El mito de la Mujer en la Edad Media

Las glorias de Grecia y Roma eclipsaron en sus respectivas decadencias morales, culturales y sociales. Del pasado que les dio renombre entre las flores del paganismo, nada quedaba para cuando los bárbaros invadieron Europa, arrasando con los últimos vestigios de civilización.

De Atila se decía que, tras su paso devastador, no volvía a crecer ni el césped. Cargando una tradición que a ojos occidentales parecía cruel, inhumana y supersticiosa, parecería que las últimas luces se apagaban lenta o violentamente, por su propia mano o ahogadas en sangre y quemadas hasta sus raíces. La oscuridad se apoderaba de todo.

La mujer en los tiempos anteriores

Grecia, Roma, Cartago, Egipto, Asiria… pasados culturales que tanto por excesos o defectos dieron un lugar a la mujer que hoy horrorizaría a nuestros contemporáneos. Sometidas a esclavitud, privadas de actividades públicas y reducidas, en el mejor de los casos, a un dominio doméstico, las mujeres en el paganismo no conocían dignidad ni reconocimiento de su naturaleza. Algunos, incluso, les negaban el alma humana o racional. Y entre los bárbaros su situación empeoraba ante la brutalidad que campeaba como fruto de pasiones descontroladas.

En sus decadencias, por el contrario, el libertinaje y corrupción les arrojaba a un camino de infertilidad y promiscuidad que competía con la homosexualidad. El aborto, el divorcio, la infidelidad, el afeminamiento de los varones, la competencia de esclavas jóvenes y la prostitución ubicaban a la mujer en una situación que, comprensiblemente entre el paganismo, les llevaba a la locura, desesperación o suicidio. Las bárbaras, en tanto, no cuestionaban su reducido papel en la vida y sociedad.

En medio de la oscuridad un resplandor aparece

Son tiempos duros y complejos. La civilización por sí misma no tenía ya el poder ni atractivo para cambiar a los nuevos dominadores. Pese a su decadencia que encontraban entre los invadidos, los bárbaros se sentían incómodos en las ciudades o las costumbres de estos vestigios de civilización. Se sentían ahogados durmiendo en una casa y dormían al aire libre, usando sus ropas o aceptando sus usos sociales. Ellos se rebelaban contra los usos y costumbres más refinados.

Sin embargo una luz aparece. Son los resplandores sagrados de la dulce Faz de Nuestro Señor Jesucristo y la luz inmaculada de la Santísima Virgen. Tras Su muerte y resurrección Sus discípulos y apóstoles recorrieron el mundo con Sus divinas enseñanzas.

Perseguido y amenazado, el cristianismo regó la tierra con sangre de mártires y vivificó a la Europa moribunda.

Sus hombres y mujeres enseñaron a los pueblos una religión que elevaba a las personas, sin distinción de sexo, edad, raza o condición social, al grado de hijos de Dios y llamados al Cielo. Enseñaba a respetar a las autoridades, a cumplir fielmente los deberes de estado, a elevar la cultura como antesala del Paraíso, a perdonar las injurias pero a condenar el pecado, a dar justicia, a decir la verdad, a respetar los bienes ajenos, a la fidelidad conyugal y a tantos elevados principios que prontamente significaron un nuevo florecimiento de la vida y de la cultura.

Refrenando la decadencia de Roma, la Santa iglesia tuvo que enfrentar la barbarie, templando maternalmente sus impulsos salvajes para modelar un nuevo tipo humano. No fue ni fácil ni rápido. Costó sangre de mártires y una lucha permanente pero sabia contra las costumbres que traían consigo.

El mito y la verdad

Las revoluciones que sucedieron tras la Edad Media inundaron las páginas de su propaganda con mitos sobre este tiempo en que “la filosofía de los Evangelios gobernaba las naciones”, como expresa magníficamente S.S. León XIII.

Comenzaron creando una diferencia manipuladora, proclamando “Renacimiento” al retorno a las costumbres y vicios paganos, relegando aspectos como el de la mujer a los estadios anteriores al Cristianismo. Y junto con esto, un renacer de errores y practicas inmorales, si bien enlazadas con la continuidad de progresos medievales como la búsqueda de la belleza o el amor por el conocimiento.

Al “renacimiento” del paganismo se contrastó una “edad media”, que por definición figura como una etapa intermedia entre la Roma y Grecia paganas y su renacer en el siglo XV. Entre las bacanales romanas y el renacimiento, al parecer, nada ocurrió. Tan sólo se extendió una noche oscura y bárbara que tiene por causa y fin el cristianismo.

No importaba, para efectos de su manipulación, atribuir a la Iglesia los rasgos de la cultura bárbara o los defectos de una cultura decadente. No importó que todo eso fuese cambiando a la luz de los Santos Evangelios. Se mintió, falsificó e incluso se difamó con mentiras tan ridículas como la negación del alma a la mujer, el cinturón de castidad, las cacerías de brujas o el ius prima noctis, inventos delirantes que los modernos difundieron entre personas sin capacidad de crítica o acceso a la verdad. A efectos de educación escolar, son la voz del maestro y los textos de un Estado omnipotente quienes definen qué es verdadero y qué es falso, qué es bueno y malo, qué debemos alabar y qué debemos condenar.

La mujer en el mito neopagano

Sin considerar esta propaganda anticatólica, ¿cómo se podría explicar la popularidad de estupideces tan grandes como la negación del alma a la mujer o su capacidad racional? Estas aberraciones son previas al cristianismo, negadas y combatidas por la Santa Iglesia.

El bautismo, por ejemplo se imparte a hombres y mujeres, poseedores todos de alma inmortal para hacerles hijos de Dios y herederos del Cielo.

Y en cuanto a la mujer, ¿existe elevación más grande que la piadosa devoción a María Santísima, reina y señora de todo lo creado, Corredentora de los hombres y madre del mismo Dios? Con Ella como modelo, ¿no es ridículo pensar que en la “Edad Media” se le negase el alma o raciocinio a la mujer? Los medievales, personas tan aficionadas a la lógica y la filosofía, ¿caerían en el absurdo de sostener que el alma es inmortal y espiritual pero sólo la mujer la poseía mortal? ¿Nuestra Señora poseía alma mortal e irracional, tanto como las santas mujeres que veneraban en altares? Ridículo, impío, criminal y blasfemo seria semejante pensamiento. Si los medievales creyesen ese absurdo, ¿tendría sentido, entonces, bautizarlas, confesarlas, hacerles ministro del sacramento matrimonial, respetarlas incluyéndoles en los deberes de estado de los varones, suministrarles la Sagrada Eucaristía, esto es, recibir al mismísimo Dios en su pecho, confirmarles en la fe, venerarles en su estado religioso o maternal y recibir el santo viatico al momento de la muerte?

Desde sus inicios el cristianismo bautizó a mujeres, tuvo en ellas santas y mártires que recibían piadoso culto, gobernantes y fundadoras de poder y prestigio o una cultura que les otorgaba un trato y cuidados inexistentes desde el “renacimiento” hasta hoy.

La mujer en la Edad Media

La mujer medieval no era condenada a un lugar secundario como entre los paganos. Mujeres como Hroswitha de Gandersheim, «Ruiseñor de Gandersheim», canonesa y autora de decenas de obras teatrales, poemas, leyendas y épica no eran excepciones. De hecho, el convento de Gandersheim era afamado por su vida ascética y altas preocupaciones educativas.

O Santa Hilda de Whitby, religiosa fundadora de siete conventos y monasterios ya en el siglo VII. Su enorme y vasta cultura así como sus dotes educativas hacían que reyes, reinas, príncipes, monjes, y santos, acudiesen a ella a pedir consejos o disponían que sus hijas y mejores almas entrasen a formarse bajo su cuidado. Pero no solo resplandecía por su cultura sino también por su carácter enérgico e inteligencia diplomática y administrativa.

En estos lugares de mística reclusión, como en los masculinos, la Iglesia preservó el conocimiento antiguo, rescatando las obras de los antepasados y les reprodujo para estudio en toda Europa. ¡Sin conventos o monasterios no conoceríamos hoy las obras griegas, latinas o de otras culturas anteriores al colapso de Europa y la invasión de los bárbaros! Los renacentistas que repudiaban “la ignorancia medieval” estudiaban la antigüedad… ¡en libros medievales!

Las universidades son… ¡otro invento de la “ignorante” era medieval! Y los hospitales también son una creación de este “miserable y oscuro” tiempo.

La vida universitaria no estaba vedada a las mujeres como lo fue luego, tras la Edad Media, liberalizándose su acceso hasta el siglo XX. En la Edad Media muchas mujeres asistían a la universidad.

La princesa bizantina Ana Comneno, hija del emperador bizantino Alejo I Comneno, fundó en 1083 una universidad de medicina donde enseñó por muchos años. Famosa por su elevada cultura y erudición en historia y filosofía, el obispo metropolitano de Éfeso, Jorge Torniques, considera a Ana como una persona que ha alcanzado “las más altas cimas de la sabiduría, tanto laicas como divinas”.

La reina de Francia e Inglaterra Leonor de Aquitania fue una poderosa influencia en la Europa medieval. Muchos de los más graves asuntos fueron decididos por su fuerte carácter, astucia y gran tacto diplomático, asumiendo en persona la resolución de asuntos determinantes para los reinos. En su legado la educación también fue una herencia de su mandato, entregando instituciones religiosas y educativas a la historia.

Un papel cristiano

La figura de la reina no estaba destinada a un segundo plano, como en el paganismo precedente y posterior a la Edad Media. La reina era coronada efectiva y realmente como un rey. Usualmente en Reims o en otra catedral, recibía el mismo prestigio que su consorte. María de Medicis fue la última reina en acceder a ese honor, en 1610, en Paris.

Cuando Leonor de Aquitania, en 1200, contaba con 80 años, emprendió un fatigoso viaje (en las condiciones de esa época) para cruzar los Pirineos hasta Castilla y escoger personalmente la mejor candidata para acceder al trono como consorte de Luis VII. La elegida fue Blanca de Castilla, otro modelo de fuerza, poder, virtud y habilidad política.

Para los hombres medievales no era comprensible la idea moderna de “primera dama”. La reina era la reina y en caso de ausencia, enfermedad o muerte del rey ellas ejercían un poder incuestionable. Poseían sus propias armas, cancillería y su campo de poder personal. Y tanto mujeres como hombres, por igual, podían ser obligados a casarse por razones de interés del Reino y paz social.

Poder y sociedad

Otro concepto del que carecen los críticos modernos es el del poder en la Edad Media. Construidos como auténticos refugios ante las invasiones bárbaras, los feudos protegían a la población y resguardaban sus tesoros y conocimientos. Los monasterios eran otra forma de feudo, con características diversas. Así, muchas abadesas poseían poderes de auténticos señores medievales, administrando aldeas, tierras y parroquias e incluso usando un báculo como símbolo de poder, como el de los obispos. Eran respetadas en igualdad de términos por los otros señores feudales.

Los registros exhiben como, por ejemplo, la Abadesa del monasterio del Paráclito, Eloísa, a mediados del siglo XII, recibía un diezmo por las cosechas de los viñedos de sus tierras, explotaba granjas y poseía derechos de foro sobre el trigo o el heno. Sus religiosas aprendían de ella misma lecciones de arameo o griego, compitiendo con los monjes más cultos.

La enciclopedia más famosa del siglo XII, “Hortus Deliciarum” (Jardín de las Delicias) lleva el nombre de otra mujer, la abadesa alsaciana Herrade de Landsberg de la  abadía de Hohenburg. Una compilación erudita sobre las técnicas de su tiempo.

Estos trabajos monumentales de conocimientos y ciencia son comunes en la Edad media. En su versión más famosa encontramos todos los libros de Santa Hildegard von Bingen, que trató prácticamente sobre cada tema de interés posible, pasando de la arquitectura a la medicina, teología, mística o música.

Santa Gertrudis de Helfta, la Grande, pasó de escritora a teóloga. Cuenta Pedro el venerable que en su juventud, no siendo ni monja ni deseando serlo, se dedicó a estudios arduos de historia y filosofía. De los estudios básicos pasó a los superiores, como se hacía en la Universidad.

En el mismo siglo el famoso predicador Robert d’Arbrissel decidió fijar su residencia para facilidad de la multitud de sus seguidores en la región de Fontevrault. Para ello decidió construir un convento femenino y otro masculino con una Iglesia que sería el único lugar donde se encontrasen los religiosos. Este lugar increíble, verdadero centro de erudición y conocimientos, no era gobernado por un hombre sino por una mujer. Tal abadesa, por voluntad de su fundador, debía ser viuda, pues debía contar con la experiencia matrimonial. La primera abadesa de la Orden de Fontevrault, Petronila de Chemillé, tenía 22 años. Algo impensable en los tiempos modernos.

Bajo la luz de la Edad Media, el hombre y la mujer jugaban papeles distintos, según el modelo de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Señora. Así, el poder del hombre era templado por el de la mujer, conforme ángeles y santos sirven y veneran en el universo a la santa Madre de Dios.

Los siglos del “renacimiento” y los posteriores no podrían ver a una mujer ignorante, plebeya y pobre como Santa Juana de Arco, obtener una audiencia con el Rey y acceder a su confianza para emprender una campaña militar como lo hizo la Doncella de Orleans.

Pero la mujer en la Edad Media no contó con poder tan sólo en los altos cargos. Las mujeres de las aldeas, las campesinas o las madres de familia aparecen a lo largo de miles de documentos conviviendo con el poder como no se había conocido antes. Ejercían profesiones que posteriormente fueron acciones masculinas como artistas, en minas de sal, molineras, viviendo en castillos o acudiendo a las cruzadas con sus esposos o haciéndose cargo de los negocios y tierras de sus maridos cuando enviudaban.

Sólo ya en la decadencia de la Edad Media, el paso que se dio antes del Renacimiento, la mujer comenzó a figurar como un ser frágil que no tenía derecho ni a voz ni voto. Y se transformó de un ser real a uno que a momentos semejaba a un ángel o a un demonio. Las mujeres medievales votaban en asambleas urbanas o rurales. E incluso enfrentaban a toda la asamblea con sus opiniones, como Gaillardine de Fréchou que votó “no” al arrendamiento propuesto por los habitantes de Cauterets, frente al “si” de los demás.

Las actas notariales, documentos repletos de información de cada época, nos cuentan cómo las mujeres se representaban a sí mismas para abrir un negocio o vender una propiedad, sin que se precisase, como en los tiempos descristianizados posteriores, el permiso de un padre o marido.

Un repaso a los registros de impuestos, otra fuente de información riquísima en detalles, nos muestran mujeres ejerciendo como profesoras, médicos, boticarias, estucadoras, tintoreras, copistas, miniaturistas, encuadernadoras, etc.

Sólo la ignorancia y mala fe de los siglos que siguieron al medioevo podrían sostener impunemente las falsificaciones sobre este tiempo. Dueños de “la verdad” e interesados en destruir todo rasgo cristiano en la sociedad, manipularon hasta el hartazgo como hoy se hace a través del cine o de las novelas y textos escolares, para crear una idea que, ante los principios revolucionarios, horroriza a todos. Y la luz que en un momento iluminó a los hombres… se extinguió.

¿Qué luz fue esa? Cómo ve un católico esos tiempos, damos la palabra a S.S. León XIII de gloriosa memoria y a sus enseñanzas al respecto. El énfasis es nuestro:

“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados.

Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su divina virtud, había penetrado profundamente en las leyes, instituciones y costumbres de los pueblos, en todos los órdenes y problemas del Estado; cuando la religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le correspondía, florecía en todas partes secundada por el favor de los príncipes y por la legítima tutela de los magistrados; y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad en amigable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes muy superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de ellos, y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer”.

Y agrega el Pontífice palabras que hoy resuenan como el rugido de un león y la luz de un rayo:

“Si la Europa cristiana domó las naciones bárbaras y las hizo pasar de la fiereza a la mansedumbre, de la superstición a la verdad; si rechazó victoriosa las irrupciones de los mahometanos; si conserva el cetro de la civilización; si se ha mostrado guía y maestra de todos los pueblos en toda clase de laudable progreso; si ha procurado a los pueblos el bien de la verdadera libertad en sus diferentes formas; si con muy sabia providencia ha creado tan numerosas y heroicas instituciones para aliviar a los hombres en sus desgracias, no hay que dudarlo, muy obligada viene a la religión, en la que encontró inspiración para acometer y ayudar para llevar a cabo cosas tan grandiosas” (Fuente: S.S. León XIII, Encíclica “Immortale Dei”, de 1º-XI-1885, “Bonne Presse”, Paris, vol. II).

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