Credo: cuarto artículo

“Padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado”.

En este artículo del Credo reconocemos nuestra Redención. En tan resumidas palabras decimos conocer y aceptar que Nuestro Señor, después de haber pasado treinta y tres años en el mundo, enseñando a través de Su santísima vida, con su doctrina y milagros el camino de la salud, fue por mandato de Poncio Pilatos – el entonces gobernador de Judea – injustamente maltratado, herido y azotado, para morir en una cruz, después de lo cual fue sepultado por unos santos varones.

Lo primero que entendemos con este artículo es que Jesucristo, que como ya habíamos visto en el anterior punto vino al mundo, sufrió una muerte ignominiosa del poder de su tiempo. Evidentemente, Dios habría podido, de haberlo querido, librarse de las manos de Pilatos. De hecho, no hay en toda la Creación alguien o algo capaz de dañarlo si Él no hubiese accedido a pasar por ello. Él ya sabía lo que iba a suceder, y lo dijo antes a Sus discípulos, mencionando los azotes y menosprecios, y que finalmente Le quitarían la vida. Y sin embargo no se escondió, sino que salió al encuentro de Sus enemigos, y dijo ser el que buscaban.

¿Por qué razón Jesucristo, siendo inocente, se dejó crucificar y asesinar de esta terrible forma? La principal de las razones fue por satisfacer la justicia de Dios por nuestros pecados. Ya que la ofensa se mide según la dignidad de aquel que es ofendido, la satisfacción se mide según la dignidad de aquel que satisface. Por lo tanto, Nuestro Señor era el único que podía pagar ante Su Padre por nuestras ofensas. De esa manera calmaba a la Justicia, y alcanzaba para nosotros el perdón divino.

También decidió aceptar aquellos horrores por enseñarnos con su ejemplo las virtudes de la paciencia, la obediencia, la humildad y la caridad. Estas cuatro virtudes se encuentran simbolizadas en las cuatro puntas de la Cruz. No se puede encontrar mayor paciencia que padecer injustamente una muerte deshonrosa, ni mayor humildad que aceptar por amor a Dios el ser crucificado en medio de ladrones, ni mayor obediencia que preferir morir antes que desobedecer la voluntad del Padre, ni mayor caridad que dar la vida por salvar a quienes hasta entonces se han comportado como enemigos.

Jesucristo en cuanto Dios no puede padecer ni morir. Pero en cuanto Hombre ha podido pasar por ello, y con estas palabras reconocemos que se hizo Hombre para satisfacer por nuestros pecados, soportando la pena de muerte en su sagrado Cuerpo, lo que no hubiese podido hacer si no se hubiese hecho Hombre.

Finalmente, fue sepultado por sus fieles, y gracias a ello después hubo testigos del milagro de Su resurrección, que es prueba de Su divinidad.

Todo el sentido de este artículo, por lo tanto, es nuestro reconocimiento de que Jesucristo – Dios y Hombre verdadero – vino para rescatar al mundo. Esto es así debido al pecado en que cayó el hombre, y por la necesidad de enseñarnos, fundar la Iglesia para que nos guíe, y sufrir y morir por pagar nuestro rescate. Es decir, que el hombre nace con una culpa que atrajo sobre sí la cólera de Dios, y que debe ser limpiado de ella, perdonado y guiado para llegar al Cielo que había perdido.

Errores que contradicen este artículo del Credo:

Como siempre, encontramos deformaciones de nuestra fe en diversas herejías y errores. Algunos de ellos contra este punto son: Negar la historicidad de Jesucristo y cualquiera de los hechos de Su vida y muerte; negar nuestra culpa desde el pecado original y la necesidad de satisfacción por la misma; negar la ira de Dios o su perdón posterior; negar por tanto la vida ultraterrena; negar la necesidad de Su Encarnación, Pasión y Muerte por nuestra reconciliación con Dios y salvación; negar que efectivamente Nuestro Señor sufrió y murió por nosotros; negar Sus virtudes; negar el Cielo y el Infierno; negar que Nuestro Señor haya padecido la ignominiosa muerte de cruz; negar que existieron testigos del milagro de Su resurrección; negar la doble naturaleza de Jesús; negar que a su muerte ya existían fieles que se ocuparon de Su sagrado Cuerpo y que eran la Iglesia incipiente, entre otros.

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