El Credo explicado: Tercer artículo

“Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen”

Hasta ahora hemos declarado que Jesucristo es Hijo natural y Único del Padre Eterno (en cuanto Dios), pero también fue Hombre verdadero, y por tanto es necesario creer el misterio de Su Encarnación. Esto es, que en cuanto Hombre fue concebido, formándose milagrosamente Su Cuerpo de la sangre de María Santísima. Se formó a un mismo tiempo el Alma, y fue unida al Cuerpo, y estando ambos ya juntos se añadió la Divinidad del Hijo de Dios en un lazo indisoluble, quedando Dios hecho Hombre.

Siendo aquella Divina Persona Dios y Hombre, y desde aquel mismo momento hubo en Cristo dos entendimientos, uno Divino y otro Humano, por cuanto en el Señor había dos naturalezas. También había dos voluntades: una Divina y una Humana, pero no tenía dos voluntades encontradas, de querer y no querer, porque la voluntad Humana de Cristo estaba subordinada a la Divina, de tal forma que asentía a todo lo que quería la Divina, sin que en nada se apartase de ella.

Este artículo del Credo dice que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Lo primero que hemos de comprender es que no hubo intervención de varón. El Espíritu santo, milagrosamente, de la sangre de Nuestra Señora formó el Cuerpo del Niño Dios. Y se dice que fue obra del Espíritu Santo, porque si bien es cierto que en este acto concurrieron las tres Divinas Personas, también es verdad que como fue una obra de amor, se atribuye específicamente al Espíritu Santo.

Y solamente el Hijo de Dios fue el que encarnó y se hizo Hombre. Es como cuando un hombre se viste, y otros dos le ayudan a hacerlo: entonces los tres concurren a vestirle, pero uno sólo queda vestido. De la misma forma las tres Divinas Personas concurrieron a dar el vestido de Hombre, pero sólo encarnó y se hizo Hombre el Hijo de Dios, que ya antes era Dios, y desde entonces fue Dios y Hombre.

Para que esta Concepción en el santo y purísimo vientre de Nuestra Señora tuviese lugar, Dios envió al Arcángel San Gabriel con la embajada o aviso de que el Verbo quería venir al mundo para remediar al hombre. Y María Santísima, creada purísima por el lugar eminente que ocuparía, dio su consentimiento al Ángel, aunque podría haberse negado. En el mismo instante el Espíritu Santo formó con su sangre purísima un Cuerpo perfectísimo, criando a la vez un Alma racional excelentísima, y las juntó y unió con la Persona del Verbo Divino, y quedó así Dios hecho Hombre en el tálamo virginal, y la Virgen fue desde entonces elevada a la dignidad de Madre de Dios.

Dios ha conferido a María el honor de ser Madre sin dejar de ser Virgen. Así como el sol atraviesa un cristal sin romperlo ni mancharlo, de igual forma el Hijo de Dios hecho Hombre se formó y salió del seno materno sin alterar en nada la virginidad de Su Madre. La perpetua virginidad de Nuestra Señora, antes del nacimiento, durante y después del mismo es un artículo de fe.

La Maternidad divina dotó a la Virgen de una dignidad incomparable, dotándola de una santidad perfecta, de un poder ilimitado de intercesión, y del derecho a un culto especial.

El Divino Niño, por su parte, tenía en Sí una infinidad de gracias y dones en Su nobilísimo Ser: la primera fue la pureza perfecta, de manera que ni pecó ni pudo pecar, ni errar ni engañarse, ni tener imperfección alguna. La segunda fue tan grande santidad que excedió incomparablemente a todos los hombres y ángeles juntos. La tercera es la Visión Beatífica, porque desde aquel instante Su Alma vio la Divina Esencia, con mayor claridad que todos los Bienaventurados juntos. La cuarta es que recibió los tesoros de la Ciencia y Sabiduría de Dios, no divididos, sino todos, para que conociese todas las cosas pasadas, presentes y futuras. La quinta es la potestad de hacer milagros, sin falla alguna, sólo con querer. La sexta es potestad de convertir pecadores y perdonar pecados muy graves.

Errores que contradicen este artículo del Credo:

Hemos visto hasta ahora que cada artículo puede ser atacado con creencias erróneas o falsas, y las herejías de todos los tiempos han producido tales ataques. Algunas de esas deformaciones son: no creer que Dios se hizo Hombre, no reconocer la doble Naturaleza del Hijo, negar la necesidad de la Encarnación y nuestra posterior Redención, no creer en la santidad que Nuestra Señora debía tener para poder albergar al Hijo de Dios en su propio vientre, dudar de la excepción del pecado original que le otorgó Dios desde el momento mismo de su Inmaculada Concepción, negar la virginidad de la Santísima Virgen antes, durante y después de su embarazo y del nacimiento del Señor, no creer en los milagros y no aceptar la Omnipotencia Divina, negar la historicidad de Jesucristo, entre otros.

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