Creados para el Cielo

Consideremos que somos creados para conocer a Dios, para amarlo y servirlo en esta vida, y para ser eternamente felices en la otra con una dicha que nos saciará por completo, con una felicidad sobreabundante e inalterable. El Apóstol, que apenas lo había podido gustar por sí mismo, dice que los ojos no han visto cosa que iguale a los que Dios tiene dispuesto para los escogidos. Los oídos no oirán jamás semejantes maravillas; el espíritu no puede penetrar tanto ni subir tan arriba.

Los bienaventurados del Cielo estan rodeados de la inmensidad de Dios, y nadan en torrentes de delicias inefables. Digamos con el Profeta, que entran en ellos estas delicias, que están penetrados y como embriagados de ellas. Y no son estas sino débiles expresiones, inferiores por completo a la magnífica realidad.

¿De qué se trata esta felicidad incomprensible? Ninguna cosa de las que hay en este mundo es capaz de hacernos concebir los inmensos bienes que se gozan en el Cielo. Aunque sí conocemos muchos males, de los cuales están totalmente libres los bienaventurados.

Para comprender y formar alguna idea de la bienaventuranza de la otra vida, imaginemos que está libre de todas las miserias de esta. Allí no sólo no hay cosa que desagrade; no sólo se tiene todo lo que se desea, que es bueno y bello en sí mismo, sino también todo lo que se necesita para no desear cosa alguna. El corazón está lleno, el alma está satisfecha y saciada; su gozo es puro y tranquilo, es una sobreabundancia de gozo.

A lo largo de nuestra historia hemos sabido de algunas almas que han quedado pasmadas en la tierra por haber disfrutado unos momentos de la vista de un Ángel. ¿Cómo será entonces en el Cielo, en donde no solamente se verán los Ángeles sino también a la Santísima Virgen y Jesucristo, teniéndolos ante nuestra vista por toda la eternidad? A Dios mismo se ve allí, no ya a través de nuestra fe, sino con la claridad del día y con toda la belleza resplandeciente de Su Majestad.

Allí ya no le vemos como a la distancia, sino de cerca y cara a cara, sin ningún temor de perderlo jamás, sin distracción ni aún involuntaria, y a cada momento con un nuevo y renovado gusto. Así como desde la Creación los Ángeles no han dejado de contemplarlo y siempre con un nuevo placer, con un gozo siempre nuevo.

Con estas ideas en mente, apenas podemos formarnos un esbozo de lo que serán las delicias celestiales. Pero es una práctica muy recomendable intentar recordarlas y enriquecerlas cuanto sea posible y con frecuencia, para tener así una imagen firme en nuestro corazón que nos eleve por encima de las miserias de esta vida, y nos invite con valentía y deseo a las maravillas de la siguiente.

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