El retiro

Entre todos los ejercicios de devoción, uno de los más útiles para convertir a un pecador, para encender el fervor en un alma, y acaso el único remedio eficaz contra la tibieza, es el retiro espiritual. No bajó visiblemente el Espíritu Santo sino en el desierto, o en el retiro del Cenáculo. y si Jesucristo se retiró solo tantas veces a la soledad del monte, fue sin duda para enseñarnos la necesidad que tenemos de retiraros de cuando en cuando a la soledad. Fue en esas condiciones que el mismo Señor dio a gustar a tres de sus apóstoles unos destellos anticipados de la Gloria, colmándolos con los mayores favores.

Sirvámonos de este medio, y no dejemos pasar un año sin retirarnos algunos días para hacer estos ejercicios, que tanto ayudan a nuestra salvación, dejando a un lado las ruidosas ocupaciones.

Los ejercicios sin fruto son un pronóstico muy funesto. Muy mal se encuentra el enfermo cuando los remedios más eficaces ya no le hacen efecto. Tengamos presente que el fruto de los ejercicios depende en gran parte o de los fines porque se hacen, o de la disposición con que se entra a ellos, o de los medios que se aplican para hacerlos bien.

Los fines que debemos proponernos para entrar en ejercicios son: primero, arreglar las cosas de nuestra consciencia mediante una observación atenta de nuestros pecados y vicios (y si es posible con una confesión general), reparando los malos pasos dados y quitando así la necesidad de hacerlo a la hora de la muerte. Segundo, buscar los medios prácticos para reformar la vida. Tercero, arreglar nuestro proceder en lo sucesivo. Y cuarto, caminar eficazmente hacia la perfección de nuestro estado.

Las disposiciones se pueden reducir a cinco: primera, deseo sincero de aprovechar los ejercicios; segunda, gran desconfianza de nosotros mismos, acompañada de una firme confianza en Dios; tercera, un corazón generoso con Dios, determinado a no negarle nada de lo que nos pida; cuarta, exactitud en observar la distribución de las horas que se señale en los ejercicios; y quinta, una total soledad y perfecto retiro, con entera persuasión de la gran necesidad que tenemos de él. Los medios pueden ser: primero, una singular devoción a la Santísima Virgen, rezándole cada alguna oración particular para implorar su protección; segundo, el uso de los sacramentos, siempre que resulte posible; tercero, un profundo silencio; y cuarto, considerar estos ejercicios como los últimos que haremos en nuestra vida, y que en cierta manera depende de ellos nuestra conversión y salvación.

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