El juicio personal

Escrita está la ley, sancionado el inexorable decreto, firmada la terrible sentencia que no admite apelación: debemos morir, y a la hora de la muerte debe seguirle infaliblemente el juicio. Todos estamos reunidos aquí, y no sólo nosotros, sino cuantos viven ahora y vivirán hasta el fin del mundo. Como se ha verificado con todos los que nos han precedido, debemos comparecer ante el tribunal de Jesucristo, para recibir cada uno el pago debido a las buenas o malas obras que habrá hecho durante su vida mortal.

Príncipes y vasallos, nobles y plebeyos, sacerdotes y seglares, sabios e ignorantes, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, todos, sin excepción o privilegio, seguirán esta ley inalterable. ¡Verdad terrible, que ha llenado de horror y angustia aún a los mayores santos! “Tres cosas temo – decía temblando el santo y penitente abad Elías, y por ellas vivo en un continuo temor y sobresalto: el momento en que mi alma se separará del cuerpo, la severidad del juicio que deberá sufrir, y la sentencia que sobre ella pronunciará el divino Juez”. “Poco me importa que vosotros me juzguéis – decía San Pablo a los Corintios -, ni temo el juicio de todos los hombres, sabiendo que me ha de juzgar Dios en cuya presencia no me tengo por seguro. Por más que mi conciencia de nada me reprenda”.

Si estos grandes santos temblaron sólo al pensar en el juicio, ¿qué hacemos nosotros, hermanos míos? ¿Viviremos olvidados de él? ¿Podemos tenernos por seguros? ¿Nos presentaremos en un juicio tan terrible a ciegas y con el alma oprimida por el peso de muchos pecados? Meditémoslo con tiempo; prevengamos aquel momento terrible pensando ahora seriamente en lo que entonces sucederá. Es verdad que este juicio particular se hará en cada uno de nosotros en un momento; pero con todo para dar más campo a nuestras reflexiones, meditemos los tres actos de que se compondrá. Identificándolo con el juicio humano, a saber, dice el doctor angélico: 1º. Citación del reo para comparecer ante el Juez; 2º. Formación del proceso; 3º Sentencia del Juez. Aplicando estos tres actos al juicio que Jesucristo debe hacer del alma, diremos que este juicio será terrible.

1. Juicio temible al presentarse el alma del pecador ante el Juez Divino

Jesucristo, ahora tan manso y humilde, se presentará terrible al pecador. Él que fue tan misericordioso como que por nuestro amor bajó del Cielo a la tierra para humillarse hasta lo sumo, nació pobre en un pesebre, vivió ignorado en un humilde taller y murió en una cruz siendo objeto de tormentos; Jesucristo, que si bien está glorioso en el Cielo se complace en que su amada esposa la Iglesia celebre los diferentes misterios de Su vida santísima, misterios todos de misericordia y de amor infinitos; Jesucristo que ahora habita con nosotros bajo las humildes apariencias de pan y de vino en el augusto sacramento del altar, y que en pago de su amor infinito no recibe más que irreverencias, ingratitudes y descortesías de sus hijos, se presentará un día con todo el poder, gloria y majestad de juez severísimo. Y ¿quién es capaz, no de pintar, sino aún de comprender cuán terrible será para nosotros su presencia?

Los profetas que le vislumbraron merced a las luces que iluminaban su entendimiento no supieron explicarlo, viéndose obligados a dejarnos una idea imperfecta de aquella justicia dispuesta a estallar con todo su furor, a apelar a las imágenes más vivas y terribles que pudo crear su imaginación, pintándonoslo ya con su cara más resplandeciente que el sol en medio de su carrera, ya con sus ojos más ardientes que la llama, ya con su voz parecida al rugido del león, sus palabras como un mar embravecido y su furor como el de una osa a quien han arrebatado sus cachorros.

Estará sentado sobre un trono majestuoso, haciéndole corte innumerables legiones de ángeles, teniendo a su lado no la misericordia que ya habrá acabado, sino la justicia en todo su rigor, en cuya balanza serán pesadas todas nuestras obras. Y se sentará a su derecha María Santísima en calidad de madre y reina, no ya cual madre y abogada de los pecadores a favor de los cuales no podrá interceder.

El alma en el divino tribunal no tendrá otra compañía que sus obras. Este tribunal terrible se levantará tal vez en el mismo aposento, junta a la misma cama en la cual expirará el miserable pecador moribundo, y en un instante su alma se encontrará ante el Juez divino. Pero, ¿quién la acompañará?… ¿Acaso irá con ella algún sagaz y hábil abogado a defender su causa? ¿Llevará consigo sus riquezas, sus títulos y dignidades para hacerse respetar por medio del oro y del poder? ¿La seguirá algún amigo fiel, un pariente cariñoso, un protector influyente?… ¡Ah! Para ella se acabaron los medios humanos: en la otra vida, en aquel tribunal nada valen la protección, las relaciones, las amistades, el parentesco, las dignidades y las riquezas. El alma sola y sin otro acompañamiento que las obras hechas durante su vida, sin otro séquito que el de su ángel custodio como testigo y el del demonio como acusador será presentada al Juez divino.

¿Quién es capaz de imaginar el horror que le causará aquella impresión? Verse ya fuera de este mundo tan amado, delante de un Dios airado, rodeada de demonios, el infierno abierto a sus pies, con la conciencia culpable que la remuerde y despedaza al recordarle sus innumerables y enormes pecados, sin remedio, sin alivio, sin la más remota esperanza, ¡Oh Dios mío! ¡qué horror! ¿qué hará? ¿a dónde irá la infeliz? Así lo meditaba temblando San Agustín.

La sola presencia de Jesucristo bastaría para causar mil muertes al alma culpable si fuese capaz de morir.

Ester se presentó al rey Asuero cuando estaba sentado en un elevado trono lleno de majestad, con la diadema en la frente, el cetro en la mano, el aspecto grave, su mirada oscura, rodeado de su guardia de honor, de los sátrapas y magnates del imperio, que hacían más imponente su majestuosa presencia, y al fijar su mirada en el rey cayó desmayada en brazos de las damas que la acompañaban. Vuelta en sí de su desmayo, declaró ingenuamente al rey que la majestad y gloria de su presencia la había aterrado de tal suerte que, sofocándose su corazón y perdiendo los sentidos, le habían abandonado sus propias fuerzas. Esto sucedió a Ester la esposa predilecta y la favorita de Asuero, quien jamás había desmentido su lealtad y honestidad. Pues bien, ¿qué sucederá a un alma infiel, culpable de innumerables delitos, rea de mil deslealtades, cuando fije su mirada en el terrible aspecto de Jesucristo? ¿De Jesucristo, no mero hombre como Asuero, sino Dios omnipotente? ¿De Jesucristo, no dueño solamente de ciento veintisiete provincias como aquel rey, sino soberano supremo y absoluto del Cielo y de la tierra? ¿De Jesucristo, en fin, empuñando no una vara de oro como aquel, sino las llaves tremendas del Cielo y del Infierno? ¿Cómo podrá sufrir el resplandor de aquellos ojos divinos que sondearán los más recónditos pliegues de su corazón, y de un solo golpe descubrirán con tremendas reconvenciones todos los misterios de iniquidad?

2. El proceso que se instruirá de las obras del pecador hará su juicio más temible

Se lee en la vida de San José de Leonisa que siendo joven y buen religioso, aunque no aquel gran santo que después llegó a ser, hizo pacto con otro religioso compañero suyo de que el primero de los dos que moriría, volvería si Dios se lo permitiese a dar al otro noticia del estado en que se encontraba en la otra vida. Murió el compañero de fray José, y transcurrido cierto plazo se le apareció una noche diciéndole: “Fray José, Dios ha permitido que según lo convenido venga a darte cuenta de mi estado: yo por la misericordia de Dios me he salvado, no obstante, una sola cosa te advierto, a saber, que los juicios de Dios son muy severos y terribles. ¡Oh cuán severos y terribles son los juicios de Dios! No se puede explicar ni pensar”. Dicho esto desapareció dejando aterrado a fray José, el cual desde aquel momento se entregó a una vida tan penitente, tan santa y fervorosa, que fue el ejemplo y la admiración de sus hermanos, y uno de los santos más admirables de la Iglesia.

Dios con su mirada penetrante descubrirá todas las manchas, las fealdades, los defectos aún los más ocultos, los cuales formarán parte del proceso. En aquel día terrible habremos de darle cuenta hasta de una sola palabra ociosa, inútil, proferida sin un fin recto. Dios juzgará las misma justicias descubriendo como dignas de castigo aquellas obras por las cuales el hombre esperaba recompensas.

Examinemos la situación del alma en el tribunal de Dios, y veamos con cuánta severidad será acusada, examinada y juzgada. El demonio, a quien tendrá a su lado, llamado acusador de nuestros hermanos, será el primero en hablar. Comenzará, dice san Juan Crisóstomo, recitando la fórmula de nuestra profesión de fe, a saber, las renuncias y las promesas que hicimos en el bautismo. Señor, dirá, aquí tenéis esta alma a quien criasteis, redimisteis y en tanto grado favorecisteis: al santificarla con las aguas de regeneración que le abrieron las puertas de vuestra Iglesia y la hicieron hija vuestra adoptiva, renunció solemnemente al mundo, a la carne y a mí; pero ha sido infiel y mentirosa, puesto que siempre ha amado al mundo, cuyas vanidades, pompas, vanos placeres y riquezas fueron siempre el único objeto de sus pensamientos,d e sus deseos y de sus desvelos; prefiriendo sus ejemplos a los vuestros, sus máximas a las de vuestro Evangelio, ofendiéndoos mil veces a Vos por no disgustar al mundo. Renunció a la carne, pero jamás la quiso refrenar ni domar. Y si no, que diga él mismo ¿qué satisfacción y deleite le negó? Su destemplanza y los ayunos omitidos son muchísimos; causan horror sus impurezas, habiendo superado en este vicio a los animales más inmundos. a sus escándalos debo la conquista de muchas almas que ya padecen en el infierno, y de otras cuya condenación es casi inevitable. Y puesto que sois juez rectísimo, decidid que así como esta alma ingrata me siguió en vida, me siga también por toda la eternidad.

A estas acusaciones, por desgracia muy ciertas, será inútil que el alma interiormente trate al demonio de traidor, pérfido y malvado. Al recordar cómo la lisonjeaba con que los más enormes delitos eran faltas muy leves, con que todos obraban así, con que estas verdades del juicio, del infierno y de la eternidad son formas de asustar de los sacerdotes. Será inútil, porque ya será muy tarde para el desengaño, e ineficaz el arrepentimiento.

Aunque bastará tan terrible acusación para condenar al pecador, no obstante será preciso que el ángel custodio manifieste las buenas obras que hizo esa alma desgraciada. Las oraciones, pero hechas sin atención, con el corazón estragado y distraído de Dios, hechas con intención perversa, por bien parecer o por otros motivos puramente terrenales, sin contar las que ha omitido de las prescritas por la Iglesia y por su respectivo confesor. Las misas que ha oído, pero distrayéndose, hablando y hasta entregándose a conversaciones amorosas con escándalo de los concurrentes, y convirtiendo la casa de Dios en casa de prostitución. Y ¿cuántas veces en días festivos ha dejado de asistir a la misa?… ¿Cuántas ha endurecido su corazón ante la necesidad de extrema de sus hermanos, por mas que haya hecho alguna limosna, quizá con intención mundana? Y ¿qué valen estas pocas limosnas en cambio de sus despilfarros en vanidades de todo tipo?

El santo ángel custodio que Dios había destinado para nuestra guarda desde que nacimos, que tendría una satisfacción en podernos defender de tantos y tan graves cargos de nuestro infernal enemigo, se convertirá en fiscal terrible del alma culpable, diciendo a Jesucristo: Señor, yo protesto de mi inocencia por la pérdida de este ingrato, pues todo lo he probado para salvarlo: son sin número mis inspiraciones para iluminar su entendimiento, las santas sugestiones en su corazón y los remordimientos con que he atormentado su conciencia para convertirle, las veces que le he conducido al bien, que le he hecho encontrar libros saludables, que le he acompañado a oír vuestra divina palabra, en fin, he hecho cuanto he podido, pero todo ha sido inútil, por tanto si se condena, él y sólo él es la causa de su perdición.

¡Qué golpe terrible será para esta alma infeliz el ver a su mismo ángel convertido en enemigo! ¿Qué hará la desgraciada? ¿Negará todo este enorme capítulo de acusaciones? Pero ¿cómo negarlo en presencia del Dios de verdad, que con un solo rayo de su luz le descubrirá todas sus culpas, aún las más escondidas, aún las más leves? ¿Huirá? Pero, ¿a dónde huir de un Dios omnipotente e inmenso? ¿Alegará ignorancia? La ignorancia en un alma cristiana que tuvo o pudo tener tan claro conocimiento de las terribles verdades que le enseña la religión, lejos de disculparla la hace más culpable. ¿Implorará misericordia? Inútilmente, pues ya no hay lugar a ella.

3. El juicio de Dios será terrible por la sentencia inmutable y eterna contra el pecador

Lo que pondrá el colmo al horror de esta alma ingrata y la precipitará en la más espantosa desesperación, será la sentencia que finalmente pronunciará contra ella el divino Juez. sentencia tremenda por lo mismo que será decisiva y eternamente irrevocable, o de gloria o de tormento, sentencia justísima, porque será dada por un Dios de sabiduría infinita, que no puede errar, ni querer sino lo que es justo; por un Dios imparcial en el cual no hay acepción d eprsonas, y en cuya presencia son nada las dignidades, títulos, cetros y coronas.

Vuelto el Juez divino hacia aquella alma desgraciada con un semblante lleno de majestad y más resplandeciente que el sol, con su mirada penetrante y su voz más terrible que el trueno le dictará sentencia. Sentencia que en muchos casos termina en el Infierno, con palabras semejantes a estas: Apártate de mi presencia por no verme jamás, ya no eres mía ni yo seré más tuyo; a vuestro poder queda abandonada, oh espíritus réprobos, y hacedle probar el tormento correspondiente a los deleites a los cuales se entregó en vida. Y apenas pronunciada esta tremenda maldición, desaprece el Jues divino con su majestuoso tribunal, y queda el alma en poder de los demonios que como manada de lobos hambrientos se precipitan sobre ella, arrastrándola con rabia hacia el abismo de tormentos eternos.

¡Oh alma desgraciada! ¿Por qué no abriste los ojos cuando era tiempo? ¿Ignorabas que había un Dios justo vengador de tus ultrajes? ¿Que un día deberías caer inevitablemente en sus manos omnipotentes, que saldrías de su juicio herida de eterna condenación? ¿Por qué perseguirle? ¿Por qué no aplacarle? Pues bien: no quisiste la bendición, y esta se alejó de ti. Has escogido la maldición y te ha venido, y te ha cubierto de pies a cabeza como un vestido, se te ha ceñido como una faja, y ha entrado como el agua en tus entrañas, y como aceite ha penetrado hasta la médula de tus huesos (Salm. 106:18).

Pero, ¿con quién estoy hablando? ¡Ah! Esa alma infeliz no me escucha, no puede escucharme y aún cuando pudiera oír mis reflexiones de nada le servirían: ya está juzgada, ya está condenada, y padece tormentos sin fin entre los demonios. Mas útil será, hermanos míos, dirigirme a vosotros y a mí mismo. Decidme pues: ¿creemos nosotros en este juicio terrible?… Y si creemos en él, ¿por qué no procuramos ahora aplacar al divino Juez? ¿Por qué no nos presentamos desde ahora convertidos en contritos al trono de la misericordia, antes de que seamos presentados al de la justicia? ¿Por qué en este tiempo breve o largo que nos queda de vida no nos apresuramos a merecer su bendición y alejar su terrible y eterna maldición con otras de penitencia, con la práctica de las virtudes, con una vida verdaderamente cristiana?

¡Oh amabilísimo Jesús! Aquí nos tenéis al pie de vuestra cruz, trono de misericordia, de gracia y de perdón. Por los tormentos que padecisteis un día en la misma, por la sangre preciosísima que en ella derramasteis, por la cruz y muerte que sufristeis con tanto amor, tened piedad de nosotros, haced que os temamos ahora como Juez severísimo, para que en el juicio podamos llamaros Padre de misericordia y obtener la sentencia de eterna salvación. Amén.

(Repertorio universal de materias predicables. Tomo IX. P. Jacinto Montargon. 1860)

About the author /


Boanerges | Resistencia Católica. Para instruir en la sana doctrina y contradecir a quienes la niegan. "Non nobis, non nobis, Domine Sed nomini tuo da gloriam" | www.elboa.org

Related Articles

Suscríbase a la Resistencia

Suscríbase a la Resistencia

Únase a nuestro apostolado y reciba gratis en su correo todas nuestras actualizaciones, libros y novedades. Rezaremos por todos nuestros suscriptores, familias y actividades.

Galerías Visuales

    BOANERGES | Resistencia Católica

    Para defender la sana doctrina y combatir a quienes la contradicen | Salve, Roma! In te aeterna stat historia, Inclyta, fulgent gloria Monumenta tot et arae. Non praevalebunt horrendae portae infernae, Sed vis amoris veritatisque aeternae.

    Sitio Certificado y Verificado

    elboa.org Webutation
    A %d blogueros les gusta esto: