El Ángelus y el Islam

Pregunta: Me parece bien todo lo que hacen, pero no le veo mucho sentido. Lo siento, pero tengo que decirlo: los musulmanes nos ganaron porque ellos no son como nosotros. Es un hecho: ellos no tienen miedo a mostrar su fe. Ellos detienen el tráfico para rezar y dicen lo que piensan desde su fe. Comienzan el día y lo terminan, ¿cómo? Rezando. Eso nos ganó a los que nos avergonzamos de la nuestra. El resto son palabras. Perdimos la batalla: no hay caso, ellos crecen y se hacen más fuertes y nos conquistarán. Dios nos pille confesados. Gracias por escucharme al menos.

Respuesta: Estimado lector. Gracias por compartir su opinión. Sin duda, la causa que usted menciona es importante, pero no es la única razón que explica su avance. El asunto es más complejo y, sin profundizar en mayores análisis, hay por lo menos seis causas. Las tres primeras religiosas y las otras sociopolíticas.

En el gran orden de las cosas tiene usted que considerar que, primero, carecemos de gobernantes a la altura de las circunstancias, con visión y capacidad de decidir.

En segundo lugar está el factor ideológico: el mundo islámico avanza montado sobre el socialismo y tiene en la izquierda su principal promotor, protector y aporte.

En tercer lugar tiene usted la cultura postmoderna, con su relativismo cultural, teorías de integración y otras ideologías que, del mismo modo que opera el SIDA, aniquilan nuestra capacidad de análisis, crítica y reacción, inutilizando nuestras defensas ante las agresiones.

En cuanto a lo religioso y moral, tiene usted otras tres razones, además de la que ha citado. Tiene usted, primero, su concepto moral, que les impide la esterilidad voluntaria, como en los antiguos pueblos, en los que ser estéril era una maldición. Ellos no abortan ni utilizan anticonceptivos. Ellos adoran las grandes familias y, a diferencia de nuestro occidente envejecido y padeciendo invierno poblacional, con una tasa de natalidad que no nos permite continuar hacia el futuro, su población crece con vigor cada día.

En segundo lugar, de lo anterior se desprende que su centro cultural se da en dos entornos: la familia y el templo. La familia es extensa, incluye a abuelos, padres, hermanos, tíos, primos, etc. Y desde esa familia pasan al templo donde se vive una vida religiosa y en torno a él y su mirada se realizan los contratos, sus ceremonias, son instruidos y perseveran en su fe. Occidente, en tanto, divide y destruye la familia, la relativiza y reduce a un mínimo grupo que perdura brevemente en el tiempo. Los templos, por su parte, se encuentran abandonados son más motivo de discordia y fuente de errores que polos fortificantes de la fe y la moral.

De aquí se desprende el tercer aspecto, y es la vida familiar y organización social en torno a la religión. Hay una moral que impregna todo, hay una doctrina que les rige, son familias que llevan su vida en torno a una fe y no en los espectáculos masivos de deporte o música, ni en la última tecnología, moda, dietas, salud, la bolsa de comercio o beneficios personales de elecciones políticas.

Ahora, si todo eso hace tan fuerte a un pueblo no es por una doctrina nada elogiable, sino por la fuerza de la fe y la moral en una cultura que da cuerpo al pueblo. En esto coincidimos plenamente en su aguda observación: es un asunto de fe y también de moral, si contrastamos el vigor de ellos y la decadencia nuestra. Pero, por lo mismo, el choque de fuerzas – aunque en menor medida y gravedad – también se da en otra militancias en tiempos de graves crisis como el presente. Piense en el avance del terrorismo, sectas, feminismo, etc.

Por otro lado, hay un punto fundamental en lo que usted dice: los católicos también interrumpimos nuestras actividades diarias para orar y comenzamos nuestras acciones con la señal de la cruz. Asunto aparte está el que lo hayamos olvidado colectivamente. El Ángelus ha formado parte de nuestra historia al punto de dividir la jornada de los pueblos cristianos. Al amanecer, para comenzar nuestras obras diarias, al mediodía para un descanso merecido y a las 6 de la tarde, para concluir nuestros trabajos. Durante el día pausamos nuestras tareas para poner nuestros pensamientos y sentimientos ante la augusta presencia de Dios. Ese es el brillo sacral que otorga a los cristianos la devoción del Ángelus.

El día de la Anunciación y Encarnación del Salvador se realiza la profecía antigua del Arca de la Alianza. La antigua llevaba la palabra de Dios hecha piedra; la nueva Alianza la lleva hecha carne.

En el Ángelus recordamos esas sublimes verdades de la Encarnación y las bienaventuranzas. Al Divino Infante los santos reyes llevaron tres regalos: incienso, oro y mirra. Nosotros ofrecemos tres veces al día, lo que Dios ama más de nosotros: nuestra mente, nuestro corazón y nuestra vida. Nuestra mente se rinde y alaba al Padre, nuestro corazón al Hijo y nuestra vida al Espíritu Santo. Y tres veces, al salir el sol, al momento de su máximo esplendor – el medio día – y al anochecer. Ese sol que nos guia y nos recuerda al Sol de justicia y Verdad que es Dios y la Estrella Matutina – Stella Matutina -, el símbolo de la Santísima Virgen, para recordarnos y pensarla a lo largo del día. Todo favorece a una íntima unión con Dios y Su Santísima Madre. ¿Notó usted que tanto la estrella de la mañana como la de la noche (el planeta Venus), anuncian, preceden y siguen al astro rey, el Sol? Son símbolos materiales de las verdades sobrenaturales.

Es Nuestra Señora quien brillaba, en medio de la oscuridad de la humanidad, antes de que el Hijo viniese a alumbrar a los hombres. He aquí la estrella de la mañana, el amanecer de la Verdad encarnada.

Cuando nuestro Señor Jesucristo predicó, Ella desapareció, ocultándose para dar paso al brillo regio del Rey de reyes. Es el medida.

Y cuando el Señor dejó la tierra, reaparece ella, poco a poco, como una señal de esperanza para todos los hombres. Es el anochecer.

Dios nos regaló símbolos para que todo el día recordemos su amor, grandeza y le rindamos honor y afectos.

Por eso el Ángelus lo rezamos a las 6:00 Am, ceca del amanecer, para dar gracias a Dios por el nuevo día, como criaturas amantes y agradecidas de su Creador, alabando a la mayor y más perfecta de sus criaturas: María Santísima. Allí la amamos como hija predilectísima de Dios Padre. Dios escucha, al comienzo del día, nuestra súplica para obtener una fe como la de Ella, que creyó con certeza absoluta en las sagradas palabras antes de su cumplimiento.

Al mediodía (12:00) honramos a nuestro Redentor en la persona de María, Madre admirable de Dios Hijo. Nos alegramos con su elección y aceptación como esclava del Señor. Por ella obtuvimos la Redención. Aquí pedimos la virtud de la esperanza y confianza plena.

Con el crepúsculo (18:00), rendimos gracias de corazón a Dios como Salvador nuestro, y ofrecemos lo que Él mismo redimió: nuestro cuerpo y nuestra alma. Damos gracias, entonces, por María, Esposa fidelísima de Dios Espíritu Santo, Medianera de todas las gracias y pedimos que, por su intercesión, obtengamos del Espíritu Santo los dones y gracias para servir fielmente a la Iglesia y alcanzar nuestra salvación y la de nuestros hermanos.

El Ángelus, como tradición, proviene del triunfo, por intervención celestial, de las fuerzas cristianas en minoría de armas y hombres, contra el islam que avanzaba victorioso en Lepanto. Hagamos cuestión, todos los católicos, de renovar la piedad perdida rezando con mayor fervor el Ángelus y dándolo a conocer, para que todos se beneficien del ejercicio espiritual y gracias prometidas para sus devotos, por honrar la Encarnación del verbo Divino.

No hay oraciones entre los paganos, herejes y apóstatas, ni fuerza entre los enemigos de la civilización cristiana, que puedan acercarse a la sublimidad, belleza, grandeza, piedad, amor y fidelidad a Dios como se reflejan en los versos del Ángelus.

Por si lo desconoce, le dejamos aquí sus versiones traducidas al español.

El Ángelus

V. El Ángel del Señor anunció a María.
R. Y concibió por obra del Espíritu Santo.
Dios te salve, María… Santa María…

V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra.
Dios te salve, María… Santa María…

V. Y el Verbo se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros.
Dios te salve, María… Santa María…

V. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Oremos:
Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a
la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

ÁNGELUS DOMINI

V. Ángelus Dómini nuntiávit Maríae.
R. Et concépit de Spíritu Sancto.
Ave María.

V. Ecce ancílla Dómini.
R. Fiat mihi secúndum verbum tuum.
Ave María.

V. Et Verbum caro factum est.
R. Et habitávit in nobis.
Ave María.

V. Ora pro nobis, sancta Dei Génitrix.
R. Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.

Orémus:
Grátiam tuam, quaésumus, Dómine, méntibus nostris infúnde: ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui Incarnatiónem cognóvimus, per Passiónem ejus et Crucem ad
resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum.
R. Amen

Regina Coeli
(Durante el tiempo pascual, en lugar del Ángelus, se dice el Regina coeli)

V. Reina del cielo, alégrate.
R. Aleluya.

V. Porque el Señor, a quien mereciste llevar.
R. Aleluya.

V. Ha resucitado, como lo había dicho.
R. Aleluya.

V. Ruega al Señor por nosotros.
R. Aleluya.

V. Goza y alégrate, Virgen María. Aleluya.
R. Porque verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Oremos:
Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María,
llegar a alcanzar los gozos eternos. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Regina Coeli

(A Sabbato Sancto in meridie usque ad meridiem sabbati post Pentecosten inclusive dicitur)

V. Regína coeli, laetáre.
R. Allelúja.

V. Quia quem meruísti portáre.
R. Allelúja.

V. Resurréxit, sicut dixit.
R. Allelúja.

V. Ora pro nobis Deum.
R. Allelúja.

V. Gaude et laetáre, Virgo María. Allelúja.
R. Quia surréxit Dóminus vere. Allelúja.

Orémus:
Deus, qui per resurrectiónem Fílii tui Dómini nostri Jesu Christi mundum laetificáre dignátus es: praesta quaésumus ut per ejus Genitrícem Vírginem Maríam
perpétuae capiámus gáudia vitae. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum.
R. Amen.

Confiamos en haber respondido a su pregunta y agradecemos sus oraciones. Cuente usted con las nuestras, como rezamos por todos los lectores.

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