El mal que no vemos

Pareciera existir una relación entre el menor grado de inteligencia y la mayor fuerza de los hechos que se requieren para entender las cosas. Ya no se comprenden los argumentos ni se visualizan los procesos: sólo se piden hechos, evidentes y fuertes, para que puedan ser detectados. Son quienes presumen su inteligencia pero, precisamente por su torpeza, son los más manipulados y los primeros en caer en una batalla.

Para ellos toda demostración sutil, todo argumento lógico -aunque aún no evidente en lo concreto-, son tonterías, fábulas y, por tanto, despreciable o ridiculizable. Son como quienes antes de las monstruosidades de Lutero, la revolución francesa, bolchevique, modernista, o mayo del ’68, por ejemplo, negaban la evidencia y le restaban importancia. Luego, se sumaron a “lo inevitable”, convirtiéndose en defensores del mal y, cuando la crudeza de la maldad les tenía cogidos del cuello, lloraban por la injusticia cometida.

Pues bien, todos ellos son ejemplo de los movimientos actuales del mal. Para sus miradas pedestres, el mal sólo es tal cuando es evidente. Por ejemplo, las aberraciones del islam contra los cristianos, o las excentricidades de los extremos rojos en américa latina o la amenaza en España. Pero las manipulaciones psicológicas para obtener el apoyo al mal, volcándoles contra los defensores del bien -sin enfrentarles al mal evidente, porque ya son útiles así como están-, no son perceptibles para estos, bien llamados por Lenin, “tontos útiles”.

¿Cómo manipula el mal que no vemos?

Aquí hay un punto crucial para comprender tanto la política, cultura, economía o religión: para la mente blanda postmoderna, la doctrina es lo final. Hoy no es, lamentablemente, sino un pequeño grupo el que se interesa por las ideas y lucha en ese campo. Para la mayoría, las ideologías son “peligrosas” porque llevaron a la única guerra que conocen y por versión hollywoodense.

La doctrina católica nos enseña que, siendo los demonios seres angélicos, son inteligencia pura y buscan, en consecuencia, el modo más eficaz de cumplir sus fines infernales. Son finísimos psicólogos, como también lo es nuestro ángel de la guarda. Y para el estado de la cultura actual, nada peor que plantear las cosas con claridad.

El punto central está, por consecuencia, en manipulaciones psicológicas. Primero sentimos, porque somos seres sensibles física y emocionalmente, tanto como en estética, porque somos espirituales. Luego, porque somos seres inteligentes, intuimos las implicancias de las cosas. Otro asunto es lo que decidimos al respecto; un ladrón siente la tentación y el deseo, y también comprende las consecuencias de su delito, si lo comete. Después podemos hablar de doctrina al respecto, del derecho de propiedad, por ejemplo.

Nada se avanza, ante una humanidad animalizada, hablarle de la doctrina primero y las consecuencias luego y finalmente, si es que se toman en cuentas, los sentimientos.

Los demagogos comprenden, muchas veces de forma intuitiva, este principio psicológico y le hablan a las gentes primero a sus sentimientos, excitándolos, encendiéndolos, hasta borrar tanto cuanto les sea posible, las operaciones de la inteligencia. Y luego trazan el camino de las consecuencias por la vía que más convienen a sus intereses demagógicos.

Por este motivo los más corruptos gobiernan sin ser afectados por los escándalos en su contra y aseguran electores eternos. Por este principio, y del mismo modo, las sectas y los herejes garantizan su poder, popularidad e impunidad. Las grandes protestas populares son una muestra patente de todo esto: manifiestan con eslóganes emocionales entrelazados con implicancias manipuladas. Las protestas citadas se caracterizan por una violencia vandálica y una convicción histérica de los protestantes con proclamas adquiridas al calor de las movilizaciones.

Si un economista, por ejemplo, responde con datos, cifras, gráficos y lógica irrefutable cae sobre ellos con palabras para oídos sordos. Cuando un piadoso católico argumenta con el código canónico en una mano y la Summa en la otra, cae sobre los herejes modernos tan sin resultados como el economista.

La sabiduría de la Iglesia quiso que desde los primeros tiempos se toquen primero los corazones y se les conduzca por las implicancias. Luego, y sólo luego, se despliega la santa doctrina residente detrás de todo ello. Así la inteligencia se aferra a los movimientos de una voluntad firme movida por sentimientos piadosos de amor al bien y rechazo al mal.

Por eso no sólo es importante, sino además fundamental, ilustrar con ejemplos de los santos, en sus milagros, con sus vidas y doctrina. Del mismo modo el uso espiritual de las visiones y revelaciones aprobadas por la Santa Iglesia, los consejos espirituales y todo cuanto ayude a iluminar las mentes, tocar los corazones y mover la voluntad.

Meditar sobre este principio apostólico, denunciar las manipulaciones y aprovecharlos para el bien y salvación de las almas, llevando luz a los hombres, es un acto de caridad ardiente y un mandato de la misericordia verdadera.

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