Boanerges Responde sobre las ofensas a Dios

Pregunta: Buenos días. He leído en la prensa esta frase: “Es imposible ofender (insultar) a Dios, sólo el hombre puede ser ofendido”. Quisiera saber, ¿es esto correcto? Gracias.

Respuesta: Empecemos con una definición. Ofender, ¿qué significa? Es hacer daño a otro, ya sea físicamente o maltratándole. Offendere: Injuriar de palabra, denostar. Fastidiar, enfadar. Enojarse de alguna cosa o dicho que se toma como injurioso. La ofensa es un daño, injuria o agravio de palabra u obra. Quebrantamiento de la ley o preceptos de Dios (peccatum).

A lo dicho respondemos que enseña desde siempre la Santa Iglesia que sí podemos agraviar a Dios. No porque le hagamos daño físicamente. Pero sí podemos maltratarlo y enfadarlo quebrantando sus leyes y preceptos. El pecado es el hecho, dicho, deseo, pensamiento u omisión contra la ley de Dios y sus preceptos. Cualquier cosa que se aparta de lo recto y justo, o a la que falta lo que es debido.

Si negamos la ofensa a Dios, entonces estamos negando su justa ira ante el pecado, y la necesidad de Su encarnación, Pasión y muerte, que tuvieron lugar para reconciliar al hombre con Dios luego del pecado original, y desde entonces hasta el pago de Jesucristo por nuestra salvación.

Dios, en sus infinitas virtudes, es justicia, y a la vez es misericordia. La justicia es dar a cada quien lo que le corresponde, y eso sería un castigo por violar las divinas leyes que Él mismo nos enseñó. Sin embargo, ésta se templa por su misericordia, que nace del amor inconmensurable que Dios tiene a sus criaturas, y por lo cual es capaz de pagar por nosotros para terminar con la enemistad que creamos al desobedecerle y enfadarle con nuestros malos pasos.

Porque si Él es perfección y bondad, es lógico que deteste lo contrario a Su esencia. Cuando nos descaminamos, y estamos haciendo algo malo con intención y comprensión de lo que hacemos, nos apartamos de lo recto y justo, y actuamos por tanto como Sus enemigos. El pecado es el que nos convierte en enemigos de Dios. Y es posible pecar por nuestra cuenta, así como a través de nuestro prójimo, dañándole y ofendiéndole. Porque todo lo que hacemos a los hombres se lo estamos haciendo a Dios mismo.

Por eso explica en la Sagrada Escritura que todo lo que hacemos a sus hijos, se lo hacemos a Él mismo. “En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” y “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno… Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui peregrino y no me alojasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis… En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo. E irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna” (1).

Todos nuestros actos, los de misericordia así como los pecaminosos, tienen un peso con el cual hemos de vivir, y finalmente morir con su carga. La vida en este mundo no es sino un camino por el cual optamos a cada paso, y que nos llevará al Cielo, junto al Dios que amamos y servimos en nuestro comportamiento, o bien a la perdición si lo que hemos hecho o dejado de hacer atenta contra esa esencia perfecta y virtuosa de la cual hablamos, y no nos hemos arrepentido y reparado como corresponde.

Negar esto es muy grave, y significa que quienes así lo dicen están afirmando que sólo podemos agraviar al prójimo y Dios no toma ninguna parte en ello. Cuando en realidad nos ha mostrado que tanto le importa que vino al mundo a vivir y morir por nosotros, abriéndonos así las puertas del Cielo. Quien sostiene lo contrario diciendo que sólo ofendemos a los hombres está negando el Antiguo y el Nuevo Testamento, está negando la perfección de Dios y su odio al mal que es carencia de lo que Él es, está negando la trascendencia de nuestros actos, niga la justicia y por tanto también el perdón, está negando la necesidad de la confesión y la reparación, está negando el futuro de nuestra alma después de la muerte. En definitiva, está sosteniendo que no fuimos salvados, que no existen el Cielo y el Infierno, y que Dios es indiferente al bien y el mal de
nuestros actos.

¿Es esto posible? No tiene sentido dedicarle ni una línea más a un error humanista tan nocivo y absurdo.

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1. San mateo 25:40-45.

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