Boanerges Responde: ¿Por muchos o por todos?

Pregunta:

Considerando la introducción del término “todos los hombres” en sustitución de “muchos”, ¿cómo se explica la anterior proscripción de la salvación para criaturas creadas para salvarse? ¿Se trata de un error corregido o fue una constante doctrina mal comprendida?

Respuesta:

Todos los católicos conocemos la absoluta necesidad de la Redención a partir del pecado de los hombres. El pecado es una ofensa, un rechazo a las leyes divinas que significa, en el fondo, un rechazo a Él mismo y Su amor.

Entendido esto se hace comprensible que el pecador pierda su lugar junto a Aquel a quien debe mostrar adhesión como forma de unión y correspondencia a tal amor para morar luego eternamente bajo Su luz.

Las ofensas dejan una marca en las almas que las realizan. Muestran el surco del mal cometido, y deben realizarse actos contrarios de reparación de tal daño. Eso ya sucede a escala humana, cuando se hace pagar una sentencia a un criminal, o incluso en más pequeña escala, cuando se pide perdón por un mal acto y se intenta arreglar aquello que produjo malas consecuencias, devolviendo un bien robado, diciendo la verdad, cuidando a quien se maltrató, etc.

Sin embargo, las consecuencias de una ofensa contra Dios mismo no pueden tener igual envergadura que a nivel humano, dada la naturaleza inabarcable, perfectísima del Ofendido. Y así, la humanidad quedó a merced de su deuda desde el momento en que los primeros padres pecaron, legando a su descendencia la naturaleza decaída que obtuvieron por su traición.

¿Quién podría pagar por eso? El hombre no tiene la capacidad de pagar su propia deuda contraída con Dios mismo. Y por eso, Él en su infinita Misericordia decidió pagar por nosotros en la Persona del Hijo.

La Redención es, por tanto, el pago por las ofensas que la humanidad comete contra Dios, para abrirle las antaño cerradas puertas del Cielo a través de un pago que sacia la divina Justicia maltratada.

Los hombres, sin embargo, siguen teniendo voluntad libre mientras viven, y pueden optar por adherirse al Bien recibido aceptando el Sacrificio en su favor y actuando acorde al mismo para conseguir el anhelado Cielo, o pueden dar las espaldas a semejante don y continuar endeudándose por el resto de sus vidas.

Imaginémoslo como una deuda económica. Supongamos que mis abuelos contrajeron una con el rey que resulta imposible de pagar para mi familia no importa cuántas generaciones pasen. Un día, el rey mismo se apiada al ver nuestra miseria y decide que pagará la enorme deuda entregando lo más preciado de su tesoro para saldarla. Yo puedo agradecerle, servirle y serle fiel, o puedo volver a endeudarme robándole de sus propias arcas e incluso insultando su generosidad. De esa libertad se desprende mi merecimiento para ser contada entre sus súbditos o como una criminal que merece castigo. ¿Se entiende la pequeña alegoría?

Cuando Jesucristo se sacrificó por el género humano, lo que hacía era pagar para que todos los hombres tuvieran sus cuentas saldadas, si querían acogerse a tal Misericordia. Sin embargo, al existir libertad no todos terminarían actuando como buenos hijos, y muchos decidirían a través de los siglos no aceptar tal Sacrificio y seguir ofendiendo a su Creador a través de los pecados.

Recordemos ahora que también se habló en su momento de que Dios nos creó para compartir gloria y ser depositarios del regalo de Su amor. Pero para ello todos y cada uno de los hombres deben pasar por la prueba de demostrar que le corresponden. Y está más que claro que no todos lo hacen. Por eso, fue Jesús mismo quien dijo, en la Última Cena: “Esta es mi sangre de la Alianza que será derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt. 26, 28).

“Por muchos” no significa que Dios predestinara a nadie a la perdición. Significa sí que sabía que no serían todas las almas creadas las que terminarían aceptando Su Sacrificio, y por tanto habrían quienes reincidirían en las ofensas y no se salvarían a pesar del pago de su rescate.

Esto ha quedado claro a la Iglesia de siempre, y el magisterio lo refleja en palabras como estas: “Dios omnipotente quiere que todos los hombres sin excepción, se salven, aunque no todos se salvan. Ahora bien, que algunos se salven, es don del que salva; pero que algunos se pierdan, es merecimiento de los que se pierden”. (Dz. n°138). “Mas aún cuando El murió por todos, no todos, sin embargo, reciben el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión”.

¿Y a quiénes se comunica? A quienes aceptan el don recibido y dejan de cometer pecados que vuelvan a traicionar el amor de Dios.

Ya claro esto, queda un punto de importancia por mencionar. Algunos pueden preguntarse la importancia real del cambio de un sencillo término dentro de la Misa, y es de eso de lo que ahora quisiera hablar.

Mas allá del error doctrinario, hay una consecuencia gravísima en este cambio modernista. Veámoslo así. Si todos son salvos, entonces eso significaría que el Sacrificio de Jesucristo habría limpiado a los hombres incluso de los pecados de los que no se arrepienten. Por lo tanto, daría igual santo que pecador, bien que mal, y cualquier vida que se lleve, cualquier creencia que se tenga, cualquier crimen que se cometa, terminaría en el premio celestial.

Aunque hemos escuchado con escándalo esta clase de increíbles afirmaciones de labios que jamás debieron pronunciarlo siquiera por el lugar que ocupaban, lógicamente su repetición no lo hace más verdadero. Sólo muestra el grado de derrución de las bases doctrinarias más elementales de una Fe que nos pide fomentar las virtudes y desterrar los vicios para hacernos aceptables para Dios.

Si todos los hombres son salvos a partir del Sacrificio de Jesucristo, entonces no tiene sentido la práctica de la virtud, ni la enmienda de los pecados, ni el huír del mal o el error, ni la Iglesia misma, en definitiva, dado que ni sus enseñanzas, ni su guía o consejos harán nada por quienes han ganado el Cielo hagan lo que hagan. ¿Se entiende la gravedad de las implicaciones de este error?

Para responder definitivamente a la pregunta planteada, entonces, diremos que “la sustitución” de la que hablamos no es una mejora de un “concepto mal comprendido” – dicho además por el mismo Jesucristo, hay que recordar – sino un grave socavamiento a la religión católica. Uno acorde con la idea de que el infierno no existe más que en la mente de las personas, que la Misericordia Divina perdona incluso al pecador no arrepentido, que el Limbo y el Purgatorio no existen y que todas las religiones son amadas por Dios. Como se puede ver, cada uno de estos graves errores implica la semilla de destrucción de todo el sentido de la religión católica, y menoscaba siglos de una doctrina completamente buena, coherente y opuesta a tales ideas. Motivo por el cual reconocemos en ellos la herejía.

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