El falso problema de los divorciados

Con frecuencia olvidamos que la manipulación no fue inventada por la política o la prensa sino por los espíritus infernales – desde el principio de los tiempos – para incitarnos al pecado: excitan nuestras bajas pasiones y promueven justificaciones razonadas pero viciosas que las defiendan.

El pecado por sí mismo no tiene dignidad para salir a la luz pública. Es algo que nos avergüenza y escondemos. Por esto requiere de justificaciones. Para algunos es una cuestión de número: si todos hacen las cosas mal, ¿por qué no unirnos al pecado? Para otros es una cuestión de ciencia: si está en la naturaleza del hombre ese vicio, ¿cómo podríamos pretender negarnos? Otros, en fin, lo encuentran en la demagogia: defender el pecado como un derecho popular elevará la popularidad de quien lo legitime en directa proporción con los interesados en pecar y de todos los que hasta ese momento no se decidían a pecar por temor a la opinión de los demás.

Una de las notas características de los tiempos en que vivimos es el furor por legislar legitimando el mal. Por consecuencia lógica el bien y sus defensores quedan al margen de la ley y, si es posible, hasta perseguidos. Cárcel para los rectos; garantías y derechos para los pecadores.

En cuanto les es permitido, llevan su osadía hasta los terrenos sagrados para dejar en ruinas la civilización cristiana. Continúan, en su ataque, hasta el terreno íntimo de los hogares, destruyendo la naturaleza divina del matrimonio y los derechos sagrados de las relaciones entre esposos e hijos. Se ataca la potestad paterna para decidir sobre la educación, moral, economía y formación íntegra de sus hijos. Se destruye la mutua fidelidad de los esposos, jurada ante Dios de forma indisoluble pues así de alta y noble es la institución matrimonial, donde los ministros son los mismos esposos y el sacerdote actúa como testigo sacro. La audacia de los criminales no conoce límites y, ya puestos, negarán el derecho mismo a la vida, garantía básica para cualquier otro derecho, tanto de los hijos en gestación como de los ancianos o enfermos, negando al débil y necesitado el auxilio debido. Se eleva el deseo como máxima norma, de modo tal que si un hijo no se desea o bien no se desea vivir, el asesinato es consagrado por la ley corrupta de los criminales.

Se pone, por estos días, la cuestión del “divorcio católico” como una cuestión pastoral que hay que resolver siempre por la misma vía: legitimar el pecado del infiel como un derecho a la bigamia o poligamia si va en su tercera – o más – relación ilícita.

La Santa Iglesia, como Madre, comprende la miseria del pecado y comienza nuestra formación en la fe recordándonos las consecuencias del pecado original, la debilidad humana, el combate contra la triple concupiscencia del demonio, el mundo y la carne y que nuestro enemigo ronda, ansioso, por condenar nuestra alma.

¿Existe en verdad un conflicto respecto a la comunión de los divorciados? ¡De ninguna manera! Sostener lo contrario niega directamente lo central de la vida moral y sacramental. Arrepentidos por la maldad y porque lo hicimos libre y deliberadamente en materias graves corregimos lo mal hecho y enmendamos tanto como podemos el daño, con la voluntad firme de no volver a pecar, confesamos y cumplimos la penitencia impuesta, podemos volver a los sacramentos porque recuperamos el estado de gracia. Perdida la gracia, la comunión es comer nuestra propia condenación, nos enseña la Iglesia. Pero la podemos recuperar con facilidad.

La infidelidad conyugal es un pecado innegable no sólo en la pureza sino contra la naturaleza del matrimonio y la debida fidelidad al otro. Y también contra quien arrastramos al pecado, punto que no podemos olvidar pues fuimos partícipes de un crimen que pesará en nuestro juicio y en el de esa persona.

Un católico amancebado con otra persona, que abandonó su matrimonio y hogar, no puede comulgar porque cometió un pecado grave y vive en él sin propósito de arrepentimiento, enmienda y reparación. Aún si fuese imposible retomar la vida marital, puede vivir buenamente su vida sacramental si abandona su conducta pecaminosa.

En tanto el matrimonio es indisoluble, la persona que abandona el lecho conyugal es bígama si pretende “volverse a casar”. Y si tras abandonar a su conviviente toma a otra persona por “matrimonio”, de bigamia se torna en polígama, al modo de los paganos de más bajo grado de civilización, cercano en mucho a las bestias. No es una cuestión de sentimientos o deseos sino de sacramentos y de honestidad. Se anula un matrimonio por cuestiones tan graves y extraordinarias que hacen inválida la promesa. Otra cuestión es la banalización de las nulidades. Y quienes se amparan de esta corrupción actúan con mayor grado de malicia, pues intentan hacer legal un crimen del que no se arrepienten ni se proponen abandonar y enmendar, aumentando el daño y dolor, sacrificando vidas y almas por gozar de mayores placeres. Es un acto de tal maldad y egoísmo – agravada si hubiesen hijos de por medio – que sobrepasa una simple infidelidad propia de la debilidad de la carne.

La solución para los “divorciados recasados” es simple: retornar al estado de gracia tras un sincero arrepentimiento, abandono del pecado, dolor por la ofensa cometida y tanta reparación como le sea posible tras una sincera confesión. Lo que no es posible es legalizar el pecado por consideración a la popularidad del delito. Eso es un pecado aún mayor y en proporción de maldad según sea la importancia y autoridad de quien lo consiente.

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