Boanerges Responde: Sobre la felicidad

Pregunta:

Hola. Quisiera saber si para ser buenos cristianos hay que dejar de ser feliz. He leído que no es así y que tenemos que querer sufrir. Y si no es así, ¿podemos querer ser felices? Lo digo porque muchos de los que si quieren no son muy buenos cristianos en todo. Muchas gracias.

Respuesta:

Estimada señorita

La Paz de Cristo sea en su alma y le colme de Su Divino Amor. Su pregunta merece una respuesta considerando el enorme interés para todos. Dios nos ha creado y destinado para el Cielo, para compartir la eterna felicidad como verdaderos hijos de Dios.

Todos los  bautizados que tras su Juicio son merecedores del Paraíso eterno están, por tanto “creados para ser felices”. No hay un mal en desear la felicidad sino, por el contrario, una gran virtud pues es anticipo del Cielo y se vive con esa mirada en el horizonte.

Sin embargo, el plan de Dios se vio quebrantado por el pecado de nuestros primeros padres. El pecado original trajo consigo el sufrimiento, las enfermedades, la ignorancia y la muerte. Junto a los pecados personales y colectivos, nuestro breve paso por la tierra no nos promete un jardín de rosas. Vivimos en un valle de lágrimas. Dios nuestro Señor envió a Su único Hijo para que sufriese y muriese pagando por nuestros pecados, abriéndonos así las puertas del Cielo. Uniendo nuestros sufrimientos a los del Señor, les hacemos fértiles y cobran sentido. Podemos, en ese sentido, desear el sufrimiento como pago por nuestros pecados y los de los demás, como reparación por nuestros crímenes. Y si somos inocentes, los ofrecemos por los de nuestros hermanos.

El placer y la felicidad

Como en todo lo importante, es preciso hacer distinciones para comprender y orientar nuestros pasos.

Desear el sufrimiento en sí mismo, por el placer de sufrir, es equívoco y es un pecado. No podemos desear la carencia de bien, ni de justicia, belleza o verdad. La ausencia de bien es un mal. En este sentido, no podemos “desear sufrir”. Mucho menos con el placer perverso del gusto de vernos humillados, maltratados y violentados o rebajados. Eso está mal.

Tampoco podemos, por el contrario, negar las consecuencias del pecado – original o personal – para pretender hacer de la tierra un paraíso sin Dios. Eso es un engaño diabólico. Una mirada honesta y realista reconoce la existencia del mal y de sus implicaciones. El deseo del placer sin dolores ni incomodidades es un absurdo. Muchas de las contrariedades que sufrimos en la tierra han sido fuente de inspiración para la creatividad humana y el grado de civilización se puede medir, entre otros aspectos, por el nivel de remedios a esos sufrimientos y desventuras. De un modo orgánico y cristiano, es legítimo aspirar a crear una cultura que alivie los sufrimientos pero recordando siempre nuestro destino final.

Las formas de la felicidad

El placer es una suerte de felicidad pasajera. La felicidad tiene aspectos más globales en el ser humano y, en su perfección, se aspira como verdadera y duradera. Aspirar a una falsa felicidad sería tan estúpido y dañoso como desearla breve o discontinua.

Bajo este prisma, el grado más bajo y pasajero sería la felicidad vista como satisfacción inmediata de nuestros deseos. Esclavos de nuestros caprichos, procuramos una gratificación sin esperas ni cálculo de consecuencias. Es lo más semejante a la vida de las bestias, que son irracionales por naturaleza.

La criatura  se hace esclava de su carne y espíritu carnal. Persigue los placeres directos y limitados. Les priva, por tanto, de un sentido trascendente, desviándolas del sentido que Dios les ha dado. La búsqueda del poder, la acumulación de riquezas, los placeres carnales y tantos otros, se limitan y nos frustran una vez alcanzados, como un caramelo que pierde sabor y del que se arroja su envoltorio. No se vive feliz, sino con un hambre vital jamás satisfecha, como el castigo mítico que intuyeron los griegos en los tormentos de Tántalo[1].

Considere que estas gratificaciones han sido creadas y dispuestas por Dios, pero quien hace de éstas su único medio de placer, termina más temprano o tarde viviendo las consecuencias de sus apetitos desordenados y será alcanzado por la frustración, el fastidio o la desesperación. Los placeres nunca serán duraderos ni suficientes.

El segundo grado de felicidad consiste en la realización personal. Esta visión limitada y material del ser humano fue la que oprimía a los paganos antes del advenimiento del cristianismo. Imagine que no hay Cielo ni Infierno ni trascendencia alguna. Piense, por ejemplo, como un ateo. ¿A qué puede aspirar sino a la felicidad que alcance con sus huesos, carne e inteligencia, mientras viva en la tierra para ser absorbido en la nada absoluta de su desaparición en la historia?

Aquí no se limita sólo a lo inmediato, como en el primer grado, sino que su ego pide algo más duradero. Un “proyecto de vida” que le dé sentido a su existencia. Muchas veces, sin encontrarle, se suicidan por el absurdo que se proponen. Su paso sobre la tierra les hace salir de sí mismos y saltan al polvo para competir. Anhelan ser más que los demás en algo, cualquier cosa. Caen en el desprecio de los demás o se hunden en una baja autoestima que lleva a la anulación de sí mismos. Viven esclavos de los celos y del resentimiento si no se satisface su amor a sí mismos. Esclavos de los celos y del miedo, consecuencia última de esta visión limitada. También, no es difícil de suponer, son víctimas de la soledad, pues resienten la superioridad de otros. Y si ocasionalmente pudiesen compartir sus vidas, sería en grupos tan pequeños e inestables, que tampoco podrán saborear las mieles de la felicidad verdadera.

El ideal humanista ocasionalmente señala a los anteriores la gloria en el tiempo, la memoria entre los sobrevivientes. Buscan trascender dando a la sociedad un legado. Sería el tercer grado de felicidad. Quienes aspiran a esta felicidad, trabajan por elevarse hasta una posición donde puedan controlar ciertas circunstancias que afligen o desean otros y les alcanzan ese deseo. El humanismo, cegado de visión sobrenatural, promete hacer de la tierra un lugar mejor. Unos por el legado estético, otros del conocimiento, otros de alivios materiales y de otras formas, intentan gastar sus vidas dando a los demás algo de felicidad. En sí sería el grado más alto al que puede aspirar una criatura sin Dios ni sentido sobrenatural.

Triste resulta contemplarlos en sus ojos tan ciegos y en sus corazones envenenados por esta peste. Y más lamentable resulta observar que aún con sus limitaciones, este grado de felicidad va perdiéndose con el ocaso de la civilización, siendo superados por el primer y en menor grado por el segundo grado que hemos comentado.

Están enfermos por la fiebre del idealismo sin sentido superior. Se vuelven presas de una idea y juzgan todo y a todos desde su idea. Ebrios de soberbia y del destello de su idea, observan el mundo real y se desencantan de él o de sí mismos. Los demás o ellos pueden no estar a la altura de su idea de las cosas y caen en el vacío del sinsentido y depresión amarga de la frustración. Si los del segundo grado basan su alegría en la satisfacción de su amor propio, los del tercer grado dependen de cuánto pueden ofrecer a los demás y de la medida en que los demás “funcionen” con su ideal humanista.

La felicidad verdadera y duradera

El cuarto grado trasciende las limitaciones humanas y busca como fin a Dios. Pone sus ojos en lo verdadero y durable. Hace de su vida un destello de las perfecciones divinas, trayendo a Dios a la tierra y elevando a la tierra al Cielo. Hace de sí el cumplimiento de la oración dominical “Fiat voluntas tua, Sicut in cælo et in terra”, “hágase Tú voluntad, así en el cielo como en la tierra”. En el cuarto grado participamos en aquello que usted intuye en su pregunta: la felicidad última. Es así porque es una felicidad verdadera, sin engaños ni limitaciones ni frustraciones.

En el cuarto grado trascendemos a las limitaciones e ideas personales para ir en busca del amor, de la bondad, la belleza, la justicia y la verdad. Infinito en sus atributos, tenemos en Dios la fuente y orientación de todo cuanto anhelemos para ser felices. Deseamos poseer a Dios, ¿existe felicidad más grande?

Esto no significa privarnos de todos los placeres legítimos y buenos que Dios ha dispuesto para nosotros en la vida. Desde este grado cada placer y felicidad anterior puede disfrutarse plenamente sin pecar. Todos, cumpliendo la voluntad de Dios, nos llenan de alegría y satisfacciones. Pero en el cuarto, por gracia de Dios, nos unimos a la fuente de todo. No lo hacemos por nosotros mismos sino por medio de Nuestro Señor Jesucristo, con la intermediación de María Santísima y el auxilio de todos los santos, almas bienaventuradas y de todos los ángeles. La gloria de la comunión de los Santos es un esplendor que nos llena de consuelo, fuerza y esperanza.

Usted pregunta si podemos desear ser felices. Respondemos, a la luz de estas líneas, que no sólo podemos sino que debemos aspirar, trabajar y luchar por esa felicidad. Poniendo todo nuestro mejor esfuerzo, con toda la fuerza de hasta la última fibra de nuestro cuerpo y de nuestra alma, con las mejores armas de una inteligencia y potencias del alma pulidas como una herramienta valiosa, lo haremos. Y lo hacemos, querida lectora, porque no hacemos de nosotros mismos ni de los demás  un ídolo, ni tampoco de ideas personales, ni abusamos de los demás como haciéndoles extensiones de nosotros mismos. Buscamos, en este nivel, a Dios mismo, en Su voluntad, y le amamos en Sí mismo. No buscamos lo bueno por ninguna otra causa sino simplemente porque es bueno.

Dios le conceda la gracia de amarle, con la fe llena de certezas, hasta la victoria prometida. Alcance así usted la gloria en el Cielo. Combatiendo el buen combate, podemos reclamar nuestro premio, la felicidad eterna, perfecta, brillante, absoluta y verdadera.

————————

[1] Rey de Frigia, hijo de Zeus y de la oceánide Pluto. Por ofender a los dioses robando el néctar de la mesa olímpica y después por ocultar y mentir por el robo de un mastín de oro para luego destrozar y cocinar a su propia hija preparando sus restos con un banquete que ofreció a las divinidades, su castigo consistió en estar en un lago con el agua a la altura de la cadera, bajo un árbol de ramas bajas repletas de frutas apetitosas. Cada vez que Tántalo desesperado por el hambre o la sed intentaba tomar una fruta o sorber algo de agua, las ramas o el agua retrocedían negándole satisfacción. Y sobre éste, pendía una enorme roca oscilante que amenaza con aplastarle. Simboliza el tormento de los placeres limitados de la carne y la amenaza permanente del castigo que no permite gozar sin temores de éstos.

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