Editorial: el bien y el mal en nuestros días

El mundo tiembla conmovido y espantado por los rumores y noticias de guerras y persecuciones ya en Oriente Medio, ya en África, Europa, Asia y las Américas. Los infieles levantan sus armas contra la señal de la Cruz.

En su odio criminal y deicida desean derribar aún las ruinas mismas de lo que fuese la civilización cristiana. No es el crimen y el pecado hacia donde vuelcan su furia sino hacia lo que representan los pocos bastiones sobrevivientes del colapso de la Cristiandad. No es hacia los hedores de la corrupción, hacia la propaganda del vicio, hacia el error con fuerza de ley ni la injusticia de la maldad, sino hacia los ecos de las bases de los principios naturales y divinos que desde su fundación llegan hasta nuestros días. Odian cuanto pueda haber sobrevivido, por poco o mal que sea, sea en los principios de una fe y piedad sólidas, de la propiedad privada, de la fidelidad y constitución del matrimonio, del respeto a la vida, de la sacralidad del sacerdocio o aún en cuestiones sociales o políticas.

La hermandad del Mal une así a mahometanos, comunistas, apóstatas, cismáticos, idólatras y descreídos en una amalgama imposible de concebir sino en el vientre maligno que acrisola sus perfidias.

Si en un tiempo los cristianos unieron sus mejores inteligencias, lo mejor de su gente y su valor para luchar contra los enemigos de la civilización y de Dios mismo, el estado actual les encuentra divididos y confundidos cuando no ocupados de sí mismos y de las menudencias de sus vidas. La corrupción de las costumbres, la contaminación doctrinaria y los vicios particulares o colectivos tientan a la desesperación si no se mantuviesen inconmovibles las certezas de la fe y divinas promesas.

Los apóstoles Santiago y San Juan, primos de Nuestro Señor Jesucristo y primeros en seguir la Divina invitación, fueron llamados por el Señor verdaderos boanerges, hijos del trueno, o sea rayos fulminantes en medio de la oscuridad de la tormenta, ya que por el resplandor y fuerza de su celo y piedad estaban destinados a iluminar la oscuridad de los pueblos que gemían en el error y el paganismo. También a resonar por la fuerza de su prédica hasta los confines de la tierra.

Quieran ellos, verdaderos modelos de celo, ciencia, piedad y amor de Dios, amparar los esfuerzos de los fieles de hoy en día y conducirles al triunfo prometido por Nuestra Señora en Fátima. A ellos dedicamos nuestros esfuerzos y por su intercesión rogamos frutos apostólicos. Que ellos hagan florecer sobre la tierra nuevos apóstoles ardientes de amor de Dios, devotos de la Santísima Virgen, celosos por el triunfo y exaltación de la verdadera Iglesia y modelos de la verdadera Misericordia.

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