¿Deben ser célibes los sacerdotes?

El sacerdote ofrece – o puede ofrecer – la sangre del divino Cordero a diario. Un ministerio tan sacrosanto pide la pureza de todo el hombre, que no se piense más que en Dios y en lo que pertenece a tan grande Señor.

Todo debe corresponder a la grandeza y elevación del augusto y sublime ministerio. El Celibato religioso es un modelo del Celibato celestial, constituye almas incorruptas en la carne corruptible y santifica todos nuestros afectos. “La continencia – decía San Epifanio – es necesaria por honor mismo del sacerdocio”.

No hay nada que convenga más al servicio del altar que la pureza. Tal servicio es santo. Libres los ministros sagrados de los vínculos del matrimonio, pueden dedicarse al culto divino y a todos los ejercicios de piedad. En cambio, si tuvieran mujer deberían dedicar tiempo a ella y a los hijos, y cuanto tiempo empleasen en su familia se lo estarían negando a la Iglesia y a los deberes de su ministerio.

“Quien está sin mujer – dice San Pablo – se interesa en lo que es del Señor y ve cómo agradar a Dios: un casado tiene su pensamiento en las cosas del mundo y en cómo agradar a su mujer, por lo que vive dividido”.

Un párroco casado sería igual a ponerle en la dura necesidad de no cumplir jamás bien con el deber de padre y menos con el de pastor. ¿Acaso los eclesiásticos casados abandonarían a su consorte e hijos para prestarse amorosamente al servicio de los apestados, a la asistencia de los hospitales, cárceles y enfermos, al rescate de los cautivos esclavos, a la conversión de los infieles, a catequizar a las naciones bárbaras y a otras tantas obras de caridad que continuamente enfrentan peligros para la propia vida, por ejercer el bien? Si los eclesiásticos no fuesen célibes, ninguno se hallaría que se sacrificase de tal manera.

Un párroco casado no entregaría aquellos bienes que le resultase posible a los pobres, porque no querría dejar sin éstos a su esposa e hijos. Lo cual resultaría comprensible, porque un hombre casado debe proveer a la subsistencia de la familia y elevarla al mayor rango y grado de comodidad posible. Quien tiene hijos, deja lo que posee a esos hijos. El sacerdote célibe dedica todos sus esfuerzos y ganancias a sus hijos espirituales, a quienes da cuanto posee.

Los eclesiásticos deben distinguirse de los seglares, mostrarse y ser irreprensibles y santos. El pueblo jamás respetará a un sacerdote que actúe como cualquiera. ¿Quién querrá depositar el secreto de sus pensamientos y culpas en el seno de aquel que lucha cada día por mantener en el buen camino a su propia familia antes que a nadie más, como correspondería a su papel de esposo y padre?

El celibato eclesiástico se remonta hasta el tiempo de los Apóstoles. Nadie ignora cuánto Jesucristo amó y aconsejó la castidad. Era por tanto muy natural que los Apóstoles que le siguieron, si tenían mujer, se abstuviesen por agradarle del uso del matrimonio. San Pablo en su primera carta a los Corintios recomienda vivamente la continencia, manifestándoles el deseo de que le imitasen en no tener mujer, como él jamás la había tenido.

El Concilio de Elvira, celebrado en el año 305, establece y fija la regla de la absoluta continencia de los obispos, sacerdotes, diáconos y de otros clérigos adictos especialmente al servicio divino, bajo cuyo nombre debían entenderse los subdiáconos. El Concilio de Neocesarea, celebrado en el año 314, tiene un cánon más estrecho: “si un presbítero – dice – se casa, sea depuesto”. En el famoso concilio Niceno y primero general tenido en el año 325, se prohibe a todos los obispos, presbíteros, diáconos y otros del clero el tener en su compañía otras mujeres que a sus madres, hermanas, tías o de quienes prudentemente no deba sospecharse.

Al siglo cuarto también pertenece la célebre decretal del Papa Siricio del año 385, dirigida a Imerio Obispo de Tarragona en España, donde después de manifestar el santo Pontífice su gran dolor por los abusos que se experimentaban, reclama a la observancia de la disciplina de la Iglesia, suponiendo ya por ley inviolable obligados los sagrados ministros a guardar la continencia y castidad y privando a los transgresores del honor y ejercicio del sagrado ministerio.

Poco después del año 390 se convocó el segundo concilio de Cartago, y en él hay un cánon al propósito muy notable, pues nos comprueba que la continencia que en él se decreta era de tradición apostólica, y que tuvo principio en los primeros tiempos de la Iglesia.

Entre los muchos errores de los protestantes en el siglo decimosexto, fue muy grave el de haber proscrito el celibato sagrado. El clero entre los protestantes no es una asociación venerable y distinguida. Por complacer a su esposa e hijos, tienen que seguir los pasos de los hombres del mundo. La iglesia les ocupa poco tiempo, ya que no rezan horas canónicas, no tienen asistencia a coro, y toda su ocupación se reduce a predicar alguna vez, presidir algunas preces y asistir a su servicio religioso. Por el contrario, el párroco católico, además de la predicación y oraciones públicas, rezo y misa, tienen el desempeño del tribunal de la penitencia (confesión), administración casi cotidiana de todos los sacramentos, arreglo y cuidado de sus feligreses, en definitiva, una continua dedicación al culto católico.

Dicen los padres del Concilio de Trento, que Dios no niega el don de la castidad a los que se lo piden con confianza, ni permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Por medio de la continencia el religioso aprende a reinar sobre sí mismo, y no hay victoria más apreciable, más útil y que más contribuya a su felicidad. No es algo tan difícil cuando se ama la Religión, y es prueba de ello la gran cantidad de personas que practicaron la continencia. Como dice San Agustín en su tiempo: ¿Quién ignora, o no ve cómo la multitud de los cristianos puros y estrictamente continentes cada día va difundiéndose más por todo el mundo?

Sin duda han habito eclesiásticos incontinentes, como también casados adúlteros. Si porque se quebranta una ley, debiera revocarse, ninguna quedaría firme y estable. En vez de suprimirla absurdamente, ha de castigarse al trasgresor y vigilar su observancia. Por eso durante siglos, cuanto más la disolución se esforzaba por infestar y contaminar al clero, tanto más la casta Esposa de Cristo redoblaba su vigilancia y cuidado, para mantener la honestidad, y los Papas, obispos y otros santos varones no cesaban de inspirar a los eclesiásticos el debido comportamiento y de conducirles al buen orden.

No se puede reprobar entonces al Celibato porque hay quienes faltan a él. Ha de condenarse la perversidad de los que le deshonran.

Estudiando los países donde el celibato fue proscrito se halla que a la par las costumbres de los hombres fueron deteriorándose por falta de ejemplo, y así aumentaron los adulterios hasta alcanzar los niveles alarmantes de vicio actual, en que ya no se considera necesario ni siquiera el matrimonio, y si lo hay se puede disolver como si fuese un juego. Esto es así porque el recato de los eclesiásticos y la castidad que profesan sirven también de ejemplo a los legos.

La disolución moral de los sacerdotes produce una mayor desintegración moral de los fieles. Es inevitable. Y lo que se pide a un religioso es que dedique toda su vida, a cada momento y de todas las formas posibles, a la perfección a la que ha sido llamado.

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