El Padrenuestro desarrollado por Santo Tomás de Villanueva

Pater noster; porque el que fuere verdaderamente humilde, aquél es sobre quien se asienta el espíritu del temor de Dios, que es una reverencia del ánima, considerando la grandeza de Dios en su propia pequeñez; y éste sólo puede decir en verdad:

Santificado sea Tu nombre; que quiere decir que toda la honra sea atribuida a Dios. Y de la humildad nace la mansedumbre, que concuerda con el don de la piedad, con el cual no resistimos, mas honramos las obras y palabras de Dios, aunque no las entendamos; y en estos tales reina Dios, porque no le resisten, y por tanto ruegan a Dios con verdad:

Venga a nosotros Tu Reino. Y después de haber echado de sí los alborotos de la ira, queda en sosiego para pensar de cuántos males esté lleno este mundo; y enseñando por el don de la ciencia, sabe que más conviene en él trabajar que holgar, y llorar que reír; y la causa porque llora es, entre otras, porque en sí mismo y en otros no se obedece del todo la voluntad de Dios, y por eso reza; y sintiendo dolor por sufrir este destierro, se conforma por quererlo Dios, y dice:

Fiat voluntas Tua: Hágase Tu voluntad en la tierra como en el Cielo. Y así lloroso desarraiga del corazón el deseo de los placeres del cuerpo, no le queda en qué emplear el hambre de su deseo, sino en las cosas espirituales; y así hay hambre y sed de justicia; y para esto es menester el don de la fortaleza, porque mayor trabajo que cavar es pasar de la carne al espíritu, y desechar el pasatiempo presente, y buscar el resultado escondido; y estos hambrientos dicen a Dios con verdad:

El pan nuestro de cada día dánoslo hoy. Mas porque, por muy vigilantes que sean en vencerse a sí mismos, para comer este pan que los hace justos, empero todavía caen en algunos pecados, por tanto necesitan el don de consejo, por el cual acuerdan ser misericordiosos con ellos, perdonando los suyos; y a estos conviene decir:

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y con estas virtudes pasadas nace en el ánima un deseo de perfecta limpieza, la cual limpia su entendimiento para poder ver a Dios, quien no se deja ver sino de ojos muy limpios; y para esta vista les es dado el don del entendimiento, con que penetren las cosas de Dios y lo conozcan en sí y en ellas; y como mientras más las conocen, más huyen y temen el ofenderlo, por tanto le ruegan con mucha instancia:

No nos dejes caer en tentación. ¿Qué resta de todas aquestas cosas, sino un deseo grande de ordenar en tanto sosiego su cuerpo y su alma, que la posean en tanta paz, que ninguna cosa haya en ellos que se levante contra Dios, deseando la misma paz a sus prójimos? Y entonces tienen el don de sabiduría, porque el alma del justo es asiento de la sabiduría, estando unida a Dios por un amor pacífico, y éstos son los que ruegan a Dios (y lo alcanzan): Líbranos del mal“.

(De “Explicación de las Bienaventuranzas y su correspondencia con el Padre Nuestro”. Sermones de la Virgen y obras castellanas. Madrid. 1952)

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