El corazón humano

¿Qué es el corazón del hombre? ese abismo tan rara vez sondeado, ese profundo arcano donde se encierran los secretos de nuestra existencia, de nuestro origen, de nuestro destino.

Conservamos un confuso recuerdo de lo que deseábamos ayer, comprendemos apenas lo que deseamos hoy, ignoramos absolutamente nuestros deseos de mañana.

Corremos afanosos en pos de la dicha; ¿dónde está esa dicha? oculta, misteriosa, se substrae a nuestras miradas, y mucho más a nuestro alcance: así el niño se fatiga inútilmente para detener el móvil reflejo que se hace juguetear en sus alrededores.

Y sin embargo es cierto que deseamos ser felices; la felicidad es el incesante objeto del sibarita como del anacoreta: huimos de la infelicidad hasta en los terribles momentos en que nos abrumamos con ella atrayéndola con nuestras propias manos: el suicida privándose de la existencia se propone dar fin a la serie de infortunios que no puede soportar más.

¿Qué nos enseña la ciencia sobre los misterios de nuestro corazón? ¡Ah! esa débil antorcha no brilla si se la hunde en aquella nebulosa atmósfera; sus pálidos y moribundos resplandores solo valen para revelarnos la negra inmensidad que nos circunda; así al perdido navegante en la oscuridad de la noche, solo le sirve la endeble luz de su cubierta para mostrarle los abismos que se abren a sus pies.

En la niñez del mundo es dorado como las sedosas hebras de una cabeza infantil; en la adolescencia, rosado y encendido semejante a la aurora de un bello día, lozano, rebozante de esperanzas cual la naturaleza en gallarda primavera; la edad juvenil, descubre ya un horizonte sembrado de espesos celajes, si es que no brega con desecha tempestad; y el cielo aplanado, descolorido, ceniciento, de las frías regiones del polo, no oprime más pesado el alma del viajero, que la existencia a la mísera vejez. Y no obstante, el mundo es el mismo; en las inocentes sonrisas de la cuna, como en la lóbrega cercanía del sepulcro. La realidad, la terrible realidad, no varía; nosotros, nuestro corazón es quien sufre la mudanza.

El hombre prefiere la vista de un objeto cualquiera a la de su propio corazón; allí descubrimos cosas que no queremos conocer, oímos palabras que deseamos no escuchar; nos retiramos con espanto de las mágicas orillas, a la manera de las gentes que evitan el aproximarse al lago sombrío, de donde es fama en el país que salen voces siniestras, y se levantan apariciones misteriosas.

¿De qué nos sirve huir? este corazón es nuestro ser; cuando nos abandonamos a la fuga, lo llevamos con nosotros mismos. Es un fuego del que no nos es dado desprendernos; corremos, nos tapamos los ojos para no ver; mas ¡ay! ¡la velocidad de la carrera acrecienta y aviva la llama!

Si se escuchan sus inspiraciones, desasosiega, atormenta, pierde; si se las desatiende, si se le fuerza a separarse de todo, si no se le da pábulo de ninguna clase, si se derriba cuanto hay en sus alrededores, dejándole arder solo, aislado como la lámpara de una tumba, sus pálidos resplandores enlutan el mundo; producen uns tristeza insoportable, un tedio indecible: la existencia corre como aquellos ríos subterráneos en cuyas aguas no reflejó nunca la luz, que encajándose en hondos caminos murmullan sin ser oídos, y se precipitan con sordo mugido, en un lago sin fondo.

La tierra agostada demanda la lluvia, el tallo abrasado espera ansioso el zéfiro de la tarde y el rocío de la noche, la flor abre blandamente su capullo, al tocarla los rayos del sol naciente; y el corazón necesita amar. Celestial o terreno, ha de amar algún objeto: vano es luchar con esta ley. Si no lo tiene digno de sí, lo buscará inquieto, ansioso; pero antes de permanecer inactivo, se pegará a uno cualquiera. El hambriento recoge del suelo una fruta inmunda, y se la lleva con afan a la boca; al viajero que muere de sed, le parecen cristalidas fuentes los mas turbios charcos.

(Escritos póstumos del Padre Jaime Balmes. 1850).

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