El milagroso San Vicente Ferrer

Uno de los más grandes taumaturgos y predicadores de la historia fue el religioso domínico San Vicente Ferrer (1350-1419). En una ocasión convirtió a 10.000 judíos cuando fue a su sinagoga y les predicó. Aquellos conversos transformaron el templo en una iglesia católica. Tan grande misionero era San Vicente Ferrer que sólo puede ser comparado con los doce apóstoles. Sus logros son inmensos en la historia de la Iglesia, y su vida se encuentra repleta de historias impresionantes.

Cuando San Vicente tenía 46 años, mientras sufría una grave enfermedad, Nuestro Señor se le apareció, acompañado por San Francisco y Santo Domingo. Jesucristo le dijo: “Levántate y ve a predicar contra el vicio; para esto te he escogido especialmente. Exhorta a los pecadores a arrepentirse, porque Mi Juicio está por llegar”. Durante esta visión San Vicente fue curado de inmediato.

Dos años más tarde, en 1398, se le dio permiso para comenzar su apostolado. San Vicente viajó por toda Europa occidental, predicando la penitencia, atrayendo a enormes multitudes y seguido por miles de discípulos. Entonces fue cuando convirtió a quienes después serían conocidos como la Beata Margarita de Savoy y San Bernardino de Siena.

San Vicente tenía el don de lenguas. Predicaba en su valenciano natal, pero era entendido allí adonde fuera. Y al conversar con diversas personas pudo hablar francés, italiano, alemán e inglés tan fluidamente como su propio idioma.

Algunos han considerado un estimado conservador que San Vicente convirtiera a 25.000 judíos y 8.000 musulmanes. El número total de sus conversiones rodea las 200.000 almas, entre los ya mencionados y también herejes y apóstatas. En Toulouse habló sobre la Pasión durante seis horas seguidas, sin interrupción, ante una multitud de 30.000 personas que llenaban la Plaza San Etienne. Cuando dijo: “¡Levantaos, muertos, y venid a Juicio!”, todo el pueblo allí reunido cayó de
rodillas, rogando misericordia.

La hagiografía de las Bolandistas cuenta que 70 personas fueron liberadas de posesiones diabólicas por San Vicente Ferrer. Él tenía tanto poder sobre los demonios que con frecuencia era suficiente con tocar a un poseso para liberarlo, y en ocasiones incluso algunos fueron liberados sólo por ir a la región donde él se encontraba, o incluso por sólo pronunciar su nombre.

San Antonino, Arzobispo de Florencia, también domínico, tenía alrededor de 30 años cuando nuestro santo falleció, y declaró que él había resucitado a 28 personas, aunque algunos consideran que fueron más, si se incluyen aquellos milagros que ocurrieron también después de su muerte.

Cerca de Palma de Mallorca San Vicente calmó una tormenta para poder predicar desde un muelle. En Beziers detuvo una inundación. En las puertas de Vannes curó a un gran número de enfermos. En Guerande liberó a un hombre de una posesión diabólica, y que ya se encontraba más muerto que vivo. En Lérida curó a un lisiado en presencia del rey.

San Vicente suele ser representado con alas. Esto es así porque multitudes de personas vieron que, en medio de una prédica, literalmente volaba para ayudar a una persona sufriente que no se encontraba allí mismo. En algunas ocasiones, cuando se encontraba exhausto, dio permiso a otros para que hicieran milagros en su lugar, y así sucedió.

San Vicente en una oportunidad dijo a un novicio, Alfonso Borgia, “Llegarás a ser Papa y me canonizarás”. Y años más tarde ese novicio, entonces Papa Calixto III, hizo exactamente eso. El Santo también le dijo a San Bernardino de Siena que él (San Bernardino) sería canonizado antes que él, y también fue así.

En otra ocasión una mujer muda le hizo señas y cuando él la atendió pudo hablar y pedirle tener su voz y pan. Él le prometió el pan, pero volvió a tomar su voz, diciendo que haría un mal uso de ella. También hizo hermosa a una mujer fea que era golpeada por su marido debido a su apariencia.

Jamás debemos burlarnos de los dones que Dios ha dado a Sus santos. Como ha ocurrido en casos similares, un día un chico aparentó estar muerto, mientras sus amigos reían disimuladamente. San Vicente se inclinó y dijo: “Él se hacía el muerto para divertirlos, pero ese mal lo alcanzó y ahora está muerto”. Una cruz fue erigida para conmemorar ese evento.

En Pampeluna un hombre inocente había sido condenado a muerte. San Vicente sabía que él era inocente y rogó por él, pero en vano. Mientras la macabra procesión llevaba al pobre hombre se cruzaron con otra procesión, de un hombre ya muerto. El cadáver yacía listo para ser enterrado. San Vicente entonces tuvo una inspiración súbita. Detuvo a los dolientes y dijo al cadáver: “Tú ya no puedes ganar nada con mentir. ¿Este hombre es culpable? ¡Respóndeme!”. El fallecido se incorporó y dijo “No lo es”, y volvió a yacer. San Vicente entonces le ofreció la oportunidad de seguir viviendo en agradecimiento por su servicio, pero el muerto respondió: “No, Padre, porque ya tengo asegurada mi salvación”. Y después de eso volvió a su posición original, como si fuese a dormir, y continuó su transporte al cementerio.

En otro milagro acreditado a San Vicente, el Venerable Padre Micon cuenta que un gran número de testigos, reunidos en Lerida ante la Iglesia de San Juan, vieron cuando el santo se encontró con un cadáver. Con la señal de la cruz lo hizo regresar a la vida. Los Padres del Convento de Calabria garantizaron lo que había ocurrido.

Cinco años antes de la muerte de San Vicente, el joven Juan de Zuniga, hijo de Don Alvar de Zuniga, Duque de Placensia y Arevola, y la Duquesa Leonor de Pimentel, falleció a la edad de 12 años. El confesor de la duquesa, el Padre Juan López de Salamanca, aconsejó a la noble señora que invocara al recientemente canonizado San Vicente Ferrer. La madre hizo el voto de construir una iglesia y convento en honor del santo, y cuando hubo terminado de decirlo, el niño volvió a la vida.

La Duquesa se hizo muy devota de San Vicente, y deseaba fervientemente que su vida, virtudes y milagros fueran escritos. Cuando tuvo lugar una gran ceremonia en una Catedral recién construida, el Duque y la Duquesa presentaron a su hijo, y el muchacho resucitado conoció entonces todos los hechos.

Hubo un judío de Andalucia, llamado Abraham, que se dispuso a salir de una iglesia enojado mientras San Vicente predicaba. Al hombre no le gustaba lo que estaba escuchando, pero algunas personas se negaron a dejarlo pasar. “¡Déjenlo ir! Déjenlo pasar”, ordenó el santo. Y en el momento en que el judío pasó por la entrada, parte de la estructura se cayó, aplastando al hombre hasta matarlo. Entonces San Vicente fue hasta él, se arrodilló para rezar junto al cuerpo, y Abraham volvió a la vida. Sus primeras palabras fueron: “La religión de los judíos no es la verdadera fe. La Verdadera Fe es la de los cristianos”.

En memoria de este hecho el antiguo judío fue bautizado Elías, y estableció una fundación piadosa en la iglesia del “accidente” y el milagro. El Obispo Pedro Ranzano relató después los sucesos.

El padre de cierto niño dio hospedaje a San Vicente mientras se encontraba en un viaje misionero. Su esposa, una mujer antes virtuosa, sufría severos ataques nerviosos, y en ocasiones estaba cercana a la locura. Al regresar de escuchar uno de los sermones de San Vicente, el padre se encontró con una tragedia terrible. Su esposa había enloquecido, cortó el cuello del niño, luego lo despedazó y cocinó una porción de su cuerpo, pretendiendo servírselo a su marido.

Cuando él comprendió lo que había ocurrido, huyó horrorizado para pedir ayuda a San Vicente. Éste le dijo que, como en el caso del judío aplastado, la tragedia sería para gloria de Dios. San Vicente fue con el padre hasta la casa y rezó mientras reunía las partes sangrientas del cuerpo. Luego dijo al afligido padre: “Si tiene fe, Dios, que ha creado esta pequeña alma de la nada, puede traerlo de vuelta a la vida”. Y dicho esto se arrodilló y se puso a rezar. Hizo la señal de la cruz sobre los restos rearmados, y el niño regresó a la vida.

El hagiógrafo Henri Gheon relata que el Padre Fages, un paciente investigador, encontró y visitó la casa donde ocurrió este milagro. Él describió la sala, la ubicación del horno, la disposición de la vivienda e incluso la zona donde el niño fue servido en la mesa. El lugar no había cambiado desde el siglo XV. Una capilla se levanta allí ahora, y dos inscripciones, una dentro y otra afuera, atestiguan la verdad del milagro.

San Vicente Ferrer falleció en Vannes, Francia, en el año 1419, y el proceso canónico de Vannes trajo a la luz un número increíble de maravillas, incluyendo una gran cantidad de resurrecciones y milagros que tuvieron lugar después de su muerte.

(“San Vicente Ferrer”. Henri Gheon. Sheed & Ward. 1939).

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