El Cielo según la mística Santa Juana de la Cruz

Santa Juana de la Cruz (1481-1534) tenía numerosos raptos y éxtasis, y las otras religiosas de su convento deseaban saber a dónde era llevada en esas ocasiones, cuando se elevaba. Era un secreto que la santa no pensaba divulgar, pero su propio Ángel la persuadió de hacerlo, y entonces, según se consigna, dijo esto:

“Cuando enajenada de mis sentidos, me veis quedar insensible a todas las cosas de la tierra, entonces soy llevada en espíritu de mi santo Ángel custodio, por la voluntad de Dios, a un asiento o trono preciosísimo, cuya materia si dijese que excedía al oro puro y acrisolado, y a cuánta claridad y hermosura encerró en las piedras preciosas el Autor de la naturaleza, no llegaría con todo esto a ponderar debidamente su riqueza y majestad, porque es muy superior a cuanta se puede hallar y aún imaginar en la tierra.

Este honrosísimo asiento donde mi Ángel me pone, está en los arrabales, términos y linderos de una populosísima ciudad, cuya perspectiva y hermosura de edificios no se puede explicar con lengua humana, porque sus puertas son safiros y esmeraldas, sus muros de rubíes y diamantes, más claros y transparentes que el purísimo cristal, sus enlozados y calles de oro finísimo, más claro y terso que el vidrio. Y aunque el asiento en que yo soy puesta está fuera de ella, no opr eso dejo de ver y gozar lo que dentro de sus muros pasa, porque su gran transparencia y claridad no impide la vista, antes son como un espejo de cristal, en el que los moradores de aquella felicísima ciudad se ven y se representan.

No es imaginable el gozo que mi alma concibe cuando los veo, porque la hermosura y claridad de sus rostros y vestiduras excede al sol en la mayor fuerza de su luz, en las cuales trae cada uno de aquellos ciudadanos dichosos dibujadas con admirable artificio las insignias y divisas de los privilegios con que Dios los enriqueció.

Se ven allí los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento, con diversos blasones acomodados a su dignidad. Abraham con el sacrificio del Cordero; Moisés con la serpiente de metal; Aarón con la vara; Noé con el arca; Jacob con la escala; San Pedro con las llaves; San Pablo con libro y espada; San Lorenzo con sus parrillas; Santa Catalina con su rueda de navajas; nuestro Padre San Francisco con los cinco rubíes de sus llagas, cuales coronados con la aureola de vírgenes, cuales de mártires, cuales de Doctores, cuales con palmas en las manos, formando todos ellos tan lucido y vistoso ejército que mirando su hermosura queda en gloria un alma y pierde sus deseos, sin apetecer otra cosa más que a Dios, que es la fuente de todo este bien.

Muchas veces, hijas mías, llevada de un ansia natural por verme dentro de aquella bienaventurada ciudad y en compañía de sus moradores dichosos, he forcejeado por apartarme de aquel lugar donde el santo Ángel me pone, y acercarme a sus puertas. Pero nunca se me ha concedido, porque siento todos los miembros de mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, asidos con unos hilos o cuerdas sutiles, como el alambre dorado, los cuales me tienen de tal suerte trabada y presa, que no dejan ir donde quiero, ni mover del lugar donde me ponen.

Verdad es que estos rayos o hilos que me tienen asida no me causan dolor ni pena; ni impiden tampoco el movimiento natural de todos los miembros de mi cuerpo. Solamente siento que me tienen ligada en aquel lugar donde soy puesta, sin dejarme desviar de él, lo cual no veo en alguna de las personas que habitan aquella dichosísima ciudad, porque todas ellas muy libres y desembarazadas discurren y caminan como quieren, sint ener cosa que les impida la consecución de sus gozoa y deleites soberanos.

El misterio de estos hilos o cuerdas con que estoy asida, sin poder ir donde quiero, me ha declarado mi santo Ángel, diciéndome que significan las ataduras y vínculo estrecho con que mi alma está asida a esta carne moral mientras me durare la vida; y esta es la causa de quedarme en los términos de aquella santa ciudad, sin poder entrar en ella, aunque más lo procuro, porque este bien solamente se les concede a las almas que están ya libres y sueltas de las ataduras del cuerpo, y como la mía no lo está, soy privada de la libertad que gozan los moradores de aquel Reino bienaventurado, que pasaron ya de esta vida.

Y el quedarme yo en aquellos arrabales y linderos, sin poder entrar dentro, es darme a entender que en las ocasiones de mis éxtasis y raptos estoy puesta como en la raya y términos de aquella gloriosa ciudad, y de este valle de lágrimas, porque ni bien estoy en esta vida, quedando el cuerpo ajeno de los sentidos, y como suspendido de las acciones vitales, ni bien estoy en la otra, supuesto que el alma no está desasida del cuerpo, y esto, hermanas mías, es lo que tosca y groseramente puedo responder a lo que me habéis preguntado, lo cual no diría si mi santo Ángel no me hubiera notificado que era voluntad del Señor que así lo declarase.

“Favores del Rey del Cielo hechos a su esposa la Santa Juana de la Cruz”. Fray Pedro Navarro. Lib. II. Cap. IX. 1622.

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