Auxilio a las benditas almas

Es una ley de Dios, y una verdad católica por consiguiente, que todos los hombres hemos de morir, y morir una sola vez. Enseña la Santa Iglesia que a la muerte seguirá luego el juicio particular de cada uno, y que en este juicio, Cristo, como Supremo Juez, dará al alma la última y definitiva Sentencia, que será o de pena, o de gloria eterna, según corresponda al mérito y las obras de cada uno. Los malos saldrán de aquel juicio hacia el Infierno, y los buenos saldrán del mismo juicio hacia el Cielo.

Todo esto nos lo enseña la fe. Pero la misma fe, que con la mayor certeza nos asegura la muerte, el juicio y la sentencia de nuestras almas, nos deja en parte suspensos sobre el cuándo será la ejecución de estas sentencias. Sabemos que la sentencia y pena de los malos será luego de terminarse el juicio. Pero la gloria de nos buenos, no sabemos exactamente cuándo será. Y la razón de esta diferencia es porque entre el juicio y el infierno no hay medio, y entre el juicio y el Cielo está de por medio el Purgatorio.

El Purgatorio es el lugar que tiene Dios destinado para purgar a las almas. Es el fuego y el crisol en donde Dios las purifica y quita todas y cualquier imperfección, por mínima que sea, para que así pura y limpia el alma sea digna de entrar y ver aquel Sumo Bien que es Dios. Pero cuánto tiempo ha de durar este fuego, estre crisol y esta purgación del alma, ni la fe lo expresa ni la teología lo dice.

Es sentir común de los Expositores Sagrados, que explicó Cristo la diferencia que hay de difuntos: unos buenos y predestinados, que murieron en gracia de Dios, y otros malos y precitos, porque murieron en pecado mortal. Y hablando de los predestinados, que son los que le dio, y especialmente le encargó su Eterno Padre, dice que todos estos irán a Cristo, y no sólo que irán, y se juntarán con Cristo en esta vida por medio de la virtud y de la gracia, sino que irán también a gozar con Cristo el premio eterno de la gloria.

El cuándo y el qué depende en parte de la voluntad de los vivos. La resurrección de las almas, es decir, cuando salen de la muerte del purgatorio y entran a la vida del Cielo, depende de quienes están aún en el mundo, porque los vivos podemos ayudar y contribuir para que el alma salga antes del lugar de su purificación. Nosotros podemos abreviarles la pena, y hacer que vayan cuanto antes a gozar de Dios. Y porque esto depende en parte de la voluntad de los vivos, por esto no señaló Cristo el día, ni el cuándo. Sólo aseguró que el alma iría y llegaría a su Gloria.

Ahora, el modo o el medio con que los vivos podemos disminuirles a las almas la pena del Purgatorio y la entrada al cielo también nos lo enseña la fe: que esto lo logran las almas por medio de nuestras oraciones y sufragios. Este es el blanco de esas bayetas. Ciertamente los sufragios que se ofrecen por las almas del purgatorio son de gran importancia para los muertos y también para los vivos.

Entendiendo con la fe que el Purgatorio es un lugar destinado por Dios para purificar y acrisolar a las almas que han de verle y gozarle eternamente en el Cielo, se ha de aceptar también que de este crisol no salen las almas hasta encontrarse del todo limpias y purificadas, ya sea de los pecados veniales que aquí no les fueron perdonados, ya del resto de la pena que les quedó por los mortales. Porque no habiendo el alma satisfecho enteramente en esta vida todas estas deudas, es de razón y justicia que las pague en la otra, y antes de entrar en aquel dichoso Estado de la Gloria, donde nadie puede entrar que no esté limpio, y muy limpio de cualquier mancha, por mínima que sea. Como dice San Juan: “en ella no entrará cosa impura ni quien cometa abominación y mentira, sino los que están escritos en el libro de la vida del Cordero” (Juan 21:27).

Todo este ollín y manchas de las almas que acaban esta vida en gracia de Dios, lo ha de quitar y acrisolar el fuego del Purgatorio. Es verdad que este fuego, aunque atormenta a las almas, ni las consume, ni las daña, ni turba sus potencias, ni aparta de Dios sus voluntades. Antes bien, sufren las benditas almas aquellas penas del Purgatorio con admirable paciencia y conformidad con la voluntad Divina, confesando allí con David cuán justo es Dios y con cuánta razón las juzgó dignas de aquellas penas (Salm. 118).

Así es. Pero ni esta paciencia y conformidad, ni muchos otros y perfectísimos actos de virtud en que se ejercitan las Almas Santas del Purgatorio les sirve para alivio de sus penas, porque ninguno de estos actos es meritorio allí. Y como ellas acabaron ya esta vida, que es el tiempo de merecer, no pueden por sí mismas salir del purgatorio, y es preciso que pasen allí toda la pena que por sus culpas les corresponde según la Justicia Divina. Pero Dios es infinitamente providente, y ha dado un medio para aliviar a estas almas, cuando los vivos pagan y satisfacen por ella con sus méritos, oraciones y sufragios. Por eso decimos que el cuándo saldrá el alma del Purgatorio depende en parte de la voluntad y sufragio de los vivos, que es lo que las puede aliviar, y abreviar las penas, que son las reliquias que les quedaron de sus pecados. Obra santa y piadosa – dicen las Escrituras – es orar por los muertos, para que fuesen absueltos de los pecados (Mac. 12:46). Este es el bien esperado que a la vez consuela y aflige a las benditas almas, cuando aguardan el socorro de los vivos.

Las almas Santas del Purgatorio esperan de Dios y esperan de los hombres. De Dios esperan la Gloria, y ésta infaliblemente la consiguen, una vez que todas las culpas están purgadas y se encuentran limpias de cualquier mancha; y de los hombres esperan sus oraciones y sufragios, que es lo que les abrevia la pena y la purgación. Por esto, quien se demora en dar a las almas esta ayuda, les alarga la esperanza, y con la esperanza la pena y la aflicción.

Dice Santo Tomás que a las almas del Purgatorio les sirven de sufragios en primer lugar la Misa y la Sagrada Comunión, porque el Sacramento de la Eucaristía contiene real y verdaderamente en sí al mismo Autor de la Caridad y de la Gracia que es Cristo. En segundo lugar les sirve la limosna, porque ésta es efecto propio de la caridad, y en tercer lugar les sirven las oraciones y demás obras buenas, según las ordena y regula la virtud de la caridad.

Pero hemos dicho antes que estas gracias sirven también para los vivos, y les resultan de gran utilidad e importancia. Porque no se aplican las gracias en las almas a las que se socorre solamente. Lo cierto es que los sufragios que ofrecemos ahora sirven para aquellas almas, pero después servirán para la propia. Y esto tiene dos razones: una por parte de las almas, y otra de parte de los mismos sufragios. Por parte de las almas, porque todas aquellas que sacamos del Purgatorio se convierten en nuestros amigos, y en ellas tenemos otros tantos abogados para la hora de nuestra muerte.

Por San Lucas nos encarga Cristo que con nuestras limosnas hagamos amigos, y tales amigos, que en la hora de nuestra muerte nos valgan y nos salgan a recibir para el Cielo (Luc. 16:9). Y ¿quiénes han de ser estos amigos más seguros que las pobres almas del Purgatorio? Muchos amigos se pueden hacer en esta vida, pero amigos que en la hora de la muerte nos salgan a recibir para el Cielo, sólo lo podemos asegurar de las benditas almas del Purgatorio.

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