Depósito de la Fe

San Pablo escribe a Timoteo: “Conserva con fe y caridad en Jesucristo las verdades que has recibido de mí; guarda este depósito por el Espíritu santo que habita en ti… Lo que has aprendido de mí delante de muchos testigos, confíalo a hombres fieles y capaces de enseñar a los demás” (II Tim. 1:13; 2:2).

San Vicente de Lerins dice al respecto: “¿Qué es un depósito? Es lo que se os ha confiado, y no lo que habéis inventado; vosotros lo habéis recibido, y no imaginado. No es el fruto de vuestras reflexiones, sino el de las lecciones de otro; ni vuestra opinión particular, sino la creencia pública. Empezó antes que vosotros y llegó hasta vosotros, no sois su autor sino el depositario, no el fundador sino el discípulo. No manifesteis a los demás el camino sino siguiéndole vosotros mismos” (Commonit. 22).

Los apóstoles dicen a los judíos: “Nosotros no podemos menos de publicar lo que hemos visto y oído” (Act. 1:22). “Nosotros os anunciamos y os atestiguamos lo que hemos visto y oído” (I Juan 1:1). Tal es la función y la misión de los pastores de la Iglesia: enseñar a los demás lo que ellos mismos recibieron por tradición.

Los que han tratado de hacer odiosa esta enseñanza han hecho mal en decir que los prelados son los árbitros de la fe de los fieles; porque ellos también están sujetos a la misma tradición, y encargados de perpetuarla. Si algunos quisieran alterarla, los fieles, entre los cuales hay muchos de más edad que sus pastores o instruidos por lecciones más antiguas, tendrían derecho para reclamar contra la nueva doctrina y apelar a la creencia universal de la Iglesia.

Efectivamente, cuando una doctrina es revelada por Dios, no está en los hombres el alterarla, derogarla y entenderla según les plazca; la revelación sería inútil, si no se transmitiera en toda su pureza por medio de una tradición segura e inalterable. Los libros del a Escritura no serían suficientes, porque la sucesión de los siglos, la alteración de las lenguas y de las costumbres, el curso de las opiniones filosóficas y la animosidad de las disputas esparcen necesariamente la oscuridad en los textos más claros.

Para conservar el depósito de la fe en toda su integridad reune la Iglesia católica medios que se sostienen y apoyan mutuamente: el texto de la Escritura, la enseñanza uniforme de los prelados y el sentido del culto practicado a la vista de los fieles. Cuando estos tres signos están de acuerdo, sería una demencia sostener que no nos suministran más certeza que el texto de la Escritura solo. Cuando este último tiene necesidad de explicación y se pone en duda su sentido, hay que recurrir a los otros dos signos para terminar la disputa.

Aún cuando la divinidad de Jesucristo no estuviera expresada en la Sagrada Escritura sino por textos equívocos, como han dicho algunos herejes a lo largo de la historia, entonces la creencia constante de los Padres, los signos del culto supremo o de la adoración rendido a Jesucristo, las oraciones y cánticos de la Iglesia de siempre bastarían para poner fuera de duda el sentido de la Escritura. Y lo que hemos ejemplificado con la divinidad de Jesucristo es aplicable a cada uno de los dogmas de la Iglesia católica.

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