, pues había una Portera que recibía y daba los recados a las demás Religiosas.

En el Concilio Cartaginense III, se encargó a los Obispos que pusiesen toda su atención en encomendar a las vírgenes sagradas a las mujeres más juiciosas, para que tuviesen en custodia en los Monasterios a las que vivían en Comunidad, pues de otra forma ofendían el honor y santidad de la Iglesia.

Según la Regla de San Cesareo en el siglo V la mujer que, renunciando al mundo y a sus propios padres, entrase en el terreno sagrado del Monasterio, no podía salir de allí en toda su vida.

En el Oriente en el siglo siete el Concilio Constantinopolitano III estableció que las mujeres que estaban en los Monasterios no saliesen de ellos jamás, a menos que hubiese una gravísima causa que las obligase a esto, pero que entonces lo habían de hacer con la bendición de la Madre Superiora, y no solas, sino con algunas ancianas, y que fuesen de las primeras del monasterio.

Al siglo siguiente el Concilio Niceno II mandó que se observasen las Constituciones de San Basilio, que determinan que en un mismo Monasterio no pueden habitar juntos monjes y monjas, y si sucediese – añade el Concilio – que un monje quiere ver a una parienta suya, podría hablarle en presencia de otra religiosa, y por un breve tiempo.

En España, el Concilio Sevillano II estableció en cuanto a los monjes que separados de la familiaridad de las vírgenes que habitaban los Monasterios, ni aún tuvieran permiso para acercarse a la puerta, ni el mismo Abad que las presida podría hablar familiarmente con ellas, sino con la Abadesa y en presencia de dos o tres religiosas.

Como sin embargo no había todavía una Regla general para la clausura perpetua de las monjas, sino que las costumbres variaban según el monasterio, Bonifacio VIII, que vivió a finales del siglo XIII y principios del XIV fue quien puso una Constitución general, que es el famoso Canon Periculoso, por la que, ocurriendo los gravísimos daños que sentía la Iglesia con la relajación de algunas monjas, mandó que las religiosas estuviesen encerradas en sus monasterios. Desde entonces no pudieron salir por ningún pretexto ni causa, a excepción de alguna enfermedad gravísima que les impidiera permanecer con las demás sin grave peligro.

El Concilio de Trento (ses. 25, cap. 5) renovó también esta Constitución, limitándola al caso de que hubiese alguna legítima causa que aprobase el Ordinario. Los Pontíficos San Pío V y Greghorio XIII aprobaron estos decretos hacia las monjas obligadas a la clausura, y por ninguna razón o pretexto les concede licencia para salir afuera.

La clausura de las monjas también comprende la prohibición de que ninguna persona extraña entre en sus monasterios. El mismo Bonifacio VIII prohibió la entrada a todo género de personas, “a no ser que exista alguna razonable y manifiesta causa, y con especial licencia de aquel a quien pertenezca darla”.

El Concilio de Trento también aprobó esta Constitución, prohibiendo que ninguna persona de cualquier sexo y edad que sea, bajo pena de excomunión, pudiera entrar en los monasterios de Monjas de clausura, sin licencia escrita del Obispo y del Superior, lo que no darían éstos sino en los casos necesarios. Gregorio XIII también confirmó las anteriores Constituciones. Y la Sagrada Congregación declaró que los casos necesarios en que es lícito a los Obispos permitir el ingreso en los monasterios a personas seculares, se entiende no respecto del que entra, sino del monasterio en que se pretende la entrada.

El Concilio Cameracense del año 1586 declaró en gran parte todas las Constituciones Conciliares y Pontificias anteriores, estableciendo que ni los mismos Obispos ni sus Vicarios u otros Superiores de las monjas puedan entrar en sus monasterios sino por razón de visita o por otra causa necesaria. Ni sus Prefectos, Capellanes u otros sacerdotes se atrevieran por pretexto alguno, aún el de celebrar Misa o predicar, a introducirse en aquella parte de la Iglesia en donde cantan las monjas.

Del mismo modo estableció que a ninguno le fuese franqueada la entrada por las monjas, sino que hablasen por las rejas cuando lo pidiera la necesidad, exceptuando a las personas necesarias como son el Confesor, el médico cirujano y otros absolutamente necesarios, que entrarían en caso forzoso acompañados por dos monjas de las más antiguas.

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