Cuando pedimos perdón…

¿Por qué en el Padrenuestro los pecados son llamados deudas?

Porque delante de Dios Nuestro Señor nos hacen reos y deudores de las penas del Infierno, si son mortales, y de la ira de Dios.

¿Por qué se llaman nuestras culpas o deudas?

Porque regularmente no estamos con una sola, y para denotar que no debemos suplicar a Dios nuestro Señor el perdón de nuestras culpas solamente, sino también las de nuestros prójimos.

¿Por qué decimos a Dios que nos perdone así como nosotros perdonamos a nuestros deudores?

Porque es absolutamente necesario perdonar a los otros las injurias que nos hacen, si queremos que Dios nos perdone nuestros pecados.

Por esta palabra, Deudores, se entienden las injurias y ofensas que recibimos de nuestro prójimo, y así decimos a Dios nos perdone nuestras culpas, de la misma suerte que nosotros perdonamos a los que nos ofenden; porque es absolutamente necesario el perdonar si queremos ser perdonados. De modo que aquel que no quiere perdonar las injurias al prójimo, se hace indigno de que Dios Nuestro Señor le perdone a él. Así debemos perdonar de corazón a aquellos que nos deben dineros y niegan deuda delante de la justicia; a los que han hurtado bestias y otros bienes, quemado el fruto de nuestro trabajo y hecho otros daños, aunque podemos pedirlo por justicia, y querer se nos restituya del daño, lícitamente, pero siempre debemos perdonar la injuria.

Finalmente, diciendo que nosotros perdonamos las injurias a nuestros enemigos, manifestamos que nos gusta la misericordia, y que es de ánimo generoso y grande el perdonar; que a no ser así, cuando pedimos misericordia a Dios, nos podría responder el señor: ¿cómo queréis que Yo use de misericordia con vosotros, habiéndola aborrecido’ ¿Y cómo me pedís perdón, habiendo juzgado que era cosa vil el perdonar? Perdone de buena gana el cristiano las injurias y agravios, que Dios le perdonará también; porque como vemos, la sombra sigue al cuerpo; si él se inclina, ella también; si se levanta, también la sombra. Primeramente se ha de inclinar el cuerpo para inclinarse la sombra. Para perdonar Dios, primero debemos perdonar nosotros. Es la piedad, y misericordia del Señor, que si el cristiano se inclina a perdonar, Dios también piadoso se humana e inclina al perdón, pero si no, ni la Majestad Divina perdona.

Caso raro y espantoso es el que refiere San Gregorio. En Roma murió un hombre sin haber querido perdonar en vida a su enemigo. Puesto el cadáver en la Iglesia de San Pedro, cantando el Coro: Parce mihi Domine, por tres veces, respondió una Santa Imagen de Cristo Señor Nuestro, Non parcam, no le eprdonaré, y la tercera vez dijo la causa: Non parcam, quia non pepercit, no le perdonaré, porque él en vida no perdonó.

¿Véis cómo la piedad de Dios es figura que sigue el movimiento interior del alma? Pues si queremos que Dios nos perdone, perdonemos primeramente nosotros, como Dios manda, y como lo decimos en esta petición todas las veces que rezamos el Padre Nuestro. La Ley Santa y mandato de Jesucristo es que amemos y perdonemos a los enemigos, sufriendo las injurias que nos hacen por amor de Dios, y que tengamos paz, concordia, amistad y amor al prójimo, como dijo el mismo Señor por San Juan (Juan 51). Siempre que se falta a esta ley, se ofende a Dios o mortal o venialmente, según la gravedad o parvedad de la materia, y aquellos que tienen odio y mala voluntad al prójimo, siendo cosa grave, están en contínuo pecado mortal, y son incapaces de absolución.

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