Editorial: La gloria de un ideal que se levanta

Imagine el lector la escena de la Pasión. Al paso del Divino Redentor la muchedumbre se agolpa para contemplar el horrible espectáculo. Herido, humillado, escarnecido, agotado en sus fuerzas humanas, el Hijo de Dios carga la Cruz para pagar por nuestros pecados. A su vista los hombres que escucharon Sus bienaventuranzas, aquellos que pocos días antes le aclamaron como Rey y Mesías, ahora callan o se burlan. Quienes cayeron de rodillas ante Sus milagros, ante tanta bondad y majestuosidad, hoy permanecen de pie. Unos cobardes y otros crueles con notas de perfidia. Incluso quienes recibieron debían dar gracias por los milagros que Él obró, aquellos que conocían la verdad, quienes Le escucharon y seguían, aún Sus mismos apóstoles, callaban, huían, retrocedían ante la muchedumbre deicida. Él callaba, sufría y les contemplaba con esa mirada que obró la conversión de Pedro e hizo caer por tierra a los soldados llamados por el Sanedrín para apresarle y matarle.

¿Qué pasión horrenda movía a esas gentes? En unos la cobardía y en otros la perversidad, pero en unos más también la indiferencia. Tan sólo un puñado fiel, aunado en torno a Nuestra Señora, permanece leal pese al clamor del populacho. Firme, de pie, a pesar de todas las consecuencias, de toda la incomprensión, del desprecio de esa mayoría corrupta, levanta la fidelidad hasta la misma cruz. Su eco en los siglos elevó a los caídos, dio fuerzas a los débiles, consuelo a los sufrientes, luces a los místicos y ánimo a los combatientes.

Hoy, cuando Nuestro Señor sufre una segunda Pasión en su cuerpo místico, esto es, en la Santa Iglesia, la muchedumbre vocifera pidiendo Su muerte, clamando por toda clase de humillaciones, persiguiendo a los fieles, exigiendo toda suerte de apostasías y festejando la podredumbre de los miembros. Son otros los que contemplan con indiferencia, se suman al oprobio o callan por cobardía. Y, como entonces, caen los estandartes que por siglos se levantaron como frutos de esa Sangre divina y de todas las gracias que atrajeron sobre la raza humana. Y es la Santísima Virgen quien agrupa a los fieles y llora al ver el rostro irreconocible de Su Divino Hijo nuevamente crucificado, humillado y aparentemente derrotado.

¿Es el mismo pecado? No. En absoluto. A los primeros, si fuese posible, podría excusarles algún teólogo ansioso de congraciarse con los criminales, invocando que tal vez no comprendían todo pese a ver y asistir al paso del Señor por la tierra, tras ver a Dios mismo hecho hombre, tras ver Sus milagros y escuchar Sus enseñanzas. Pero el populacho de hoy conoció y comprendió todo cuanto significó la Vida y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y le escuchó y asistió a Sus palabras en el tiempo y sus milagros en la historia en la Santa Iglesia, Su Esposa. Miles de voces y santos ejemplos, millones de luces arrojadas sobre los tiempos y los pueblos, claman por una forma de infamia aún peor si fuese posible superar al deicidio. Un bárbaro es un género natural de corrupción, en tanto un ser civilizado que apostata de la civilización ha dado vueltas las espaldas a lo que conoce de superior, de mejor y de excelente para preferir su corrupción y negación progresiva. Es, en cierto modo, un pecado contra el Espíritu Santo en tanto va negando verdades conocidas como tales y reveladas por Él. Un cristiano que apostata de la fe, que niega las verdades enseñadas constantemente durante dos milenios y a lo largo de todo el orbe terrestre, niega mucho más que sólo las verdades, pues las niega con las pruebas y frutos de la civilización y formas que adquirió con el tiempo.

Hoy, como entonces, los estandartes de los ideales, las banderas gloriosas de las verdades cristianas, los clarines de los principios católicos van cayendo y van callando.  ¿Puede ser llamado bueno aquel que contempla a Su Madre padecer vejaciones y humillaciones mientras es negada por sus hijos y entregada a Sus enemigos? ¿Puede ser llamado un buen fiel aquel que contempla pasivo o cómplice de la invasión del Reino y niega a Su Rey y Señor auxilio y reconocimiento?

***

“Hijos del trueno”. Con este nuevo nombre el Divino Redentor llamó a los apóstoles Santiago y Juan por su amor bravo y combativo. Cuenta la tradición que, tanto amados por el Señor como de los primeros discípulos, eran además primos maternos y amigos desde la infancia.

Es en medio de las nubes de tormenta que braman sobre la humanidad que nos congregamos en torno al discípulo amado y al apóstol de la Hispanidad para luchar y combatir en la Causa Santa. Es en torno al bramido del trueno, al amor entusiasta de quienes, como ellos, conocemos la gloria de la Cristiandad y amamos sus frutos más que a nosotros mismos y que, por amor de Dios, extendemos nuestro amor por todas las almas, para que se salven y alcancen el conocimiento de la perfecta ortodoxia, que levantamos los estandartes caídos y abandonados al paso del Señor en Su nueva Pasión.  Como ellos, ardemos de deseos de ver amada a la Santa Iglesia, a las almas redimidas, los altares congregando a las almas como manantiales de gracias y luz, a sus sacerdotes santos, a las almas consagradas unidas por el mismo amor y devoción, a los pueblos regidos por la sublime Sabiduría de los Evangelios y unidos por la fraterna armonía nacida de ser hijos de la misma Madre y abrazados por el mismo Padre, Rey y Señor de todo el Universo. Esta lucha, nuestra y vuestra, es una cruz que amamos, es una cruz por la que se sufre y se sacrifica todo, se renuncia a comodidades y al aplauso de las muchedumbres, es una cruz que promete a momentos escarnios, burlas y persecuciones, pero es una cruz que también promete la gloria de la Resurrección y que llama a una generosidad, caridad y amor enaltecido por la santidad que refulge como en la Divina promesa para quienes no procuran salvar sus vidas sino las almas de los prójimos, con quienes brillarán para siempre en la gloria de los Cielos.

Es este apostolado una invitación a lo sobrenatural, a lo maravilloso y magnífico de la Santa Fe, a las grandes verdades olvidadas, a la humildad de quien no se sigue a sí mismo ni a los criterios de las modas o mayorías sino a las voces seguras de los santos y de la Tradición. Es una invitación a unirnos en torno a la santa Cruz de Cristo, aquella que, según reza el principio cartujo, “Stat Crux dum volvitur orbis”, esto es, la Cruz permanece constante mientras el mundo cambia.

Boanerges es un apostolado que lucha por la felicidad de los hombres aquí en la tierra como fruto de la civilización cristiana[1] y en los Cielos como sólo la Santa Iglesia, Puerta de Salvación, puede ofrecer a la humanidad corrompida por el pecado y aún mucho más hoy, infectada por una civilización de apostasía y crímenes horrendos. Y lo hace del modo más humilde, por la vía más segura y perfecta, esto es, queriendo lo que la Iglesia quiere, tal como Ella lo quiere, del modo en que Ella lo quiere y de las formas en que Ella lo piensa, promueve y ordena. Nada si Ella no lo aprueba y todo si Ella lo pide. Y lo deseamos, luchando por ello, en medio de la mayor crisis de la historia, mientras se martiriza y se persigue como nunca antes a los cristianos en la faz de la tierra, cuando tres cuartas partes del planeta gimen bajo tiranías criminales y el otro cuarto se descompone por vicios y egoísmos aplaudidos por muchos y consentidos por quienes deberían combatirlos trabajando por su conversión y enmienda.

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Es un 30 de junio, memoria de los primeros mártires de Roma, que lanzamos el primer número de nuestra publicación oficial. Una edición que tiene por centro y fundamento al Sagrado Corazón de Jesús y al Corazón Inmaculado de María. En ellos encontramos todo consuelo, aliento y llamado de perfección cristiana. Junto a ellos, nuestro tercer libro. Si en el primero nos maravillaba toda la gloria y dignidad del Papado, con su magnífico simbolismo, aristocracia y santidad, en el segundo elevamos nuestras voces con argumentos nuevos, fuertes y claros, venidos de la ciencia, la razón y la moral, en defensa de los pequeños indefensos asesinados en el vientre de sus propias madres. Hoy cantamos la sublime gloria del sacerdocio, acentuando toda su belleza, símbolos, funciones y poder.

Continuando la línea  de los apostolados particulares de quienes se reunieron en torno a este ideal, repasamos la misericordia de los milagros de la Iglesia, las realidades sobrenaturales, las enseñanzas de los santos, el tesoro de las oraciones, devociones y advocaciones, señalamos las luces de la cultura y de la historia cristiana y abrimos nuevos canales para sembrar en ellos las semillas de luz, gracia, consuelo y esperanza para todos los hombres.

Que Dios nos auxilie, María Santísima nos ampare, los santos y mártires nos protejan y que todo sea siguiendo el lema de San Bernardo de Claraval, “Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini Tuo da gloriam”, “No para nosotros, Señor, no para nosotros sino para la Gloria de Tu Nombre”.

En Roma, a 30 días del mes de junio de 2014, conmemoración de los primeros mártires de Roma.

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[1]Imaginen –escribe San Agustín de Hipona– “un ejército constituido por soldados como los forma la doctrina de Jesucristo, gobernantes, maridos, esposas, padres, hijos, profesores, servidores, reyes, jueces, contribuyentes, recolectores de impuestos, como los quiere la doctrina cristiana. ¡Y osen [los paganos] decir todavía que esta doctrina es opuesta a los intereses del Estado! Bien por el contrario, debéis reconocer que es una gran salvaguarda para el Estado, cuando ella es fielmente observada”. (Epíst. 138 al. 5 ad Marcelinum, capítulo II, 15)

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