El último gran banquete

Hace un siglo el mundo civilizado agonizaba entre los humos cruentos de lo que se conocía como la Gran Guerra. Los gemidos de los heridos, el duelo de las familias y las naciones por sus héroes caídos, la devastación de los pueblos y el clima general que presagiaba – aunque se lo negase a sí mismo – el fantasma de una segunda gran guerra. La Iglesia aún resplandecía, como un cisne en agonía, trasluciendo los destellos de una cultura cristiana.

Era el 30 de diciembre de 1916. Hacía menos de dos años – el 28 de julio de 1914 – había estallado la guerra y faltaban aún dos años de sufrimiento – 11 de noviembre de 1918 – para que terminase el enfrentamiento. La Basílica del santo rey Esteban de Hungría, en Budapest, esperaba engalanada la coronación de su monarca. Desde todos los rincones de Europa acudían los más ilustres invitados. El reflejo de un mundo superior, marcado por el cristianismo, se convocaba en torno a la memoria del cristiano rey Esteban y su sucesor, como Carlos I de Austria, IV de Hungría y III de Bohemia, Croacia y Eslavonia, Dalmacia, Galicia, Lodomeria, e Iliria, el último emperador de Austria, rey apostólico de Hungría y Bohemia, hoy propuesto a la veneración de los siglos por su santidad.

Tan alta dignidad merecía los festejos más fastuosos y celebraciones tan alegres como podían estar a la altura del acontecimiento. Pero la antigua Hungría no estaba para regocijos: el atentado del 14 de junio de 1914 contra el archiduque de Austria Francisco Fernando, príncipe imperial de Austria, príncipe real de Hungría y Bohemia y, desde 1896 hasta su muerte el heredero al trono austrohúngaro, había desatado la guerra y Hungría la padecía en sus horrores.

La nación necesitaba el liderazgo de un hombre grande, y Europa también. Dios concedió a esos hombres al Emperador. Y el noble espíritu del monarca estuvo a la altura de las circunstancias.

Con Europa derrumbándose, el espíritu superior del líder debe marcar su presencia e inspirar seguridad a todos. El cortejo del festejo, desde la iglesia hasta la sala de banquetes, fue magnífico. Dignatarios e invitados fueron escoltados por una guardia de gala, luego una procesión de carruajes reales cerrada por el coche que portaba a la familia real. El nuevo rey de Hungría, el Emperador Carlos, no podía conocer, cuando descendió de su carruaje, el tristísimo destino de su patria.

El banquete tuvo tonos muy especiales. Era, visto en el tiempo, el último de los grandes festines montados con esplendor en una serie de siglos que le precedieron. Para entonces ya eran escasas las oportunidades de reunirse con tal distinción de invitados y esplendor. Un tren de alto rango transportó las comidas que se servirían esa noche.

Sobre las mesas, los invitados tuvieron oportunidad de probar el ingenio de la cocina imperial en su fiesta, faisán asado – revestido con su plumaje completo -; paté de hígado de ganso y paté de venado, ambos con trufas; pollo ‘à la reine’; ensalada con surtido de aves de corral; jamones seleccionados; codornices en jalea; solomillo de venado asado y relleno; cerdos y patos asados; pavo asado a la cocina medieval; gallos tiernos asados: truchas de montaña, jalea de frutas de la región de Tokay y una selección de pasteles variados, bombones, frutas, y finalmente, una preciosa cesta de confitería en homenaje al príncipe heredero, de sólo cuatro años de edad en ese momento.

Una tras otra, las diecinueve preparaciones fueron realizadas con arte y precisión. La magnífica procesión de nobles entró en la sala de banquetes y presentó cada uno de los bocados en platos de oro. Se acercaron al rey y a la reina, se inclinaron profundamente y continuaron marchando fuera del comedor. Afuera, los Regimientos gritaron un marcial “¡Viva el rey!”, saludaron con disparos y presentación de armas… y el banquete de coronación terminó.

El corazón se aprieta de emoción y devoción al pensar que, en lo que debería haber sido la fiesta más grande de su vida, el recién coronado Carlos IV de Hungría decidió ayunar. Él mismo sirvió la comida del banquete a los sufrientes soldados que se recuperaban en el hospital adyacente. La fiesta de Coronación del nuevo y santo rey, del linaje de San Esteban, en su propio festejo magnífico, se convirtió en un símbolo del tipo de gobernante que esperaba ser. Un siglo después, el que fuera el último gran banquete de coronación es un ejemplo conmovedor de compasión y sacrificio.

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