Devoción a los Santos Ángeles custodios

Días consagrados especialmente a la devoción de los Santos Ángeles custodios

1. El martes de cada semana. La Iglesia consagra en particular este día al culto de los santos Ángeles. Nosotros, a imitación del angélico San Luís Gonzaga, que tenía gran devoción a su Ángel de la Guarda, no dejaremos ese día de obsequiar nuestra devoción fervorosa al nuestro, practicando alguna mortificación especial, como la de abstenernos de alguna vianda, de rezar con los brazos en cruz, etc., y dando si se puede alguna limosna.

2. En nuestro cumpleaños. El día en que nacimos fue el día que Dios nos destinó al Ángel que nos guarda; y según la opinión de los teólogos, mientras la criatura crece dentro del vientre materno el mismo Ángel custodio de ella le cuida. Pero al nacer se nos adjudica el propio. Santifiquemos pues aquel día con una oración ma´çs larga, con algún otro ejercicio más señalado de piedad, todo en reconocimiento de aquel primer amor con que el santo Ángel comenzó ya entonces a cuidarnos.

3. El día primero de cada mes. Será para nosotros muy útil imitar la devota costumbre de consagrar cada mes un día al retiro; y meditando alguna máxima eterna, examinándose con diligencia y acercándose a los santos sacramentos siempre que sea posible, renovar y avivar los santos propósitos.

Oración a los Santos Ángeles nuestros custodios
(Para alcanzar su asistencia en la hora de la muerte, después de rezados nueve Padrenuestros, con Ave María y Gloria)

Espíritus celestiales, Ministros del gran Dios, a quien fuisteis fieles desde el primer instante de vuestra creación, y que por haber hecho un santo uso de aquellas gracias con que él se dignó benignamente enriqueceros, tenéis la dicha de gozar de una inalterable y eterna felicidad: vosotros que santamente seguísteis el camino que se os había mostrado para llegar seguros a la verdadera gloria; vosotros que supísteis aprovecharos tan bien de las luces que os dieron al salir del caos de la nada, venid a socorrernos, ¡oh puras Inteligencias! Y ya que vuestro Creador y Dios, Dios también y Creador nuestro, se dignó ponernos a nosotros bajo vuestra defensa, protección y cuidado, con no menos humildad que confianza os pedimos que en el artículo crítico de la muerte redobléis a favor nuestro aquella amorosa solicitud con que nos amparáis ahora cuando tenemos que combatir contra los enemigos infernales. Inflamaos entonces de un celo particular contra los ángeles de tinieblas y de iniquidad, que tan gloriosamente sabéis vencer ya desde el principio del mundo. Sugeridnos en aquella hora esos felices sentimientos que os animaron y enfervorizaron al sostener la gloria de vuestro Dios. Insinuadnos en aquellos momentos terribles aquellas máximas que tan prontamente os fortalecieron cuando las inteligencias revoltosas, los demonios, se empeñaron a atraeros a su partido, y a arrastraros consigo a la eterna condenación. Alcanzadnos con vuestra intercesión aquellas gracias que conocéis nos serán más necesarias en aquel peligroso pasaje del tiempo a la eternidad. Inspiradnos sentimientos de una verdadera conformidad con la voluntad de Dios, sentimientos de una verdadera contrición de todos nuestros pecados, y luces que nos hagan descubrir claramente los errores en que podemos tal vez haber incurrido, y las obligaciones que tal vez no hemos cumplido aún, para que así podamos satisfacer a la divina justicia antes de comparecer a su terrible tribunal. Hacednos concebir ahora todo aquel temor que deberemos tener entonces a causa de tantas infidelidades contra nuestro buen Dios, y alcanzadnos gracia para llorarlas y detestarlas con el debido sentimiento. Y sobre todo alcanzadnos aquella gracia que es la corona y la principal de todas, esto es, el rendir aquel último anhelante aliento en el ósculo santo, en la perfecta amistad de nuestro Dios. Perdonadnos, ¡oh Espíritus amabilísimos! el olvido que tantaws veces hemos tenido de vosotros, y de tantos beneficios que nos habéis dispensado. Reconocemos ingenuamente que así como el cuidado que tenéis de nosotros es continuo, así nuestra correspondencia a vuestro amor debería ser sin interrupción. Perdonadnos, ¡oh Espíritus llenos de caridad! el poco respeto que os hemos tenido, atreviéndonos a pecar a vuestra presencia, delante de vuestros mismos purísimos ojos. Proponemos amaros en adelante con más fervor, ser más dóciles a vuestros consejos, obedecer con más prontitud vuestras órdenes, reconocer con más ternura vuestros favores, y confiar en vuestra poderosa protección con una confianza más viva, más firme y más afectuosa. Con esta protección poderosa dignáos favorecernos especialmente en la última hora de nuestra vida, a fin de que podamos juntamente con vosotros ver a Dios. Amén.

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