El progresismo es pecado

Si la Iglesia aparenta estar destruida y el mundo con ella; si el abandono de los templos y de la vida religiosa ha caído a los extremos inauditos que vivimos; si las herejías, blasfemias y sacrilegios son el pan de cada día ante la indiferencia de los pueblos; si quienes deberían ser pastores se convierten en lobos; si la sociedad enferma erupciona en toda suerte de males y calamidades tanto espirituales como materiales sin esperanzas ciertas de remedios; si gobiernos e instituciones pierden credibilidad hundidos en corrupciones de toda suerte; si, en fin, el mundo avanza a pasos demenciales hacia el colapso global, se lo debemos al progresismo.

El problema del progresismo o modernismo consiste justamente en limitar la fe y su práctica en algo meramente humano, con una visión materialista de todo y el sentimentalismo como espiritualidad.

Dicho de otro modo: esos templos que el lector encuentra a su paso, con sus ministros y asistentes, con esa palabrería vaga, insípida, de buen tono o abiertamente socialista, esa ideología que hacen pasar por doctrina, todo eso que hoy aparenta ser la verdadera Iglesia, es, precisamente, anticatólica.

Y lo es, precisamente, porque se opone al cristianismo en lo más central que puede entenderse un concepto: el modo de comprender y mirar el mundo, sus causas y consecuencias.

Digámoslo aún más claro: mientras el progresismo mira a Dios a través del mundo, el catolicismo mira al mundo a través de Dios. El progresismo utiliza no la visión mística de lo sobrenatural sino las gafas opacas de lo material: es el sufrimiento de la carne, la angustia de los bienes humanos y los llamados “problemas sociales” de los que se ocupa. Y en lo no material, en lo íntimo del ser humano es lo natural, sus sentimientos dentro del mundo y sus padecimientos lo que conforman su preocupación.

No es Cristo, para el progresista, Dios verdadero sino un verdadero dirigente de espiritualidad mundana. No es el alma, su salvación y su felicidad eterna, la maldad del pecado que ofende a Dios, los bienes del espíritu por sobre la carne, aquello de que no debemos temer a quien mata la carne sino el alma… no, nada de eso. Serán los problemas del bienestar económico y el socialismo más o menos declarado de sus luchas sociales. No será el ascenso místico del alma sino una visión más o menos edulcorada de la psicología del hombre sin visión divina lo que les inquietará.

El progresismo, tanto en su versión socializante como en su versión conservadora en algunas formas, ofende a Dios por su maldad. Enfaticemos este punto: el católico ve al mundo a través de Dios; el progresista ve a Dios a través del mundo. El progresista sale al mundo rendido y enamorado de él. Lejos del progresista la verdad de la triple concupiscencia, pues no son el demonio, el mundo ni la carne sus enemigos sino lo que impide a éstos ser satisfechos. El progresista, embriagado de materialismo, admira lo mundano y juzga la fe desde el mundo. Si la ciencia del momento propone una sentencia sobre las cosas, serán los progresistas los primeros en adoptarla como propia y adaptarán su fe conforme a la ciencia humana. No filtran ni ven las cosas desde la fe, juzgando según la estética católica, ni asientan su fidelidad a las raíces profundas de lo revelado, con las que la ciencia verdadera siempre coincidirá y expandirá en sus comprensiones. Veremos siempre progresistas dudar de la fe y repudiar todo cuanto el mundo del momento condene. Se invisten de títulos doctorales – cuantos más, mejor y en provecho de su vanidad humilde – para replantear las cuestiones de la fe y la sagrada doctrina.

El Catolicismo enemigo del progresismo y como tal le ha condenado, perseguido y anatematizado desde sus orígenes, ya desde fines del siglo XIX cuando los Papas y pastores alertaban sobre el modernismo, su maldad y peligros. Hoy vemos al progresismo instalado, entronizado e impuesto a todos y a todo. Sin verdades superiores y absolutas todo es aceptable porque todo es relativo. Es como si se hubiese descompuesto en ellos el aparato lógico de la razón y se hubiesen descompuesto los apetitos superiores del alma humana. Se ansía el placer ante todas las cosas y se le toma por máxima regla, no como felicidad eterna y absoluta, sino en lo humano, en el aquí y ahora de lo terrenal.

No es una cuestión de formas: es un problema de fondo. Es una enemistad esencial, es una oposición que compromete todo lo que se cree, piensa, desea y obra. Aunque se digan las mismas palabras, eso poco importa porque para vender un veneno el asesino lo presenta en envases de buen tono. Las herejías muchas veces ofrecieron formas más apetecibles que la fe verdadera. Y que de cabeza a pies, de un lado hasta el otro del orbe, predomine la misma forma, tampoco importa: Arrio y sus secuaces dominaron el mundo cristiano reduciendo a San Atanasio ya  los católicos a una mínima expresión, poseyendo los templos, títulos y poderes legales.

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