Esos ojos divinos

La dulce mirada de Cristo convirtió a Pedro y le hizo pescador de almas. Esa mirada de santidad infinita reprocha la maldad del pecado e ilumina los pasos de la virtud, consuela a los que sufren y da fuerzas a los santos. Aquella mirada de perfecciones insoldables tocó el corazón de Pilatos, del Cireneo y convirtió a la Magdalena. Desde la altura de la Cruz atravesó el corazón del centurión y le hizo santo, y llevó a los Cielos al buen ladrón.

Esa mirada, que rogaba por la conversión de los malos no encontró siempre la fidelidad a la gracia: el Sanedrín buscó su muerte, Herodes le persiguió hasta matarlo, quienes recibieron gracias, dones y presenciaron milagros le negaron y gritaron pidiendo la crucifixión. El mismo Judas, llamado y amado por Cristo, dio las espaldas a esa mirada del Cielo y le traicionó.

En la Cumbre de la Historia, la lucha entre el bien y el mal se dio ante la Presencia Divina y en torno a ella. Desde entonces se repite cada día, hora y minuto, con cada latido de nuestro corazón, amándole y siguiendo Sus pasos o dando vueltas las espaldas, traicionándole y abandonándonos en el abismo del pecado.

Hoy mismo se repite en todos los hombres y con mayor gravedad entre los cristianos. Junto al Salvador, Su Madre Santísima nos mira, con ojos bañados en lágrimas dolidas, pidiendo nuestra conversión, clamando por que sigamos Sus pasos y gocemos la gloria eterna.

¿Cuántas veces nos regala el Cordero Divino no una cruz sino apenas una pequeña astilla del madero de la Salvación y protestamos, enfurecemos y nos rebelamos por esa pequeña contradicción, ese dolor que recibimos con insolencia, esa prueba de amor que escupimos maldiciéndola? Quiere el Cielo que cumplamos aquello de “christianus alter Christus”, que el cristiano es otro Cristo en palabras de San Cipriano. Y como Cristo, estamos para bendecir a los Cielos, hacer el bien, iluminar a los hombres, corregir el error, rechazar el pecado y unirnos a la Pasión. Y nosotros, ¿somos para los hombres otro Cristo? ¿Pueden decir paganos y pecadores “¡qué bueno debe ser Dios que tiene hijos como éstos!?”

En tiempos donde el sacrificio y el dolor son repudiados y se presentan fórmulas simples y rápidas o calmantes emocionales y corporales, es locura aceptar con alegría y amor el sufrimiento. Deseamos con tanta inmediatez como nos sea posible el remedio para nuestras preocupaciones, y despreciamos los dones dolorosos del Cielo, no anhelamos amar lo que Él amó y sufrir como Él sufrió, llevando de buena gana la Cruz.

Ella, Madre Santísima y perfección de toda perfección, nos mira con esos ojos que contemplaron la muerte de Su propio Hijo y observa nuestros movimientos interiores y los pasos sobre la tierra, cuando aún tenemos tiempo para obrar antes de la muerte. ¿Nos ve unidos a Él o rechazándole? ¿Nos ve alegres por unirnos a Él o nos ve repugnar o cuando menos murmurar – maldicientes – la porción de dolores que Él nos pide compartir en Su Pasión?

Elevando nuestra mirada hasta encontrarnos con los ojos divinos del Salvador, con los inmaculados de la Virgen María, vienen a nosotros las palabras del gran San Francisco de Sales: “Recordemos que nuestros sufrimientos no son comparables a los Suyos, ni en cantidad ni en cualidad”.

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