El Santo Cristo de Calatorao o el Cristo de los posesos

Corrían los convulsionados años de principios del 1500. Para el año 1520 hacían ya 3 años desde que Lutero y sus secuaces habían comenzado a incendiar a Europa con sus blasfemas y heréticas novedades. La satánica soberbia que impulsaba el protestantismo estaba acabando con la humildad y mataba la caridad entre los pueblos cristianos.

Quizo la Divina Providencia obrar un milagro de tales proporciones y significado, que todos cuantos oyesen de él y le constatasen, pudieran comprender la magnitud de la misericordia y del poder de Dios, amén del origen preternatural del protestantismo.

Y fue en el pueblo de Calatorao, encumbrado entre la rama aragonés de la cordillera ibérica y la depresión del Ebro, que Dios obró su prodigio. Esta villa que hunde sus raíces históricas ya en el imperio romano y que sufriera la opresión musulmana, había sido recientemente liberada de la invasión mora. Calatorao saltaría a la luz de la historia para convertirse en un centro de peregrinación internacional famoso por sus incontables milagros.

El peregrino que ingresa devotamente a su iglesia puede apreciar un santo crucifijo de rara perfección artística. La bella confección y la severidad de sus rasgos así como el pulcro cuidado en los detalles hacen pensar en un artista maestro de maestros. Y no erraría.

Fue en 1520 cuando un pobre peregrino llegó a Calatorao. Enfermo y hambriento, solicitó la caridad de los vecinos, quienes rápidamente le medicaron y atendieron sus necesidades. Eran años en que la santa religión era regla de ley y espíritu español.

Una vez recuperado, el misterioso peregrino pidió visitar la Iglesia para adorar el Santísimo Sacramento. Al ingresar se sorprendió por la ausencia de un crucifijo especial con el Crucificado. En su pobreza, Calatorao carecía de tal imagen.

Al salir de la santa misa, el peregrino se dirigió al pueblo y se ofreció a remediar la sagrada ausencia. Y tomando un madero, se encerró en una casa.

Pasaron tres días completos sin que nadie, ni el más curioso de los vecinos, escuchó el golpe de un martillo o de un cincel, ni el canto de una sierra.

El pueblo se preguntaba por el estado de la imagen y la salud del peregrino, que no había pedido cosa alguna para comer ni beber durante todo ese tiempo. A un mismo impulso, decidieron ingresar para averiguar lo que ocurría, tomándose todos los vecinos como testigos de lo que ocurría.

Abrieron la puerta… y se encontraron con la más preciosa imagen del Salvador tallada en el madero, en usa sola pieza y con todas las perfecciones esperables en una escultura. Pero no encontraron el más mínimo vestigio ni del peregrino, ni de aserrín o muestra alguna de que se hubiese trabajado la madera en esta santa fábrica. No habían tintes ni barnices. Tan sólo la comida intacta de esos días.

A la derecha de la estancia, se encontraba apoyada la milagrosa imagen tallada por quien se comprendió la había tallado: un santo ángel. Coinciden los contemporáneos y comentaristas en que fue un generoso premio por la caridad mostrada por el pueblo de Calatorao.

Desde entonces y hasta ahora, los milagros que se fueron sucediendo atrajeron la atención del mundo entero. Hasta fines del siglo XIX, cuando aún España conservaba viva la fe de su identidad, para los días de su festividad (13, 14 y 15 de septiembre) el ferrocarril formaba trenes especiales para las multitudinarias romerías que se organizaban. Llenaban dichos trenes muchedumbres de enfermos, mutilados y dolientes de toda especie, que se ingeniaban además para llegar por cualquier medio a su alcance. Esta tradicional romería por ferrocarril duró hasta 1936, cuando el gobierno ateo y comunista prohibió estas manifestaciones de fe y dio inicio a la mayor persecución anticatólica en España de los tiempos modernos.

Pero lo más notable es que su fama la alcanzó no tanto por las muchas curaciones y milagros de toda especie sino mas bien por su particular poder exorcístico. Endemoniados y poseídos de todos puntos eran llevados a su presencia para ser liberados de la acción diabólica. Por esto también conocido por el “Cristo de los endemoniados”, por el consuelo y salud que les significó. Ante Él los demonios se han visto obligados a confesar su odio a Dios y a los hombres, sus fechorías y trampas para obtener nuestra perdición.

Los historiadores de arte consignan esta pieza como una de las más acabadas de la escultura. Está confeccionada en tamaño natural (1.80 m.) y sobresale por la perfección de la estructura y confección de la talla de sus miembros, así como por impresionantes y minuciosos conocimientos anatómicos. La madera fue trabajada con una policromía exquisita y muestra al pueblo que acude ante su santa presencia una sobrenatural expresión de dolor, que conmueve y convierte al espectador.

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