Boanerges Responde: Con todas las letras

Pregunta:

Buenas! Mi pregunta al leerlos es que parece que la Iglesia es muy “intransijente” en su diálogo con el mundo. O sea, ¿es tan malo negociar para llegar a soluciones positivas para todos? Cuando escrutamos la Palabra vemos que el Dios antiguo era así pero no Jesús el Cristo. Me acuerdo que en el ministerio de catequistas se dice que Esaú fue castigado por comerse las lentejas. En serio. ¿Dios no acepta un acuerdo con los demás? ¿Y si eso fuera para ganar espacio legitimo en un medio hostil a la buena nueva? Yo creo que si las dos partes ceden todos tienen un espacio y yo sería el primero en alegrarme porque los tradicionalistas vuelvan a Roma, por ejemplo. No es el tiempo de los primeros cristianos que se martirizaban por no ceder. ¿O quieren eso? Como dicen por ahí, nada de medias tintas en las respuestas y que sea si si no no. Gracias y bendiciones hermanos.

Respuesta:

Estimado señor anónimo.

La paz de Cristo sea en su alma y le colme de Su Divino Amor. Hemos recibido tres copias de su pregunta y deseamos responder “con todas las letras”.

Su pregunta viene muy bien para estos tiempos y no sólo para asuntos interconfesionales sino, como bien se desprende de su carta, para los asuntos internos de la Santa Iglesia.

Esaú, las lentejas y Judith

En cualquier negociación, cuando ambas partes ceden, ninguna queda intacta. Si usted negocia con un ladrón, por ejemplo, el hecho de que conserve algunos bienes no impide que el ladrón le robe algo. Hay un delito de por medio: robar. La virtud no negocia como un bien pierde su naturaleza al ceder al mal. EL mal, como negación del bien, “gana un espacio” cada vez que el bien pierde.

No emitiremos una opinión respecto a quienes están dentro o fuera de Roma. No es materia de la pregunta y, comprendiendo su espíritu ecuménico, creemos que para usted no existe esa separación en tanto no aplica ese criterio “dentro/fuera” para las falsas religiones, sectas, aberraciones, ateos o masones, por ejemplo.

Regresemos al problema de “negociar”. Negociar por obtener éstos o aquellos beneficios es como aceptar el plato de lentejas de Esaú, pero peor. Porque el mal de aquel acto fue poner un bien menor por encima de algo mayor, y por esta aberración perdió la primogenitura.

Pero el mal del que hoy hablamos ni siquiera trata de bienes menores: la Iglesia categóricamente rechaza toda forma de mal, y no negocia con él. En lugar de “aceptar tratos”, corrige y conserva. Es su misión y su deber como Esposa de Cristo y custodia de la santa ortodoxia.

Corrige el error en quienes resulta todavía posible y conserva el valioso depósito de la Fe que le han legado, sin mancharla en absoluto porque no hay ganancia en la Tierra que se equipare a la de mantener intacta la Religión que Dios nos entregó.

El progreso del mal y de la virtud

Cuando a través de un largo proceso de olvido de lo que es en verdad nuestra Iglesia se ha quitado toda atención a lo que más valora Dios que es amoroso por excelencia, la caridad cristiana – y podemos muy bien verlo en la sociedad de Santos de los primeros tiempos que usted menciona, a los que tanto gusta remontarse a otros efectos – se entra en esa batalla bizantina interminable, donde se desdibuja el verdadero bien y el mal, con su absoluta incompatibilidad de términos.

Sin duda para muchos la idea adulterada de las acciones de la viuda Judith es una tentación irresistible. Como recordará, la rica viuda se engalana para liberar a Bethulia del opresor. Es un acto patriótico y al mismo tiempo lleno de celo religioso. Ella le conquista con su belleza pero en lugar de dejarse seducir le emborracha y corta la cabeza al cruel Holofernes, sembrando desconcierto entre los malos y obteniendo así el triunfo para Israel.

Sin embargo, vistos los hechos y la naturaleza de las circunstancias actuales, es comprensible que haya hundido a grupos enteros de católicos ante el modernismo, herejía que suma todas las herejías anteriores según nos enseña la Santa Iglesia. Este engaño ha hecho que muchos acepten el mal a cambio de bienes pasajeros y reconocimiento. Recuerde usted que Judith no se igualó al mal, ni permaneció con él, y definitivamente no aceptó quedar bajo su gobierno. No fue manchada por él. La acción de ella fue rápida, permitiéndole permanecer allí la menor cantidad de tiempo posible, porque quien convive bajo el techo de un señor más poderoso, termina acatando necesariamente sus reglas.

Entonces, regresando a quienes cometieron el error de creer que con su sola presencia irradiarían tal halo de santidad que convertiría la defección en virtud, podríamos elevar una pregunta tan legítima como urgente: ¿dónde está la cabeza de Holofernes? ¿Qué diría un director de conciencia a una joven inocente que desease llevar su pureza al medio de un lupanar “para que así la casa de perdición se vuelva un centro de piedad? ¿Es lícito exponerse a la tentación y el pecado, porque el orgullo nos susurra al oído que “somos tan fuertes y perfectos que no nos hará ningún daño, y antes ellos cambiarán que nosotros”? ¿Es esa la lógica que por siglos sostuvo nuestra Santa Iglesia?

El bien, la virtud y el resplandor de la santidad

Predicar, hacer apostolado, corregir fraternalmente, e incluso condenar a quienes corresponde hacerlo, es una cosa muy diferente a la insostenible alianza entre los hijos de Dios y las hijas de los hombres de la que nos hablan las Sagradas Escrituras. ¿Han pensado quienes sostienen esto que es donde se haya el depósito incorrupto de nuestra Fe en donde realmente está la Iglesia, sin importar las persecuciones que azoten fuera? No es por números que se miden los verdaderos cristianos. No es por ser pocos o muchos, ricos o pobres. Es por la conservación del Legado completo de su Fe.

El bien exhorta, invita a la conversión, corrige al mal. No agacha la cabeza ante su poder, asemejándose a lo que sabe que es malo, y dejando por tanto de ser el bien que alguna vez ostentó. Quien pierde esto de vista, se afronta irremediablemente a las consecuencias. Como ocurrió a aquellos que mal comprendieron a Judith, convirtiéndose en realidad en deplorables Salomés.

La Iglesia nos recuerda siempre el ejemplo de la manzana podrida estropeando al cajón sano. Cuando el mal se encuentra tan extendido, podemos bien decir que un acuerdo en tales condiciones es en realidad como poner una manzana sana en un cajón entero de fruta podrida. ¿Qué ocurrirá en tal caso? No harán falta más que unas pocas horas para notar la pérdida del buen espécimen.

Luz y tinieblas

Cuando se nos acostumbra a la oscuridad empezamos a gustar de ella, hasta hacer incluso convivible con nuestra modalidad de vida las sombras y peligros que habitan en ella. Sin embargo, al encender otra vez la luz somos conscientes del ejército de ratas y cucarachas que corretean por doquier, y nos damos cuenta del terreno desolado y espantoso en que queríamos aposentar nuestra morada. Eso es lo que hoy se hace al aceptar lo inconcebible, llegando a creerlo menos grave de lo que en realidad es.

¿Habría podido existir el cristianismo, con todo lo que entregó al mundo en civilización, mejor nivel de vida y virtudes, si hubiese tenido desde el principio esta estrategia de convivencia con el mal?

Imaginemos al ecumenismo instalado entre nosotros desde los primeros tiempos. ¿Quién habría hecho apostolado? ¿Se habría luchado por evitar las invasiones bárbaras que amenazaban con acabar la cultura y culto católicos? No. En su lugar, los primeros padres se habrían sentado a conversar en pie de igualdad con las religiones paganas, hasta que alguna les hubiese gustado probablemente más que otras llegando a una mezcla sincretista indigesta para todos… y nuestra Fe habría desaparecido.

Nadie habría mantenido la pureza doctrinal, porque se la consideraría “ultra, extrema, radical”, y en su lugar cada quien habría podido pensar, creer y practicar lo que quisiera.

“Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de Mi boca.” (Apoc. III, 16)

En lugar de un culto a Dios, los tibios y poco convincentes seguidores se habrían dedicado a atender las siempre acuciantes necesidades y deseos humanos, por lo que no se habrían erigido templos, ni habría evolucionado el arte católico, con su aporte instrumental, musical, etc. Pero incluso, ¿habría alguien pensado por más que unos pocos años, tal vez, en la posibilidad de crear educación, salud, mejores condiciones familiares y sociales, en una doctrina que más se preocupa por despojarse de toda perfección en nombre de la simpleza?

¿Qué habría movido a aquellos hombres hacia alguna mejoría de nada? ¿Qué lo hace hoy? Nada. En su lugar de habla de la “dignidad del hombre”, mientras se confraterniza con religiones que no dudan en crearnos nuevos mártires cada vez que tienen la oportunidad. Gracias a ese mal todavía hay santos católicos en el Cielo, pero dejando la ironía a un lado, nos preguntamos cómo es posible que los Pastores ya no cuiden en absoluto a sus ovejas, dejándolas perecer entre los lobos sin mover un músculo por ir a rescatarlas.

¿Qué habría sido, pues, de la civilización cristiana, si la Iglesia hubiera sido lo que hoy se dice que es? Para ello más nos hubiera valido quedarnos con la antigua ley. Pero no. No es eso la Iglesia católica. Es lo que Nuestro Señor predicó y nos mostró con Su propia Vida y también al morir por nosotros. Su luminosa doctrina no tiene nada de mediocre, ni de falta de fe o sacralidad, ni de amistad con el mal, ni de igualdad con el error, ni de vicios, ni de indiferencia por las almas. Su doctrina es luz purísima, que hace retroceder las tinieblas del error y el mal.

Contra mundum

Por seguirla los primeros cristianos resistieron a un mundo entero en contra, y a costa de toda clase de sacrificios la llevaron a los cuatro rincones de la Tierra. Tenían el celo, la caridad y la diligencia que habían aprendido, y conservaron intacto lo recibido para luego entregarlo a las siguientes generaciones. Gracias a ello creció nuestra religión. Una que nada tiene que ver con el monigote herético y desacralizado que hoy en tantos lugares ostenta ilícitamente su nombre.

Si trasladamos mentalmente lo ocurrido con toda una estructura desviada a una sola persona tal vez resulte más sencillo comprender lo que estamos diciendo. Imaginemos a alguien de alta vocación que desde hace muchos años comete toda clase de pecados monstruosos, cada día más escandalosos, a sabiendas de lo que está haciendo. No es fiel a las enseñanzas que le dieron, ni a la misión que le confiaron, y antes bien es amiga del enemigo y el mal, a quien acompaña cuando blasfema y profana todo aquello que sabe Santo, y que para evitar el justo juicio que se desprende de todos estos actos se dedica a perseguir a todo aquel que le recuerde lo que debería ser realmente.

¿Podría alguien decir que esa persona en realidad ha cometido un “pequeño error” – que “ni siquiera es bien interpretado” – y es totalmente lícito buscar su amistad, su aprobación y su gobierno para someternos a sus dictados? ¿No es eso escándalo público, proximidad al pecado y alineamiento con todos los males que realiza? ¿Somos capaces de defender públicamente nuestras fidelidades y servicios justamente ante la vista de las aberraciones que realiza?

No es esta en absoluto, por favor entiéndase bien, la rebelión contra ningún perfectísimo mandato de Dios. Es un llamado a recapacitar sobre lo correcto y lo que no lo es. Y en nombre de qué tomamos cada decisión.

Pero pensemos un poco más. Siguiendo la lógica que ha gobernado en este último tiempo, el “error de interpretación” con el que nos estaríamos enfrentando no sería sino una serie de calumnias contra la que en verdad es una persona de probadísima virtud. O eso, o bien podemos decidir minimizar sus desastres diciendo algo así como “no es un pecador en realidad… podemos ser amigos porque aquello que le critican no es tan grave después de todo, y al fin de cuentas es más importante su amistad que los males que haya hecho o permitido”.

La belleza de la Iglesia

¿En verdad así son las cosas? Cuesta asimilar, es verdad, que el ser humano sea capaz de hacer tanto mal que confine a la verdadera Iglesia a un puñado, mayor o menor, de hijos perseguidos que sobreviven en las catacumbas. Unas que no por menos cruentas para el cuerpo son menos peligrosas para las almas. Nunca hasta ahora la abominación había llegado tan lejos. Sin embargo, ¿podemos negarla después del esbozo que hemos hecho hasta aquí? ¿somos todavía capaces de centrarnos en un punto o dos, tapando nuestros ojos a conveniencia, y hacer caso omiso de todo lo demás? ¿Es que en realidad, poniendo a Dios por testigo, somos capaces de decir que esto es la verdadera Iglesia y nosotros sus “ovejas perdidas” que vuelven al rebaño?

No nos engañemos, ni engañemos a los demás. El problema es mucho mayor que los errores ya flagrantes de un momento determinado de nuestra historia reciente. Se trata de una impostura que en nada se asemeja siquiera a lo que Nuestro Señor quiere de Su Esposa. Es el enemigo viviendo en nuestra propia casa, para tomar las palabras de San Pío X en Sacrorum Antistitum:

“Ya no afrontamos en nuestra propia casa adversarios “con piel de cordero”, sino enemigos declarados e insolentes, los cuales, habiendo celebrado un pacto con los principales enemigos de la Iglesia, están decididos a destruir la Fe (…) Quieren renovarla, como si estuviera consumida por la decrepitud; quieren ampliarla y adaptarla al Mundo y a sus progresos y comodidades, como si ella se opusiera, no sólo a la frivolidad de algunos, sino al bienestar de la sociedad”.

Vive el enemigo en nuestra casa, decíamos, y se sienta a nuestra propia mesa. ¿Es que acaso le pediremos asilo en el edificio robado, pagando lo inaceptable y mostrando ante el mundo entero cuánto lo aprobamos?

Amar hasta las últimas consecuencias

Tarde o temprano, la multitud de sus pecados estallará en castigo por su propio peso. La gente, aún viciosa y descarriada, ya los menciona como fuente de escándalo y de mal. ¿Es con eso en verdad con lo cual se ha de asociar el buen nombre del verdadero católico? Al igual que se han tergiversado términos como esperanza y unidad, ¿será de parte de quienes aman la tradición que se deformará ahora el de “Madre y Maestra” e “hijos fieles de la Santa Iglesia”?

Es necesario comprender que se ha hecho hincapié una y otra vez en que ciertas agrupaciones se encuentran fuera de la Iglesia, cuando han quedado en esa situación por defender la verdadera doctrina, tan vulnerada en los últimos tiempos. Lo cierto es que fuera de la Iglesia están la herejía y el mal, no quien disiente de eso. Por tanto, hoy no se negocia el “retorno” a la Iglesia, de la cual nunca se ha salido, sino la unidad con la herejía.

Por otra parte, el interés de algunos herejes por recibirlos entre ellos es que en tal acto hay implícita la aprobación de la ortodoxia a sus errores y herejías. Es lo mismo que sucedería si se declarase canonizado a alguien que sostenía aberraciones: una aprobación de lo ilícito que no debemos aceptar de ninguna manera.

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