El Credo explicado: Primer artículo

El Credo, como dice el gran Padre San Agustín, es la regla y norma de nuestra santa fe católica, enseñándonos aquellos divinos misterios y verdades infalibles que hemos de saber y creer. Las verdades de las que hablamos están compendiadas en el Credo y Símbolo de los Apóstoles. Se trata de la profesión de fe más antigua, y está dividida en tres partes: la primera se refiere a Dios Padre y la obra de la Creación, la segunda a Dios Hijo y la obra de la Redención, y la tercera al Espíritu Santo y la obra de la Santificación.

No basta con saber verdades tan fundamentales de forma confusa, sino que es necesario entenderlas con todo el alcance que logre la comprensión de cada quién, porque cuanto más se entienden, tanto más se enciende la voluntad para poder alcanzar y disfrutar de aquellos goces celestiales. A diferencia del que sólo los sabe confusamente, como no repara en la gloria que nos proponen y ofrecen, no los aprecia como debe un buen cristiano. Por esta razón el Papa Gregorio XI condenó a los que erradamente afirmaban que para salvarse bastaba la fe del carbonero, esto es, saber y creer confusamente y en general, lo que manda la Santa Madre Iglesia, sin procurar entender explícitamente todas y cada una de las verdades que nos enseña el Credo, obra compuesta, como dijimos, por los Santos Apóstoles. Por ello ahora lo explicaremos de la mejor forma que nos resulte posible, bajo la luz que nos otorgue el Espíritu Santo para ello, con el fin de que todos conozcamos y practiquemos una misma doctrina, confesemos la fe y nos confirmemos más en ella.

No es esta pequeña obrita, presentada en artículos, un trabajo destinado a convencer a los incrédulos, sino a explicar mejor su fe a quienes ya tienen la fortuna de poseerla, y necesiten esclarecerla y afirmarla más y mejor. Esto significa que no nos dedicaremos aquí a demostrar a quienes no la comparten con nosotros los puntos que estamos afirmando. Eso puede ser materia de otra obra futura. Lo que ahora nos interesa es entender qué estamos afirmando con cada artículo (y son 12), qué significa y cómo podemos – con o sin intención de hacerlo – contradecirlo con errores que atentan contra tales verdades.

Sentencias explicadas

“Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del Cielo y de la tierra”

Es tal la importancia de la fe, que todo el conjunto de enseñanzas que debemos atesorar comienzan con la palabra “Creo”. Con esta palabra como pilar y fundamento, nuestra religión se erige, por todo aquello que se nos ha revelado pero aún no podemos ver o alcanzar a comprender plenamente sin la gracia divina para ello. La fe, unida a la humildad que el conocimiento que vamos adquiriendo de lo más alto nos da, es la afirmación rotunda y contraria al acto de soberbia del pecado original: Creo, y porque creo aún sin haber visto, actúo como Dios espera de mí, obedeciéndolo, siguiéndolo, amándolo y haciéndolo amar.

Esta primera palabra nos hace afirmar: Yo tengo por cierto y verdadero todo aquello que contienen estos doce artículos, porque estas sentencias fueron enseñadas por Dios mismo a los doce Apóstoles, y ellos a la Iglesia, y la Iglesia a nosotros; y es imposible que Dios diga algo falso o errado.

Pero continuemos preguntándonos, ¿qué es lo que creemos? Lo primero que creemos es en Dios, aunque no lo veamos ahora con los ojos corporales, y también en que es uno solo, y por eso decimos Dios y no Dioses.

Y en tanto creemos con piedad filial, también tememos la ira divina de nuestro Padre celestial, nos ponemos en Sus omnipotentes manos, le encomendamos nuestra vida y hacienda porque en esta vida nada nos pertenece por completo, obedecemos a Su voluntad antes que a la nuestra propia y, en fin, porque creemos le buscamos y amamos. Y porque le amamos le reverenciamos, por lo cual nos dirigimos hacia Él infatigablemente durante esta vida, para pertenecer a los bienaventurados que pueden tenerle por compañía eterna. Y cumplimos así, en esta magnífica Fe llena de coherencia, con el primer precepto de amar a Dios sobre todas las cosas.

Esta primera frase nos enseña, pues, que existe Dios, aunque no lo veamos con los ojos de la carne. También que no tiene ninguna carencia en Sí, sino que sus atributos son infinitos y perfectos, y por tanto con el poder de hacer todo cuanto sea su Divina Voluntad. En la misma se encuentra el deseo de crear todo lo que está contenido en el universo, del cual formamos parte, con varios fines: expresar Su infinito poder y creatividad, ser glorificado por ello a través de criaturas inteligentes, que hechas a Su imagen y semejanza, reconocen en Él al primer motor del Orden, la Inteligencia y las perfecciones hacia las cuales nos hemos de encaminar.

Cuando decimos esta parte del Credo, afirmamos a la Primera Persona de la Santísima Trinidad, reconociendo su infinito poder y que es el Origen de nuestra propia existencia, junto con todo lo existente. Y lo confirmamos diciendo que creemos en un sólo Dios, que es el Padre natural de un único Hijo – como pronto veremos en el segundo artículo -, también Padre mediante la gracia de todos los buenos cristianos que en Él creen y a quien obedecen y sirven, y Padre por creación – no por naturaleza ni por adopción – de todas las demás cosas, visibles e invisibles.

Nos llevan estas palabras a considerar que antes de la Creación no existía nada excepto Dios, que no tiene necesidad de nada fuera de Sí, y por tanto nos ha creado de la nada misma con su infinito poder, por amor a lo creado, con lo cual compartir Sus maravillas, y para ser también glorificado por Sus criaturas. Este poder infinito es del cual hablamos al llamarlo todopoderoso. Y para hacer esta gran obra no ha necesitado más que querer: “Dijo, y todas las cosas fueron hechas” (Salm. 148,5). Afirmamos por tanto que Dios, el único y Todopoderoso, es por tanto quien sin dificultad alguna ha hecho todo de la nada, y lo abarca todo, lo sabe y lo ve todo.

Decimos, al fin, que es Creador del Cielo y de la Tierra, para referirnos, como ya dijimos, a que ha hecho todo lo que existe. El Cielo es el que vemos, con sus aves, sus nubes y sus estrellas, y también es el mundo espiritual, con sus ángeles, santos, almas y vida ultraterrena. La tierra, por su parte, representa a todo lo material, incluyendo al Universo que nos rodea, nuestro propio cuerpo y a todos los seres vivientes e inanimados.

Cuanto hemos comprendido hasta aquí en el primer artículo de nuestra Fe nos pide adoración, es decir, amor, alabanza, reverencia y respeto hacia este Dios magnífico que ha creado todo lo que existe, con la grandeza y maravilla del Universo entero, y aún lo que está oculto a nuestra comprensión y vista inmediata.

Errores que lo contradicen

Como vamos a descubrir a lo largo de este trabajo, todas las sentencias del Credo han sido atacadas y contradichas en alguna ocasión por mentes torcidas e instigación del mal, a través de palabras explícitas o de acciones nacidas del error. Es tan importante esta declaración de la Fe que es el Credo, que la sola contradicción de la misma, o de una parte de ella, es lisa y llanamente una herejía. Porque, ¿qué es una herejía sino el error sostenido que deforma y confunde respecto a las verdades de nuestra fe, reveladas por Dios mismo a Sus criaturas?

Tenemos la enorme dicha de pertenecer a una religión que ha mantenido la Verdad completa y a resguardo durante toda su existencia, sin alterar su esencia en ninguna de sus partes. Es un honor defender cada uno de los puntos que la componen cuando alguien la ataca, y es también una invitación para que el alma errada recapacite y corrija sus pasos, ahora que todavía es tiempo.

¿Y cómo puede ser atacada esta primera afirmación? Pues de diversas formas: no creyendo, siendo politeístas, negando la perfección y omnipotencia divina, negándose a rendirle una adoración digna del Rey al que nos dirigimos, negando la Creación por parte de Dios y tal como nos la enseñan las Sagradas Escrituras, negando Su Paternidad tanto en la Santísima Trinidad como hacia Sus hijos nacidos por la gracia del bautismo, considerándole por el contrario Padre de aquellos que no lo conocen, aman ni obedecen en Sus sagrados preceptos, negando la existencia de realidades y seres que fueron creados por Él aunque no los podamos ver en esta vida terrena, negando por tanto la existencia de alguno de los Novísimos – o todos – (Juicio, Cielo, Purgatorio e Infierno), nuestra propia alma, todo aquello que la eleva al bien o la hunde en el mal, a los ángeles y los santos, los milagros y el cuidado constante y la gracia con que Dios nos sostiene, de Su Divina Providencia y Bien absoluto, desconfiando de ellos, no aceptando sus mandamientos y negándose a cumplirlos, negando por tanto que podamos ofender a Su perfección y divina Voluntad explícita contenida en tales mandamientos, y por tanto negando la necesidad de nuestra salvación, etc.

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