Consideraciones sobre la Caridad

Con frecuencia nos encontramos en los trabajos y discursos sobre vida espiritual con la apelación a la caridad que es la “reina de todas las virtudes” sin la cual “ninguna virtud sería posible”.

Pero ¿qué es realmente la caridad? ¿Acaso es la limosna, el pan o la ropa para el pobre y el necesitado? ¿Es solamente perdonar las ofensas?

No. El discípulo amado nos dice que “Dios es caridad”. La caridad es el amor de Dios hacia sus criaturas que es amor gratuito, ya que nada en nosotros nos hace dignos de Su amor, en cuanto somos consecuencias de amor. Esto quiere decir lo siguiente: Nosotros nada hicimos para existir, porque Dios nos creó y nos hizo nacer en el modo, momento y forma que El quiso, según Sus planes misericordiosos.

La caridad entre los hombres, en cambio, consiste en amar al prójimo por amor de Dios, y este punto es fundamental para entender el espíritu cristiano.

Los hombres pueden amarse entre sí por causa de lo que gustan en el otro, de su temperamento, sus talentos, sus capacidades, su belleza, riqueza, etc., pero el origen y el fin de este amor será siempre dependiente de la existencia y permanencia de cada una de estas “causas” de amor. Por ejemplo, una modelo que sufre un accidente y pierde su “belleza” probablemente será menos querida por su esposo, sus amigas, su círculo social, su público, etc., ya que la causa en sí era esta feliz proporción que Dios (o su cirujano) había creado en ella. Lo mismo diremos para un millonario, un atleta, etc. Los tristes casos de celebridades arruinadas por la vejez que viven en soledad y mueren decadentes, habla por sí mismo del problema.

Causa divina de amor

Lo anterior se torna un problema cuando la causa de amor está en la criatura misma. Un ejercicio interesante para los novios sería preguntarse cuáles son las causas por las que aman al otro, por ejemplo: “Si tal o cual característica que me encanta desapareciera, ¿me gustaría igual?”. Puede ser fuerte y muy doloroso enfrentar la crudeza de la respuesta pero sin embargo amaremos con libertad de corazón cristiana.

Veamos de otro modo el mismo caso de amor. Si nosotros amamos al prójimo porque amamos a Dios que lo creó y amamos a Dios que se refleja en ese prójimo, todos nuestros actos de amor serán transformados en actos virtuosos y actos de amor a Dios. Los defectos los sufriremos con él y trabajaremos con esta criatura para que pueda reflejar a su Creador, y cada virtud y talento que amamos lo amamos porque son de Dios y no de esta criatura, de tal manera que si los perdiese o los mudase, seguiríamos amándola igual porque nunca se apagaría el reflejo de Dios en su frente, sino que serían distintos.

¿Qué pasa cuando la persona empeora? Nuestro dolor no será causa humana como es el dolor del director de orquesta que pierde un buen violinista. Estaremos tristes porque Dios no es servido ni amado como corresponde. Por lo tanto, todos nuestros esfuerzos, nuestros trabajos, nuestras luchas serán para que Dios brille en esa alma. Aunque esto requiera reprender, corregir, educar, enseñar o cualquier tarea que pueda resultar ingrata. ¿No es maravillosa la consecuencia social? Ningún dolor ni ningún defecto nos son ajenos por amor de Dios, y el sentido de perfección y de caridad es social. ¡Cuánta diferencia con la “caridad” meramente social o económica que no mira por la perfección integral del prójimo, sino que es una suerte de filantropía propia del ser humano! Por causa de caridad, las leyes deben apuntar a cultivar las virtudes y a corregir o castigar los defectos, etc.

Amor en la pareja, en la familia o en la amistad

Saquemos consecuencias prácticas para terminar de reflexionar sobre la caridad. La caridad, como vamos comprendiendo, no es un acto sencillo sino una virtud. Y como toda virtud supone esfuerzo, trabajo, oposiciones, dolores, sacrificios, en otras palabras, consagrarnos a ella implica una lucha contra nosotros mismos, contra el mal y con la bandera de Dios que es todo bien posible.

Como segundo ejercicio, propondremos preguntarnos, no una vez al día o dos, sino ante cada acto: ¿Cultivo yo la caridad? ¿Mis palabras alimentan el amor en el otro o lo marchitan, lo aplastan, lo eliminan? ¿Mis actos tienden a la caridad o tienden a servir mis gustos, juicios y pareceres? Podríamos continuar con muchas preguntas, pero basta tomar la bellísima imagen de un jardinero para entender cómo los jardineros somos nosotros y las flores, arbustos, árboles y hasta bosques son fruto de este ejercicio de la caridad.

Como todo ser vivo (la caridad si se abandona se detiene y comienza a marchitarse hasta morir), la caridad debe ser cultivada en todo.

San Juan nos dice algo consolador y terrible, no sólo nos dice que Dios es caridad sino que “al final seremos juzgados en el amor”, es decir, será por esta conducta de amor que tuvimos en nuestras vidas por la que seremos medidos. Por eso la justicia, la templanza, la sabiduría, el apostolado, etc., serán medidos según la caridad y amor que pusimos en cada uno de ellos ya que sin amor se vuelven injustas, destempladas, obtusas, etc.

Toda vida espiritual va a pasar por este verdadero ejercicio de amor que no es sensiblería, blandura, sentimentalismo o ninguna clase de bufonada que Satanás quiera crear en nosotros para darnos la ilusión de amor. Todo eso es falso y no es amor. El amor es viril, firme, sostenido. Está por encima de nuestro querer, de nuestro sentir, de nuestro estado de ánimo. No depende de nosotros ni depende del prójimo: está por sobre nosotros, está en Dios.

Repetiremos con el apóstol San Pablo lo que nos dice en el libro de Corintios: “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Y si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo caridad, no soy nada. Y si repartiese toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad nada me aprovecha.

La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera.

La caridad no pasa jamás; las profecías tienen su fin, las lenguas cesarán, la ciencia se desvanecerá. Al presente nuestro conocimiento es imperfecto, y lo mismo la profecía; cuando llegue el fin desaparecerá eso que es imperfecto. Cuando yo era niño hablaba como niño; cuando llegué a ser hombre dejé como inútiles las cosas de niño. Ahora vemos por un espejo y obscuramente, entonces veremos cara a cara. Al presente conozco sólo en parte, entonces conoceré como soy conocido. Ahora permanecen tres cosas: la fe, la esperanza, la caridad; pero la más excelente de todas es la caridad”.

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