Boanerges Responde: ¿No juzgar?

Pregunta: Buenas noches. Soy lector asiduo de su revista y debo decir que concuerdo con todo. Enhorabuena. Quisiera consultarles por un problema que, creo, es común a muchos: expresar nuestros puntos de vista y obtener como triste respuesta un “no debemos juzgar”. Incluso algunos lo llevan más allá cuestionando quiénes somos para juzgar. Se siente impotencia, la verdad, ante esto. Es que, además, tratándose de asuntos objetivos se burlan de nosotros. ¿Me podrían decir algo al respecto? Muchas gracias y sepan que rezo por ustedes. DLB.

Respuesta: La paz de Cristo sea en su alma y le colme de Su Divino Amor. Agradecemos su fidelidad y oraciones. Cuente con las nuestras. En cuanto a su consulta, coincidimos en que es un problema mucho más frecuente de lo que se cree a primera vista.

Cualquier católico, fiel a la doctrina depositada y enseñada por la Santa Iglesia durante dos mil años, siente ese malestar ante la burla de esas personas. Desde el punto de vista espiritual es una señal preocupante y que alarma sobre el estado de sus almas, además del horror que produce su ortodoxia o fidelidad doctrinaria y moral. Es muy propio de los grandes pecadores y de los herejes manifiestos el burlarse de todo cuanto denuncia su pecado o devele su error. Piense usted con misericordia y caridad para con ellos, pidiendo su sincera conversión, penitencia y reparación: Dios quiere la salvación de todas las almas. El pecador huye de la virtud tanto como el hereje de la verdad, y ambos buscan la complacencia de viciosos y apóstatas halagando sus vicios y errores, como quien procura el aplauso de la multitud para aprobar su perfidia y silenciar a los nuevos Juanes Bautistas. En esto se hacen, como dice el Salvador, hijos del pecado, similares a los demonios e hijos del Enemigo infernal.

Discutiendo, como dice usted, cuestiones objetivas de moral o de fe, retroceden a su ridícula trinchera del “no juzgar”. Y nuestra respuesta es breve, simple y contundente: ¿por quién juzgamos?, pues bien, “por la autoridad de Dios”.

Hay que hacer aquí una distinción importante entre el juicio interno y el externo. Cuando el Señor dice: “Nolite judicare ut non judicemini”, esto es, “no juzguéis y no seréis juzgados” (Mat VII,1), Nuestro Señor se refiere al estado interno del hombre respecto al alma del otro. Sólo Dios puede ver las intenciones, la disposición interna que realiza la acción exterior para bien o mal, por afecto o por odio, egoísmo o caridad, etc. El hombre sólo puede ver y conocer el resultado exterior de los actos y no la intención, que es interna.

Por otro lado, nosotros debemos hacer juicios exteriores. Lo hacemos cada día y con justicia. Un padre juzga una mala acción de su hijo y le da un merecido castigo. Un juez y un jurado juzgan a un criminal en base a pruebas, y si le encuentra culpable otorga una pena. Moralmente juzgamos malo un asesinato, la mentira, una estafa, un abuso, el adulterio, etc. Sabemos, por los mandamientos, que el robo es incorrecto y que nadie tiene derecho a tomar lo que no le pertenece. Todos estos juicios exteriores debemos hacerlos por la autoridad de Dios.

En un sentido contrario, si no juzgásemos, el bien común sería destruido. Es por amor de Dios y de los hombres, por amor al bien común, que juzgamos. ¿Podríamos concebir una sociedad donde los criminales deambulen libres porque simplemente no podemos juzgarlos? Dios nos dio esa autoridad, como goza el Estado de su debida autoridad: “Cæsaris Cæsari et quæ sunt Dei Deo”, “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mat. XXII,21)

No es difícil comprender que esta maniobra, hecha de perfidia y maldad, es típica de los herejes y pecadores impenitentes, porque en el fondo apunta a que nadie señale ni condene sus errores o inmoralidad, ni alerte sobre sus falsedades o vicios. Es una manipulación aberrante que pretende que no exista ni doctrina verdadera ni correcta moral. En su deseo perverso convocan los pecadores y herejes a condenar a quienes condenan el adulterio, las desviaciones, el crimen, el robo o la corrupción. Mire usted que, en el fondo, ni ellos mismos lo creen. Ellos no luchan por la desaparición de los tribunales de justicia – siquiera los menos radicales -, ni por la impunidad de los políticos prevaricadores. Ellos no piden abolir del todo jueces ni abogados ni claman por dejar a asesinos, criminales, pedófilos o violadores en libertad e impunes. Naturalmente para ellos el juicio externo es una necesidad. Dirá usted que cada vez se relaja más la justicia y el crimen se enseñorea de las calles, tornando imposible la sana convivencia, la seguridad o la tranquilidad y el progreso moral y cultural de los pueblos. Pues bien: eso es verdad. Y lo es precisamente porque los perversos, no pudiendo abolir del todo el juicio exterior, promueven otro tipo de justicia, aplicada a extremos intolerables, que no es la justicia de Dios y por eso es tantas veces injusta y absurda. Esa justicia que promueven no es la justicia de los Mandamientos.

Entonces, ¿qué significa realmente el “no juzgar” de la tradición cristiana? San Juan nos lo aclara: “Nolite judicare secundum faciem sed justum judicium judicate”, “No juzguéis según la apariencia. Juzgad con juicio justo» (Jo. VII,24). Es decir, no es el juicio en sí mismo el que es condenado, sino el juicio injusto. La enseñanza católica tradicional nos aclara que el juicio justo es apropiado cuando éste pertenece al juicio exterior. Por ejemplo, es perfectamente aceptable juzgar actos externos como un asesinato, estafa o robo, llevando al acusado a los tribunales y condenarlo si las pruebas le demuestran culpable y en consecuencia sufra las penas correspondientes.

Lo que no podemos hacer, ya que sólo Dios puede hacer eso, es juzgar la disposición interna. El asesino podría no haber estado en plena posesión de sus facultades mentales en el momento del crimen. Los tribunales, por tanto, pueden tratar de inferir, a partir de las acciones exteriores, lo que podría haber sido el motivo interno, al igual que un buen sacerdote puede tratar de inferir la culpabilidad de un penitente, pero en ambos casos sólo Dios sabe con certeza lo que hay en el corazón.

En conclusión, cuando alguien venga a usted y le diga que “no debemos juzgar”, para subvertir toda moral y doctrina, faltando incluso a sus deberes y responsabilidades del estado que ocupa esa persona, debe usted decirle que vaya a los tribunales, despida a todos los jueces y abogados y selle las puertas, derrumbe las cárceles y elimine las leyes. Es tan grande su absurdo que, si tuviese la paciencia de escucharles un tiempo extra, oirá su clamor por las mayores penalidades, los juicios más severos y las persecuciones más encarnizadas contra quienes ellos consideran criminales y genocidas aún impunes.

El relativismo moral y doctrinario es una idea insostenible, aberrante y en directa oposición al sentimiento natural de las gentes, impreso en sus almas por la ley natural. Además es, en sus consecuencias, una amenaza mortal para los pueblos, si se aplicase en la vida real. De lo contrario tendríamos que sostener que no hay justicia posible en el mundo y, por consecuencia, sólo anarquía.

El relativismo moral no es sólo una idea intelectualmente en bancarrota, sus consecuencias en la vida real pueden ser mortales. De lo contrario, no tendríamos justicia en este mundo, sólo la anarquía.

La idea de “no juzgar” o no tener autoridad para hacerlo, es una monstruosidad en tal grado infernal y perversa que ni los salvajes, en su barbarie, comprenderían. Sería hacerlos caer donde el hombre en ningún momento de la historia de la depravación llegó hasta ahora.

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